Cecilia Rodríguez Galván
Asesora de Vida Humana Internacional
Temas Educativos

 

En 2008, 26 Ministros de Educación y 30 Ministros de Salud se reunieron en la Ciudad de México en la cumbre de la XVII Conferencia Internacional sobre el SIDA y adoptaron la Declaración Ministerial “Prevenir con Educación” (“la Declaratoria” o “la DM”). Con esta declaración se creó uno de los compromisos más ambiciosos para los grupos que implementan la “educación” sexual genitalista en todo el mundo y que se dirigió específicamente a América Latina como un área de “educación” integral en sexualidad (EIS).

 

Tras la firma de la DM, se han realizado evaluaciones de su implementación por parte del gigante abortista Federación Internacional de Planificación de la Familia (IPPF, por sus siglas en inglés). La IPPF ha detectado cómo en gran parte de la región, tanto en materia legislativa como en el desarrollo de programas y contenido curricular, han logrado alcanzar los objetivos de la declaración. En 2015 el promedio de avance general para los 17 países evaluados fue de 69% [1].

 

Entre las acciones programáticas de la IPPF está el asegurar la implementación de “consejería” amigable a los jóvenes, que va acompañada de la eliminación de la patria potestad para la toma de decisiones de salud [2].

 

Entre las estrategias, los recursos y el marco legal de la IPPF, está el imponer los “derechos sexuales y reproductivos” [aborto encubierto], así como el establecimiento de recursos, marcos legales para lograr introducirlos en la educación y la salud, y campañas que han demostrado ineficacia a nivel mundial [3].

 

La “educación” sexual de la IPPF planteada a partir del sistema educativo y de salud en todo el mundo reclama ser “promoción de la salud sexual”. Sin embargo, podemos evidenciar que NO está enfocada en dar información veraz respecto del uso de la sexualidad sino en informar que a cualquier edad la libertad sexual es un “derecho” [4].

 

La Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo que la ONU llevó a cabo en El Cairo en 1994 (CIPD), donde intentó implantar el aborto como un “derecho” internacional, supuso la creación de nuevos currículos cuyo implantación dejó al derecho soberano de cada país [5]. Sin embargo, a través de los años el presunto “bien” de incluir “servicios sexuales y reproductivos” ha dado como resultado el mal que constituye el fomento de las relaciones sexuales en los jóvenes, como veremos a continuación.

 

Por ejemplo, en Inglaterra, un meta-análisis, que incluyó 30 estudios en 9,642 chicas adolescentes, demostró que los programas no logran que las jóvenes retrasen las relaciones sexuales. Otros 11 estudios, en este caso, de varones, en 7,418 jóvenes, llegaron a la misma conclusión. Se estudió la incidencia de las campañas y los programas escolares impartidos durante 30 años con vistas a lograr el retraso de la actividad sexual, el aumento del uso de anticonceptivos y la reducción de embarazos en adolescentes. Los autores concluyen que la “educación” sexual que se ha impartido desde 1970 no ha conseguido ninguno de esos tres objetivos [6]. No estamos a favor de que se les informe ni dé anticonceptivos a los estudiantes. Pero el punto es que ni siquiera esta meta, que es informe a la fracasada ideología de esta “educación” sexual, se logró cumplir.

 

Otro estudio que cubrió los años de 1998 a 2007, arrojó que las clínicas de salud diagnosticaron casi 250,000 casos nuevos de infecciones de transmisión sexual (ITS) en 1998 y que esta cifra se elevó a casi 400,000 en 2007. En cuanto a otros casos de ITS, las clínicas registraron casi 150,000 en 1998 y casi 250,000 en 2007. Y en cuanto a los casos de ITS en las clínicas de medicina genitourinaria (GUM clinics), se registraron 300,000 casos de ITS en 1998 y 350,000 en 2007 [7].

 

La “educación” sexual de la IPPF y otras entidades antivida ha sido un monumental fracaso en todo el mundo y, en particular, en América Latina. Los padres de familia deben tomar nota de ello y unirse a otros padres, para impedir que continúe el daño moral, espiritual y físico a sus hijos que estos programas causan.

