Día del Niño por Nacer


Discurso del Presidente Menem
en el acto en conmemoración del "Día Nacional del Niño por Nacer",
Decreto 1406/98, realizado en el Teatro Coliseo

beganmd.jpg - 11359 Bytes

Sus eminencias reverendísimas, señor arzobispo de Boston, cardenal Bernard Law; señor arzobispo secretario pontificio del Consejo para la Familia, monseñor Francisco Gil Hellin; señor arzobispo observador permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, monseñor Renato Martino; señores ministros del Poder Ejecutivo Nacional; su excelencia reverendísima, señor Nuncio Apostólico, monseñor Humberto Calabressi; su eminencia reverendísima, señor arzobispo de Buenos Aires y primado de la Argentina, monseñor Jorge Bergoglio; señor embajador argentino ante la Santa Sede, Esteban Caselli; señores miembros del Cuerpo Diplomático; autoridades nacionales; dignatarios amigos de la iglesia católica y de otras confesiones existentes en nuestro país; señores empresarios y sindicalistas; queridos hermanos en la fe; señoras, señores: yo quiero agradecer desde lo más profundo de mi corazón, las expresiones que nuestros ilustres visitantes han dado mediante mensajes y reflexiones a nuestra comunidad, a nuestro pueblo respecto de mi país y de mi humilde persona.

Como ustedes comprenderán, después de estos mensajes, es muy difícil que lo que yo pueda decir tenga algo de novedoso. Fundamentalmente, les quiero manifestar que todas mis expresiones salen desde el corazón, desde mi ser, desde mis sentimientos y desde mi espiritualidad para que todos sigamos luchando por la vida en contra de la cultura de la muerte que algunos países de la Tierra han puesto, evidentemente, en marcha desde hace ya bastante tiempo. Esta fecha, 25 de marzo, elegida por este humilde servidor de ustedes, no ha sido casual, pues como se dijo aquí, corresponde al Día de la Anunciación del Arcángel San Gabriel a la Santísima Virgen María.

Luego de la gestación, Nuestra Señora dio a luz a Jesús, hijo de Dios, redentor del hombre y Señor de la historia. Es por ello, que reafirmando nuestra decidida posición a favor de la vida y la familia humanas, en total coincidencia con los principios sustentados por la Santa Sede, he querido con este acto manifestar, de modo explícito, nuestra voluntad de dar adecuada protección al niño por nacer, ser tan frágil e indefenso.

Tal celebración tiene por objeto una reivindicación de la existencia de la vida humana desde el mismo momento de la concepción. Asimismo, constituye una reafirmación de los derechos esenciales de la persona humana derivada de su intrínseca dignidad en tanto creada a imagen y semejanza de Dios.

La dignidad del ser humano es un principio fundamental que debe orientar el accionar tanto de las personas como de las instituciones y sin duda, de los Estados, siendo estos los principales responsables de la tutela del bien común. Es un deber primordial colocar en la base de todas sus acciones, el resguardo de la dignidad de las personas.

En su mensaje para la celebración de la Primera Jornada Mundial de la Paz, Su Santidad, Juan Pablo II, hizo referencia a lo pernicioso de los efectos del consumismo materialista en el cual la exaltación del individuo y la satisfacción egocéntrica de las aspiraciones personales, se convierten en el objetivo último de la vida.

En esta perspectiva, las repercusiones negativas sobre los demás, son consideradas del todo irrelevantes: rechazo al prójimo, voluntad de afirmar la propia individualidad y de alcanzar la conveniencia personal sin reparar en el bien de los demás. He aquí la raíz de los grandes males que azotan a la sociedad.

La violencia y la muerte obedecen a la misma lógica. ¿ Por qué no matar si de ello se puede obtener una satisfacción personal?

Es la pregunta que hace ese tipo de razonamiento. Entonces, cabe preguntarse: ¿Y qué pasa con el niño que aún no ha visto la luz? No puede hablar, no puede defenderse, ni siquiera lo podemos ver.

Es quien realmente necesita todo, es el más indefenso, en definitiva, es el más vulnerable a los impulsos del egoísmo. En efecto, según la cultura del egoísmo, un niño puede frustrar expectativas, aspiraciones y ambiciones individuales. En este caso, esa cultura lo condenará a muerte en una decisión arbitraria e inapelable. Todo ello fundado en un supuesto derecho a la autorealización personal.

Lo que esta forma de razonar olvida es que la realización individual no puede ni debe alcanzarse en desmedro de la vida. La vida humana es sagrada, es inviolable y nadie puede arrogarse el derecho a privar a otro de ese don que Dios, en un acto de infinito amor, concede cotidianamente al hombre.

En su encíclica Evangelium Vitae, Su Santidad expresó que la eliminación directa y voluntaria de un ser humano inocente, es siempre gravemente inmoral.

Las antedichas palabras, nos permiten claramente afirmar que el aborto es la típica expresión de la cultura del egoísmo, que no vacila en recurrir a este crimen a fin de salvaguardar el provecho o el beneficio individual. Es una de las formas más terribles en que se manifiesta esta pretendida cultura, ya que entraña una agresión al más indefenso de todos los seres.

Contra esta cultura del egoísmo y de la muerte, se alzan en todo el mundo voces en defensa de la vida. En múltiples ocasiones, el Santo Padre ha formulado llamados a las naciones a terminar con la práctica del aborto.

En el ámbito de las Naciones Unidas y de otros organismos internacionales a su vez, los delegados de la Santa Sede le han recordado a la comunidad internacional que no existe un supuesto derecho al aborto.

