Señor Presidente,
Eminencia, Excelencias, Señoras y Señores, queridos amigos:
Me es muy grato participar en este importante evento y me siento honrado de haber sido invitado a tomar parte de él. Este siglo esta rápidamente llegando a su conclusión. Estos han sido, posiblemente, cien años como pocos en la historia del mundo. La gente y los hechos de este siglo, tanto los más exitosos como los más infames, serán recordados en nuestra historia por las generaciones que vendrán. Los que han causado admiración por su grandeza, como los que han causado indignación por su bajeza.
Muchos de nosotros tenemos diferentes opiniones acerca de cuáles deberían ser los hechos más significativos de los años pasados. Digo significativos, en razón de sus efectos sobre nuestras vidas y las vidas de los pueblos que nos rodean, sobre nuestras familias, nuestras naciones y el mundo. Creo que uno de los fenómenos más importantes (pese a que no puede ser considerado un hecho único), es el cambio de actitud que ha avanzado en forma arrolladora sobre la sociedad.
Este cambio, puede ser apreciado en las transformaciones que se han producido en relación con un egoísmo autocéntrico; una especie de egolatría que ha enceguecido a demasiada gente, no permitiéndole reconocer la dignidad humana.
Durante nuestra vida, hemos visto, en muchas partes del mundo, conflictos armados, homicidios en masa y genocidio, que han aterrado inclusive a muchos de nosotros, que recordamos los horrores de la Segunda Guerra Mundial.
En muchos países hemos sido testigos de la legalización del aborto, así como de una creciente aceptación del suicidio.
Sabemos de lugares en el mundo donde, por causa de ser niñas y no niños, las recién nacidas son abandonadas o eliminadas.
Hemos leído historias de personas ancianas o discapacitadas, a quienes se les causa la muerte porque son vistas como un estorbo para la sociedad.
Este es el mundo en el cual ahora vivimos y éste es el mundo que pasaremos a los niños de la próxima generación.
Es por causa de esta nueva egolatría, que las personas de buena voluntad deberán trabajar muy duramente para reparar los males del mundo. Todos los días nos confrontamos al desafío de luchar cada vez más duramente, no sólo por el respeto a la vida y a la dignidad de la persona, sino también para que comprendamos que cada uno de nosotros pertenece a la familia humana, compartiendo en ella todas las alegrías y las angustias que el mundo nos va ofreciendo.
Ello no implica pretender que no existan problemas reales; no podemos negar que hay gente que sufre como consecuencia de la guerra y de conflictos armados. Lo mismo puede afirmarse respecto de los refugiados, personas desplazadas o migrantes.
Reconocemos que demasiada gente, por todo el mundo, vive en el miedo o es víctima de la pobreza, del hambre o de falta de vivienda; de desnutrición, de enfermedades, de falta de instalaciones sanitarias apropiadas y de agua potable; de la explotación que les roba su dignidad, sea sexual, psicológica o como resultado de condiciones de trabajo peligrosas.
Como Observador Permanente de la Santa Sede ante las Naciones Unidas, he tenido el honor de representar a la Iglesia Católica en el trabajo de la Comunidad Internacional. La Santa Sede se esfuerza por ver acogido en los foros mundiales el mensaje del Evangelio. En los años que llevo en este cargo, he sido testigo de primera mano, de estos fenómenos de egoísmo e individualismo. Durante los últimos diez años, las Naciones Unidas han organizado conferencias, en el intento de resolver muchos de los problemas mundiales.
En 1990, la Cumbre Mundial para los Niños se refirió a las necesidades de éstos y a la importancia de protegerlos como el futuro de la humanidad. Aún cuando discutimos acerca de su dignidad, muchos quisieron encontrar maneras de robarles su inocencia.
La Conferencia de Río de 1992 sobre Medio Ambiente y Desarrollo, atrajo nuestra atención hacia el futuro y el desarrollo económico sostenible. Fue allí cuando se recordó al mundo la terrible pobreza, la creciente angustia y falta de esperanza en que vive mucha gente.
En la Conferencia de El Cairo sobre Población y Desarrollo de 1994, los líderes del mundo discutieron los problemas derivados de un crecimiento demasiado rápido de la población cuando, de hecho, el crecimiento de la población se había tornado más lento en los años recientes. El aborto y la anticoncepción se convirtieron en el principal tema de la Conferencia, mientras las necesidades de los pobres y las esperanzas de soluciones a los problemas económicos fueron casi olvidadas.
La Cumbre de Copenhague sobre el Desarrollo Social, que tuvo lugar en 1995, fue una oportunidad de encontrar formas para resolver muchas cuestiones que parecen enervar derechos fundamentales y la posibilidad de crecer social y económicamente. El resultado de la Cumbre ha sido rápidamente dejado aparte y olvidado.
Durante la Conferencia de Pekín, en 1995, fueron tratadas cuestiones relacionadas con la mujer. Pese a que la salud y la dignidad de la mujer fueron dos de los temas de discusión, la Conferencia se tornó un foro en el cual la dignidad de la mujer fue, de hecho, erosionada por aquellos que proclamaban defenderla.
Finalmente, en 1996, en la Conferencia Hábitat en Estambul, Turquía, fueron discutidos el derecho al asentamiento y los problemas crecientes derivados del aumento de la urbanización. Las respuestas a las preguntas que deberían haber sido fundamentales, como razón para la acción, fueron avasalladas por la amenaza contra derechos humanos reconocidos.