 

Notas: [1]. Cf. El documento completo en PDF con todas sus gráficas y fuentes, pág., 3 en: [2]. Cf. Íbid., pág. 4. [3]. Cf. Íbid., pág. 5. [4]. Cf. Íbid., pág. 10. [5]. Cf. CIPD, par. [6]. Cf. British Medical Journal (324: 1426; 2002). Citado en Ibíd., pág. 12. [7]. Cf. “Sexualy Transmitted Infections”. Health Protection Agency Centre. TOI Infections. 18 de marzo de 2009. Gráfica citada en Ibíd., pág. 13.

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El Colegio de Pediatras de EEUU urge a padres de familia, profesionales de la salud, educadores y legisladores rechazar todas las políticas públicas que condicionan a los niños a aceptar una vida de transición al sexo opuesto a base de sustancias químicas e intervenciones quirúrgicas, como si fuese normal y saludable. Los hechos científicos – y no la ideología – son los que determinan la realidad [1].

  1. La disforia de género (GD, por sus siglas en inglés) en menores de edad se refiere a una condición psicológica en la cual los niños experimentan una acentuada incongruencia entre su género, tal y como ellos lo perciben, y el género vinculado a su sexo biológico. Estos niños a menudo expresan que pertenecen al sexo opuesto. Se estima que las tasas de este problema no superan el 1% de los menores.
  2. Es falso afirmar que las diferencias, que algunos estudios arrojan, entre los cerebros de los transexuales adultos y los de los adultos no transexuales demuestran que la GD sea innata. Si estas diferencias en las estructuras cerebrales de los adultos transexuales existieran, las mismas serían muy probablemente el resultado, y no la causa, de la identificación y la conducta transexuales. Ello se debe a que se sabe que dicha identificación y dicha conducta configuran la microestructura cerebral a través de un proceso conocido como neuroplasticidad.
  3. Cuando la GD se da en los niños antes de la pubertad, esa GD se resuelve en el 80-95% de los pacientes cuando completan la adolescencia, luego de pasar de forma natural la pubertad. Ello concuerda con los estudios realizados en gemelos idénticos que demuestran que nadie nace con la pre-determinación genética para desarrollar la GD.
  4. La complejidad de la conducta humana se debe a una combinación de la biología, el medio ambiente y la capacidad para tomar decisiones libres. Los estudios realizados en gemelos idénticos demuestran que la GD está predominantemente influenciada por eventos no compartidos que ocurren después del nacimiento. El estudio realizado en adultos transexuales que contó con la muestra más numerosa arrojó que solamente en el 20% de los gemelos idénticos ambos eran transexuales. Los gemelos idénticos tienen el 100% del mismo ADN desde la concepción y se desarrollan en el mismo ambiente prenatal, donde están expuestos a las mismas hormonas prenatales. Siendo ese el caso y si los genes y las hormonas prenatales contribuyesen significativamente al transexualismo, los índices de concordancia transexual serían cerca del 100%. En vez de ello, se halló que el 80% de los pares de gemelos idénticos fue discordante en cuanto al transexualismo. Ello significa que por lo menos el 80% de lo que contribuye al transexualismo en un adulto, cuyo hermano gemelo idéntico no es transexual, consiste en una o más experiencias post natales no compartidas.
  5. No hay una sola dinámica familiar, situación social, evento adverso o combinación de los mismos que determine que el niño vaya a desarrollar la GD. Este hecho y los estudios realizados en gemelos idénticos sugieren que hay muchos factores que pueden causar la GD en ciertos niños vulnerables. Los estudios clínicos sugieren que la disfuncionalidad parental y familiar, el contagio y la presión social facilitados por los medios de difusión y las redes sociales contribuyen al desarrollo y la persistencia de la GD en algunos niños vulnerables. Pueden existir también otros factores que no se han descubierto todavía.
  6. Se ha suprimido el debate entre los médicos, los terapeutas y los académicos respecto de la reciente tendencia a afirmar apresuradamente que los niños que tienen la GD son transexuales. Muchos profesionales de la salud están muy preocupados porque el afirmar que un niño es transexual encamina a ese niño hacia un proceso de cambio de sexo que requiere el uso de hormonas tóxicas y cirugías innecesarias. Los profesionales de la salud que se oponen a esos procedimientos en base al principio de ética médica de “primero no hacer daño” son reducidos al silencio. Este hecho ocurre tanto en el ámbito de aquellos profesionales de la salud de tendencia conservadora como de aquellos de tendencia izquierdista [2].
  7. La sexualidad humana es un realidad biológica binaria: “XY” y “XX” son, respectivamente, marcadores genéticos del sexo masculino y femenino – no son marcadores de enfermedad o desorden. La norma del diseño humano es ser concebido varón o mujer. La sexualidad humana es binaria en su diseño y su evidente propósito es la reproducción y el florecimiento de nuestra especie. Este principio es evidente por sí mismo. Los desórdenes extremadamente infrecuentes que ocurren durante el desarrollo sexual, entre los cuales se encuentran el síndrome de la insensibilidad androgénica y la hiperplasia adrenal congénita, son desviaciones médicamente identificables de la norma sexual binaria, y se les identifica correctamente como desórdenes del diseño humano. Las personas que sufren estos desórdenes no constituyen un tercer sexo.
