Después de la lectura de este mensaje del Presidente del P.C.F. permítame Sr. Presidente añadir algunas reflexiones a esta efemérides.
Los hijos y su derecho a nacer es un bien primario y un derecho fundamental que la sociedad debe proteger. Ciertamente el deber prioritario es de los padres que los engendraron, pero es también, sin duda, un deber de quienes ejercen en la Nación la suprema autoridad. Si en una nación no son protegidos los ciudadanos en el periodo de mayor necesidad, ¿cuál es el sentido de la autoridad al servicio del bien común? La ley por lo general ha reconocido los derechos del nascituro, al menos en todo aquello que le beneficia; ahora la ciencia nos demuestra con clara evidencia la vida del ser humano como el bien básico y primario desde los primeros momentos de su concepción. Es necesario pues que la sociedad en sus distintos estamentos incorpore y promueva el respeto más completo por el más pequeño de sus componentes.
Uno de estos estamentos privilegiados e insustituibles para la defensa del por nacer es la familia. Cuando la relación de entrega entre hombre y mujer, ya sea como institución natural ya sea como sacramento cristiano, se abre naturalmente a los hijos, éstos se convierten en el don preciosísimo para los mismos padres, y a través de ellos para la entera comunidad humana. Cuando en una sociedad las familias son fuertes, gran parte de la problemática del respeto a la vida del que está por nacer viene ya garantizada.
Recuerda el Papa: Dentro del "pueblo de la vida y para la vida", es decisiva la responsabilidad de la familia: es una responsabilidad que brota de su propia naturaleza - la de ser comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio - y de su misión de "custodiar, revelar y comunicar el amor" (Ev. Vitae n.92).
Por ello un modo eficaz y prioritario para proteger y defender el derecho del por nacer, es ciertamente promover y reforzar la comunión conyugal. En la sociedad son necesarias tantas otras diligencias y decisiones coherentes de las ciencias médicas, biológicas, jurídicas, etc..., pero la fundamental y primaria es la que afecta a los primeros defensores de la vida que son los padres.
En esta Nación de Argentina, donde hay una fuerte cultura de la familia, y donde, por tanto, existe ya una básica y primaria defensa de la vida, tal atención y cuidado viene ahora reforzado y resellado con un carácter de compromiso cívico nacional a través del día del niño por nacer.
Esta institución que se da hoy el pueblo argentino, está en la misma trayectoria de su cultura de la vida, que como don primario para la humanidad, sus representantes han sabido defender con reciedumbre y sin vacilación en areópagos internacionales; pero a la vez esta institución del niño por nacer potencia los valores familiares y culturales de un pueblo que mira siempre la vida como signo de esperanza y de futuro.
Quienes promueven hoy el terrorismo demográfico son contrarios a la familia como institución para la vida y para su protección, y promueven campañas de disociación entre sexo y transmisión de la vida. Por ello mismo y consecuentemente son favorables, y a veces los promotores directos de las relaciones homosexuales, dado que cumplen las dos condiciones que ellos retienen como necesarias para sus finalidades: satisfacer la pasión sexual y evitar la transmisión de la vida.
Las familias de este gran pueblo de Argentina son la mejor garantía del cumplimiento de este compromiso que como Presidente os proponéis hoy. En efecto como nos recuerda el Santo Padre, "la familia es verdaderamente el santuario de la vida..., el ámbito donde la vida, don de Dios, puede ser acogida y protegida de manera adecuada contra los múltiples ataques a que está expuesta" (Ev. Vitae 92). De muchos de esos ataques, Sr. Presidente, Vos habéis sabido proteger a las familias argentinas para que sean para sus hijos el ámbito gozoso de la vida respetada y acogida como don de Dios para los hombres. Con estos deseos, agradezco por la atención y ruego a Dios que bendiga su labor y a toda la Nación Argentina en la defensa de la vida humana!
Ciudad del Vaticano, 25 de marzo de 1999
+ Francisco Gil Hellín