A lo largo de todas estas Conferencias, he sido testigo de la creciente oscuridad de la cultura de la muerte, que rechaza tomar conciencia de que cada uno de nosotros está hecho a imagen y semejanza de Dios.
Al mismo tiempo, he tenido también la oportunidad de experimentar la firme convicción de aquellos países que han optado por defender los principios y la santidad de la vida, el papel de la familia y los deberes y responsabilidades de los padres.
Jesús contó la historia del padre y sus dos hijos. Él le pidió al primero ir a la viña y el hijo respondió "Estoy en mi camino, Señor", pero nunca fue. Luego, el padre le dijo la misma cosa al segundo hijo, que replicó "No, no iré"; pero luego lamentó su respuesta y fue a la viña.
Esta historia es muy similar a la historia de los países que se llaman a sí mismos "hijos de la Iglesia Católica". Algunos se aferran a ese título, recordando a otros su gran fidelidad a las enseñanzas de la Iglesia, mientras, en realidad, vuelven la espalda a muchas de las cosas que la Iglesia enseña y sostiene. Estos países representan el primer hijo.
Al mismo tiempo, hay naciones y sus autoridades que simplemente se dedican a las cuestiones propias de su liderazgo, trabajando por hacer un poco mejores las vidas de sus pueblos. Estos representan al segundo hijo de la historia; Gobiernos que guían a sus pueblos y, al mismo tiempo, protegen los principios de la voluntad de Dios.
Pero, puede la promoción de la vida ser considerada como una cuestión simple?
Con la firma del Decreto 1406, estableciendo el 25 de Marzo, Día de la Anunciación del Señor, como una jornada para la conmemoración de los niños por nacer, el Presidente Menem ha involucrado a la Argentina y a su pueblo en la atmósfera y la protección del Evangelio, la palabra de Dios. Con ello, ha situado a las enseñanzas de Jesucristo como centro de la vida para cada hombre, mujer y niño en la Argentina.
No solo eso, sino que también con la firma del Decreto, ha desafiado a los líderes de cada país, especialmente de aquellos países que se llaman a ellos mismos Católicos o Cristianos, a hacer lo mismo, es decir, a asumir el compromiso de la protección de la vida.
Este desafío ha sido reconocido y recomendado por Su Santidad el Papa Juan Pablo II en la carta personal al Presidente Menem, fechada el pasado 9 de marzo.
Ahora nosotros llamamos a aquellos países y a sus líderes a seguir el ejemplo que se ha hecho aquí y a alzarse en contra de un mundo que continúa creciendo de un modo más secular y, debo decir, cada día más alejado de Dios.
La Fiesta de la Anunciación nos recuerda la presencia de Dios. Esta no puede ser negada. Intentar dejar de lado, ignorar a Dios, es negar Su amor y su piedad misericordiosa.
Negar la presencia de Dios es rechazar la esperanza en una vida eterna y someternos nosotros mismo a una existencia velada por las lágrimas, sin ninguna esperanza en un futuro más allá de esta vida. Entonces las palabras de San Pablo en la Carta a los Gálatas parecen ciertas. Nos convertimos en el más lastimoso de los pueblos.
Con esta dedicación, el pueblo de la Argentina dice no a esa desesperación. Ustedes dicen no a esa ausencia de Dios y a lo que el mundo trata de forzarnos a creer.
Puedo decir, de mi experiencia en las Naciones Unidas, que Argentina es ahora uno de esos países que tratan de seguir los principios fundamentales de los derechos humanos y de la dignidad de la persona humana. Argentina ha reconocido que la persona humana tiene el derecho a la vida, es el centro del desarrollo y que la familia es la unidad básica de la sociedad y merece ser apoyada y protegida.
Y me honro en decir que la Argentina ha trabajado estrechamente con la Santa Sede y un puñado de países que comparten sus posiciones, uniéndose en la lucha por la promoción de los derechos y la dignidad humana.
Siempre en estas Conferencias he encontrado a los delegados argentinos firmes y valientes en la defensa de estos principios. Debo mencionar en particular al Embajador Esteban Juan Caselli, quien en Roma con su presencia y en las otras conferencias con su asistencia, ha sido el portavoz inteligente y activo del Presidente Menem.
Argentina ahora afirma su fe en los derechos humanos fundamentales, en la dignidad de cada persona, en cuanto todos nosotros hemos nacido libres e iguales y por eso cada persona tiene el derecho a la vida, la libertad y la seguridad.
Ahora todos reconocen que la Argentina es una nación que respeta la vida de cada persona, tanto nacida como no nacida. La Argentina es un país que se ha comprometido en la protección de la vida. La Argentina es un país que es consciente de la relación que todos nosotros tenemos los unos con los otros y con la familia humana. La Argentina es un país que tiene un Presidente que se preocupa profundamente por su pueblo y que se ha comprometido en la promoción y protección de esos principios fundamentales: El derecho a la vida y a la dignidad humana.
Con esto, se ha comprometido no sólo a la protección de la vida y la dignidad del niño por nacer sino también de la vida y la dignidad de cada persona, desde el más joven hasta el más anciano, desde el más fuerte hasta el más débil, desde el más rico hasta el más pobre.
Señor Presidente,
Deseo agradecerle el haber asumido este ferviente compromiso y tomado esta fuerte posición en contra de aquellos, quienesquiera que sean, que puedan albergar alguna duda sobre la humanidad del niño por nacer.