  8. Los seres humanos nacen con un sexo biológico. El género (la autoconsciencia de ser varón o mujer) es un concepto psicológico y no una realidad biológica. Nadie nace con una autoconsciencia de ser varón o mujer. Esa autopercepción se desarrolla con el tiempo y, como otros aspectos de la autoconsciencia, puede descarrilarse a causa de las percepciones subjetivas del niño producto de ciertas relaciones interpersonales y experiencias adversas desde la infancia. Las personas que “se sienten del sexo opuesto” o “en medio de los dos sexos” no constituyen un tercer sexo. Siguen siendo, biológicamente, del sexo masculino o femenino.
  9. Cuando una persona cree que es algo que no es, en el mejor de los casos es un ejemplo de confusión, y, en el peor, de autoengaño.
  10. Las hormonas para “cambiar el sexo” (estrógenos para varones y testosterona para niñas) están vinculadas a peligrosos riesgos para la salud. El suministro a varones de estrógenos por vía oral puede hacerlos correr el riesgo de sufrir trombosis o trombo embolismo, enfermedad cardiovascular, aumento de peso, aumento de los lípidos, aumento de la presión arterial, diabetes, enfermedad de la vesícula biliar, tumor en la glándula pituitaria y cáncer de mama. Las niñas que reciben testosterona pueden correr el riesgo de sufrir disminución del lípido de alta densidad (el colesterol protector) y aumento de los triglicéridos (que implica riesgo cardiovascular), aumento de los niveles de aminoácidos, toxicidad del hígado, exceso de células rojas, aumento de la apnea del sueño, resistencia a la insulina y efectos desconocidos en los tejidos mamarios, ováricos y uterinos.
  11. La pubertad no es un desorden y no debe ser tratada como si fuera una enfermedad intentando evitar que ocurra. Las hormonas que bloquean la pubertad inducen un estado de enfermedad, que es precisamente la ausencia de la pubertad. Las hormonas que bloquean la pubertad detienen el crecimiento de los huesos y disminuyen su densidad, impiden la organización y la maduración del cerebro del adolescente – que dependen de esteroides sexuales – e inhiben la fertilidad al impedir el desarrollo del tejido gonadal y de gametos maduros mientras dure el suministro de estas hormonas.
  12. Los niños pre púberes que reciben hormonas que bloquean la pubertad seguidas de hormonas del sexo opuesto quedan esterilizados permanentemente. Los niños pre púberes cuya pubertad no es suprimida por medio de hormonas pero que directamente reciben hormonas del sexo opuesto también quedan esterilizados permanentemente.
  13. Por lo menos un estudio prospectivo (cuyas conclusiones se proyectan hacia el futuro) ha demostrado que todos los niños pre púberes, a quienes se les suministran hormonas para impedir la pubertad, eventualmente eligen recibir hormonas para cambiar de sexo. Ello sugiere que pretender ser del sexo opuesto y suprimir la pubertad, lejos de ser plenamente reversibles e inocuos, como sus proponentes alegan, ponen en movimiento un solo e inevitable resultado: la identificación transexual, que requiere el uso de por vida de hormonas del sexo opuesto, las cuales, a su vez, causan infertilidad y otros riesgos graves para la salud.
  14. Las adolescentes que sufren de GD y que han tomado testosterona diariamente durante un año puede que sean sometidas a una mastectomía (extirpación de los senos) a una edad tan temprana como los 16 años. Este procedimiento no es reversible.
  15. Un estudio de seguimiento realizado durante 30 años arrojó tasas de suicidio en adultos suecos, que se sometieron a procesos para cambiar de sexo, casi 20 veces más elevadas que las del resto de la población. Téngase en cuenta que Suecia es uno de los países que más acepta la ideología LGBT. Ello demuestra que si bien el cambio de sexo alivia un poco la disforia de género en adultos, no da como resultado niveles de salud a la par con los de la población general. También sugiere que las disparidades en la salud mental no se deben principalmente al prejuicio social, sino a la patología que ha precipitado los sentimientos transexuales y el estilo de vida transexual.
  16. El condicionar a los niños para que crean el absurdo de que ellos o cualquier otra persona podrían “nacer con el cuerpo equivocado”, y que toda una vida de procedimientos hormonales y quirúrgicos para cambiar de sexo es normal y saludable, no es otra cosa que maltrato infantil. Reafirmar la disforia de género por medio de la educación pública y las leyes confundirán a los niños y a sus padres, y harán que más niños recurran a las “clínicas de género” donde les suministrarán hormonas para bloquear la pubertad. Ello, a su vez, asegurará que esos niños “elegirán” una vida de esterilidad, tóxicas hormonas para cambiar de sexo y probablemente también innecesarias cirugías que mutilarán sus cuerpos saludables cuando sean adultos.
  17. El permitir procedimientos irreversibles de por vida en menores de edad que no pueden dar un consentimiento válido constituye un serio problema de ética médica. Los niños y los adolescentes no tienen la madurez cognitiva ni la experiencia de vida para comprender la magnitud de tales decisiones. La ética por sí sola exige ponerles fin a la supresión de la pubertad, y al uso de hormonas y cirugías para cambiar de sexo en niños y adolescentes.

