Señor Presidente de la Nación,
Hermanos Obispos, Excelencias
Distinguidos Representantes de otras Iglesias,
Comunidades Eclesiales, y de otras religiones;
Señoras y Señores:
Me permita expresarle, Señor Presidente, mi profunda gratitud y admiración por esta espléndida iniciativa que nos ha reunido en este lugar para conmemorar el compromiso de Argentina en defensa del derecho a la vida de los que están por nacer. Las palabras que yo he usado, "profunda gratitud y admiración", no han sido elegidas ligeramente.
Mi propio país, cuyos documentos de fundación afirman el derecho a la vida como inalienable y como dote especial de Dios, ha caído víctima de una cultura de la muerte. Cada día que pasa, y repito cada día, se llevan a cabo dos mil abortos legales en los Estados Unidos de América. Los esfuerzos que se están haciendo para terminar la más bárbara forma de aborto que es el aborto durante el nacimiento, han fallado ya dos veces en estos últimos años. Nuestro Congreso ha votado dos veces a favor de una prohibición de esta forma de aborto de nacimiento parcial, pero el Presidente Clinton ha dado su veto en estas dos ocasiones; este veto del Presidente no ha podido ser rechazado por el Congreso a causa de no tener suficientes votos. Con vergüenza debo confesar que se cuentan legisladores católicos entre los que no apoyaron esta prohibición.
Al contrario de ser invitado por mi Presidente a defender a la vida, yo me he encontrado participando, junto con otros Cardenales, Obispos y gente de buena voluntad, en demostraciones públicas incitando un cambio de mentalidad en el Presidente y en el Congreso. En esto hemos estado actuando externamente. Hace casi tres años, en un día de lluvia, el primero de abril de 1996 (Mil Novecientos Noventa y Seis) participé en una vigilia de oración delante de la Casa Blanca. El 12 de diciembre de 1996 (Mil Novecientos Noventa y Seis), en las gradas del Capitolio me reuní con todos los Cardenales de los Estados Unidos y presentamos miles de miles de peticiones solicitando la prohibición del aborto de nacimiento parcial.
¡Que contraste tan feliz, Señor Presidente, el ser invitado por usted a participar en esta celebración de la vida!
Su Santidad Juan Pablo II (segundo), ha hecho un llamamiento a la Iglesia de América para que se reconozca más hondamente su unidad, su comunión y también una renovada solidaridad en el servicio de los demás especialmente los más necesitados.
Ciertamente que la presencia del Arzobispo de Boston en esta reunión histórica en Buenos Aires expresa la comunión que une la Iglesia en Argentina y en los Estados Unidos, y también la solidaridad que debemos mostrar hacia los pobres y los débiles. ¿Quién, en verdad, es más vulnerable hoy que el niño que empieza el camino de su vida en el seno de su madre?
¿Cómo puede ser que la vida en su propio origen esté en tanto peligro en nuestro mundo de hoy? El hecho es que, sin embargo, millones y millones de dólares son gastados anualmente por gobiernos y fundaciones filantrópicas apoyando programas que no sólo presentan el aborto como aceptable, sino también como expresión de libertad.
Que perversión de significado es defender el aborto en nombre de "libertad de opción" o "derechos reproductivos". No puede haber libertad fuera de la verdad. Jesús dijo: "Ustedes conocerán la verdad y la verdad os hará libres" (Jn. 8, 32). En mi propio país se ha emprendido una campaña eficaz contra el derecho a la vida de los niños por nacer, en nombre de la "libertad de opción". En las Conferencias Internacionales patrocinadas por las Naciones Unidas, se han invocado "los derechos reproductivos" para camuflar el ataque a la vida de los niños por nacer. ¿Tenemos que creer que la sociedad moderna no tiene más que ofrecer a la mujer embarazada, sola, pobre y agobiada, que dinero para que mate a su propio hijo?