Las intervenciones y declaraciones realizadas por ellos y por varios estados que comparten la misma concepción del hombre y del valor de la vida - entre ellos Argentina -, demuestran que en el mundo existen varias voces que siguen clamando contra el individualismo desenfrenado.

La Argentina, como nación de tradición cristiana, siempre protegió la vida desde el momento de la concepción. Tal principio ha sido consagrado por normas de fuente constitucional y legal.

Es por ello que cuando fui honrado por mis compatriotas al ser elegido Presidente de la Nación, consideré que había llegado el momento de proclamar ante el mundo la defensa de este principio tan arraigado en la esencia de nuestra nacionalidad.

Por ello, la Argentina ha colocado entre las prioridades de su política exterior, una firme y decidida acción en defensa de la vida coincidiendo con los principios que tan valientemente ha venido sosteniendo la Santa Sede. Los múltiples pronunciamientos en Naciones Unidas y en diversas conferencias internacionales, son una prueba cabal de ello.

Mi gobierno considera que la salvaguarda de tales principios, es esencial para el bien de la humanidad en general y de la nación argentina en particular. Por ello, la misma debe ser considerada una política de Estado.

La colaboración ente la Argentina y la Santa Sede, se ha manifestado en los últimos años al debatir la comunidad internacional importantes cuestiones que hacen al futuro de la humanidad. Baste para ello recordar la Conferencia de Río de Janeiro sobre medio ambiente y desarrollo, en 1992; las conferencias de El Cairo, sobre población y Pekín, sobre la condición de la mujer, respectivamente en 1994 y 1995; la conferencia de Estambul, Hábitat 2, en 1996 y hace pocos meses, en julio de 1998, la conferencia diplomática de Roma para el establecimiento de una corte penal internacional donde Argentina tuvo un significativo y trascendental rol.

No es fácil asumir una posición principista en estos temas. Las fuerzas que se oponen son muchas y muy influyentes en el plano político, económico y social como se ha expresado aquí a través de los dignatarios que han hecho uso de la palabra.

Sus mensajes, muchas veces ambiguos e indirectos, tienen fácil acogida no sólo en el mundo de las relaciones internacionales, sino, inclusive, en sectores de nuestro propio país. Sin embargo, quienes creemos en la vida no tenemos dichas dificultades, puesto que la justicia de una causa es segura garantía del triunfo final.

Estas consideraciones me llevan a explicar ahora el sentido de la celebración que estamos realizando hoy. Creo que ha llegado el momento en que quienes defendemos la vida debemos hacer algo más que reaccionar ante algunas manifestaciones contrarias a la dignidad de la persona humana. Debemos además, salir al mundo a proclamar sin temor la condición de ser humano que tienen los niños por nacer, a crear en los hombres y en las naciones la convicción de que la vida no debe quitarse a nadie y menos aún, a los más débiles e indefensos. Debemos, en definitiva, convertirnos en heraldos de la cultura de la vida. Por ello, es mi aspiración que esta iniciativa que hoy presentamos para honrar a los niños por nacer, pueda ser adoptada para un gran número de naciones.

A tal fin, les he dirigido, como se ha dicho aquí y se ha leído, una carta a los jefes de Estado y de Gobierno de América Latina, España, Portugal y Filipinas. En la misma, los he invitado a unir nuestros esfuerzos en defensa de miles de niños que diariamente se ven privados por la mano del hombre del don de la vida que Dios les ha dado en su infinita bondad.

Querido Cardenal: yo no conocía esta cifra que usted ha dado de lo que ocurre en su país. Ojalá que Dios bendiga a mi país, a esta Argentina, para que estos hechos y estas situaciones no ocurran, para que todos, más allá de nuestras dificultades y de nuestras diferencias en el campo de lo político, podamos defender cada día con más fuerza, con más entereza, con más convicción la vida y, especialmente, la vida de los niños desde el momento mismo de su concepción.

La iniciativa que hoy proponemos, podría adquirir así un carácter regional y proyectarse con más fuerza ante las demás naciones de la Tierra.

El 13 de noviembre de 1998, día que tuve el honor y la dicha de haber sido recibido por el Santo Padre, señalé que había llegado el momento de intensificar y profundizar la defensa de la vida, combatir con nuestras fuerzas, con las que podamos, con las armas que tenemos el crimen que significa el aborto.

Iniciemos pues esta lucha pacífica pero no menos intensa y comprometida para crear en los corazones de los hombres y de las naciones la convicción de que el amor vence al egoísmo y la vida vence a la muerte.

Ruego encarecidamente a los dignísimos representantes de la Santa Sede, tengan a bien comunicar a Su Santidad que hoy se ha concretado la iniciativa que conversamos aquel 13 de noviembre. Ella no tiene ninguna connotación política ni sectorial y se funda exclusivamente en nuestras profundas convicciones cristianas y en nuestra voluntad de dejar para la posteridad un claro mensaje a favor de la vida.

Pidamos a Nuestros Señor Jesucristo, que por intercesión de Nuestra Señora de Luján, nos conceda ver realizado su reinado de amor en nuestra patria y en el mundo entero; que todos los hombres y las naciones, superando la violencia y la muerte, abracen la cultura de la vida y la esperanza abriendo de par en par las puertas a Cristo.

Este es mi mensaje, éstas son mis convicciones que espero sean las convicciones de todos los argentinos y de todos los pueblos de la Tierra.

Que Dios los bendiga, muchísimas gracias.

BUENOS AIRES, 25 de marzo de 1999.