Notas: [1]. La declaración completa en inglés con todas sus fuentes se encuentra aquí: https://www.acpeds.org/the-college-speaks/position-statements/genderdysphoria-in-children. [2]. Véase en inglés: https://youthtranscriticalprofessionals.org/.

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Thursday, 01 December 2016 16:37

La conciencia y su formación

Joseph Meaney, PhD
Director Internacional de Desarrollo
Human Life International (HLI)

Nota del traductor/editor: Este artículo fue originalmente publicado para el Boletín de la Internacional de Seminaristas por la Vida de HLI. Sin embargo, estamos convencidos de su utilidad para todas las personas involucradas en la defensa de la vida y la familia.

El juicio de la conciencia es, al mismo tiempo, algo maravilloso a considerar y un asunto muy serio a tener en cuenta. Nuestro Señor inspiró a millones de mártires cuyas conciencias fueron formadas en la fe católica y que, como resultado de ello, dijeron a sus perseguidores: Podrás matarme, pero no podrás obligarme a traicionar mis convicciones de conciencia.
 

¿Qué significa la palabra “conciencia”?

La conciencia, o la conciencia moral, es un término filosófico y teológico que viene del latín conscientia, que significa “con conocimiento”. Este término latino viene, a su vez, del vocablo griego syneidesis. Estas formas antiguas de la palabra tienen el doble significado de tener conocimiento y de darse cuenta. Estos dos significados se encuentran presentes en los idiomas que provienen más directamente del latín, como el español.

Tristemente, la sublime realidad de la conciencia frecuentemente es caricaturizada y aun usada hoy en día como la justificación de casi toda clase de opiniones personales. Decir que mi conciencia me obliga o me prohíbe hacer algo puede ser una astuta manera de ponerle punto final a cualquier discusión o juicio moral. En el mundo real, sin embargo, esta estrategia fracasa. Intente decir a un juez o policía “mi conciencia me permitió llevarme el automóvil de esa persona” y verá cómo la ley trata ese tipo de tonterías.