Si ahora, al final del más violento de los siglos, nos estamos preparando para entrar en el nuevo milenio con la esperanza de construir una civilización de amor y una cultura de vida, entonces debemos empezar por nombrar la obscuridad. Las mentiras que se usan para justificar el aborto deben ser desenmascaradas. El privar la vida a un ser humano inocente ha sido siempre un monstruoso mal moral. Cuando el derecho fundamental a la vida está en riesgo, como lo está siendo en nuestro mundo de hoy, entonces toda forma de vida y todos los demás derechos se ponen también en peligro. No existe la libertad donde se viola el derecho a la vida del inocente.
Lo que estamos haciendo hoy aquí tiene significado solamente si nos ayuda a renovar nuestro compromiso de respetar la vida de todo ser humano, desde el momento de la concepción hasta el último momento de muerte natural. Que cosa tan maravillosa sería si esta iniciativa del Presidente de Argentina inspirase un movimiento de defensa de la vida en toda la América - Sur, Norte y Central. Todas las Naciones de este hemisferio deberían ser llamadas a una nueva globalización motivada de un interés por la persona humana.
Del corazón de esta Nación católica puede salir un reto a los gobiernos del hemisferio a ser defensores de la vida, de la familia y de los pobres. Con demasiada frecuencia las fuerzas dominantes de la globalización de hoy día se constituyen en oposición a la vida y desentendidos de la familia, ensanchando más la separación entres ricos y pobres.
Un compromiso a defender el derecho a la vida de los niños por nacer tiene credibilidad solamente si está unido a la defensa de todos los otros derechos humanos.
La Iglesia celebra hoy la fiesta de la Anunciación. Recordamos ese acontecimiento trascendental en que la Virgen María respondió con todo su ser a la Palabra de Dios dando su "Fiat". En el prólogo del Evangelio de San Juan este acontecimiento se describe bellísimamente de esta forma: "La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros". Nueve meses antes de nacer, Jesús o Emanuel que significa Dios con nosotros, empezó su vida terrena en el seno de María, su Madre.
Por medio de este misterio de la Encarnación podemos ver más claramente la imagen de Dios en cada uno de los seres humanos. El Concilio Vaticano II nos enseña y Su Santidad, Juan Pablo II nunca cesa de recordarnos que Jesucristo no solamente nos revela a Dios, sino que también "manifiesta plenamente el hombre al propio hombre" (G.S., 22). En Jesucristo vemos revelada la dignidad de cada ser humano, en Jesucristo vemos la supremacía de la persona humana en el orden de la creación.
Todo sistema político, todo orden económico que no tenga a la persona humana en un puesto central no merece nuestro tiempo ni esfuerzo. Si es verdad, y lo es, que la Iglesia está en constante necesidad de evangelización y de renovación, también debe serlo para los sistemas políticos y económicos. En esta renovación que tiene como finalidad la creación de una civilización de amor y una cultura de vida, la doctrina social de la Iglesia Católica es un recurso privilegiado. Esa enseñanza, basada en el concepto clave de la dignidad inviolable de la persona humana, defiende los derechos de todos. La doctrina católica social auténtica nunca podrá reducirse meramente a una empresa confesional. Después de todo, la Iglesia es el Cuerpo de Cristo quien nos ha enseñado a verle a El en el rostro del hambriento, del sediento, del desnudo, del extranjero, del enfermo y del encarcelado.
Muchas gracias, Señor Presidente, por el honor de esta invitación. Gracias por la esperanza que esta iniciativa nos inspira a todos. Que Dios le conceda a usted y a su Nación la sabiduría y la voluntad de ser persistentes en la defensa del derecho a la vida, y todos los derechos humanos. Que su rol sea un liderazgo en la construcción de una nueva globalización y una solidaridad del hemisferio en defensa de la persona humana.
Bernard Cardenal Law
Arzobispo de Boston
25 de marzo de 1999