La verdadera conciencia tiene un fundamento racional y objetivo y sus conclusiones pueden ser justificadas por otras personas. Para dejar que la conciencia sea nuestra guía, debemos saber exactamente qué es y qué no es:

La conciencia moral es un juicio de la razón por el que la persona humana reconoce la cualidad moral de un acto concreto que piensa hacer, está haciendo o ha hecho. En todo lo que dice y hace, el hombre está obligado a seguir fielmente lo que sabe que es justo y recto. Mediante el dictamen de su conciencia el hombre percibe y reconoce las prescripciones de la ley divina (Catecismo de la Iglesia Católica, no. 1778).

La Iglesia valora muchísimo la conciencia, ya que insiste en que toda persona tiene la obligación moral de seguir el juicio de su conciencia. Sin embargo, la Iglesia también nos pone sobre aviso explícitamente de que la conciencia no es infalible. De hecho, los errores de los juicios de conciencia han sido tan frecuentes que, a través de su historia, la Iglesia ha insistido con fuerza en la importancia capital de la formación de la conciencia y de la educación moral:

Hay que formar la conciencia y esclarecer el juicio moral. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable para todos, puesto que todos nos encontramos bajo la presión de influencias negativas y somos tentados por el pecado a preferir nuestro propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas.

La educación de la conciencia es una tarea de toda la vida. Desde los primeros años despierta al niño al conocimiento y la práctica de la ley interior reconocida por la conciencia moral. Una educación prudente enseña la virtud; preserva o sana del miedo, del egoísmo y del orgullo, de los insanos sentimientos de culpabilidad y de los movimientos de complacencia, nacidos de la debilidad y de las faltas humanas. La educación de la conciencia garantiza la libertad y engendra la paz del corazón.

En la formación de la conciencia, la Palabra de Dios es la luz de nuestro caminar; es preciso que la asimilemos en la fe y la oración, y la pongamos en práctica.  Es preciso también que examinemos nuestra conciencia atendiendo a la cruz del Señor. Somos asistidos por los dones del Espíritu Santo, ayudados por el testimonio o los consejos de otros y guiados por la enseñanza autorizada de la Iglesia. (Catecismo de la Iglesia Católica, nos. 1783-1785.)

Debemos tener un profundo sentido de la fragilidad de la conciencia. Es una suprema arrogancia aseverar que uno sabe lo que está bien o lo que está mal en todos los casos. El pecado y el interés propio pueden oscurecer o nublar fácilmente nuestra conciencia. Por lo tanto, todos debemos humilde y respetuosamente buscar la dirección del Magisterio de la Iglesia y de las autoridades en las que confiamos que son personas santas y sabias.
 

Nuestra salvación está íntimamente relacionada con la conciencia

Está en juego nada más y nada menos que nuestro destino eterno. Si nuestra conciencia está confundida, nos puede “dejarnos llevar por la corriente” y aceptar cosas como “buenas” y “rectas” simplemente porque son “populares” o “políticamente correctas”. Ello nos puede hacer caer en graves errores respecto de los cuales no hay pretexto ante Dios. San Pablo expresa claramente este principio:

En efecto, cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia, y los juicios contrapuestos de condenación o alabanza, en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres, según mi Evangelio, por Cristo Jesús. (Romanos 2:14-15).

La obligación de seguir la propia conciencia está estrictamente vinculada al requisito moral de formar bien dicha conciencia. Débiles pretextos, como el de “todo el mundo lo está haciendo” o el de “si te sientes bien haciéndolo, hazlo”, nunca deben convertirse en lemas de personas espiritual y moralmente bien formadas.

Es verdad que hay muchas situaciones grises en las que honestamente no está claro qué está bien o qué está mal. Por ello, la Iglesia ha empleado mucho tiempo y esfuerzo en la teología moral y en la bioética a través de los siglos, para ayudar a los que enfrentan dilemas morales.

La conciencia no conoce el bien moral y el mal moral solamente a nivel abstracto. La conciencia reconoce estas cosas también a nivel concreto. El resultado de una buena decisión moral puede ser positivo, en cuyo caso la persona logra tener una “conciencia clara y en paz”. O dicha decisión puede ser negativa, en cuyo caso la persona termina con una “conciencia culpable”. La conciencia obra como una voz interior, nos habla con claridad y autoridad. El Concilio Vaticano II lo dice de una manera poética: “La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla” (Constitución pastoral, Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, no. 16).

Uno puede intentar empujar la conciencia a un lado, ahogarla o despreciar la importancia de lo que va a realizar. Incluso, uno puede excusarse de cualquier responsabilidad diciendo: “Me ordenaron hacer eso” o “el castigo por hacer lo correcto era demasiado severo”, etc. Pero la conciencia sigue siendo la brújula moral en nuestro interior. Como muchos de nosotros sabemos muy bien, uno puede hacerse sordo a la voz de su conciencia y eventualmente dejar de escucharla del todo. Y, sin embargo, aun en esos casos, puede suceder que, en ciertos momentos de crisis, uno despierte y escuche de nuevo la voz de la conciencia.
 

¿Es la conciencia un sentimiento o una acción?

Uno de los aspectos más valiosos de la conciencia es que nos puede fastidiar y “roer” por dentro hasta que nos arrepintamos de nuestros pecados y regresemos a la Verdad. Hay gente que bromea sarcásticamente acerca de la “culpa católica”. Pero este sentimiento saludable de sentirnos culpables por el pecado que hemos cometido es increíblemente beneficioso al empujarnos de regreso a los brazos misericordiosos de Dios a través del Sacramento de la Reconciliación y de enmendar nuestra vida. Es similar a cuando sentimos un dolor que nos alerta acerca de una problema físico que tenemos y ello nos empuja a buscar la atención médica que necesitamos.

En su Suma Teológica, Santo Tomás de Aquino se refiere al juicio de conciencia como un acto de la razón práctica: “La conciencia, originalmente, indica la relación de un conocimiento con una cosa. Ya que conciencia equivale a un consaber. Ahora bien, la aplicación de una ciencia a una cosa se efectúa a través de un acto. Por eso, atendiendo a la razón nominal, resulta claro que la conciencia es un acto”. (Suma Teológica, Parte I, Cuestión 79, Artículo 13.)

Aunque es indiscutible que la conciencia es una facultad que tiene un sólido vínculo con el intelecto, la misma también se relaciona con el corazón y la voluntad, apelando a lo mejor que hay en el interior de la persona. La conciencia llama al hombre desde lo alto (Dios nos habla a través de ella), pero respeta plenamente su libertad respecto de cómo actuar. La tentación, por otro lado, apela a los instintos más bajos y a la debilidad, intentando seducir a la persona a hacer algo que viola lo que la persona misma ya sabe que es correcto. La conciencia ayuda al hombre a actuar libremente y evita que sea subyugado por las malas pasiones o las exigencias ideológicas; mientras que la tentación esclaviza a la persona a las pasiones, los deseos, los ídolos o las modas que son contrarias al bien que Dios quiere para nosotros.

Todos reconocemos los horrores que han cometido personas desprovistas de un conciencia activa en su interior. La conducta psicopática o sociópata es particularmente terrible, debido a que una frialdad y una astuta crueldad han sustituido a la conciencia. Las personas que tienen una conciencia mal formada o distorsionada pueden actuar o pensar de una manera casi tan horrible.

De los rincones más oscuros de la humanidad, sin embargo, podemos adquirir una mayor apreciación del carácter sagrado y de la belleza de una conciencia recta. Debemos esforzarnos por lograr una conciencia que rechace con desdén las muchas falsificaciones de la conciencia que nos propone el mundo actual.

La conciencia no es algo que nos permita justificar hacer lo que queramos, ni tampoco un mero “sentimiento” acerca de lo que debemos hacer o no hacer. En vez de ello, la conciencia es la voz de Dios que resuena en el corazón humano, revelándonos la verdad y llamándonos a hacer el bien y a rechazar el mal.

(Conferencia de Obispos Católicos de EEUU, La formación de la conciencia para ser ciudadanos fieles, no. 17.)

Abrigo la esperanza de que esta breve introducción al importante tema de la conciencia les incentive a formar y proteger sus propias conciencias y también las de las personas que el Señor les ha encomendado a vuestro servicio pastoral.



Fuentes consultadas en la redacción de este artículo que recomendamos para un estudio de profundización sobre este tema:

Catecismo de la Iglesia Católica, nos. 1776-1802, http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/index_sp.html

Concilio Vaticano II, Constitución pastoral Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo actual, nos. 16, 19, 26, 50 y 87, http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/index_it.htm

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