
La ideología del "derecho a decidir," que trata de justificar el aborto en los Estados Unidos, impide que se acepte socialmente el guardar luto por el niño muerto. Una mentalidad menos rígida en el Japón facilita que los padres de los desventurados niños expresen su aflicción. El ritual mizuko kuyo (literalmente ceremonia del niño de agua), no es solamente un elixir que ayuda a la curación psicológica de los padres, especialmente de la madre, sino también una súbita y lucrativa fuente de ingresos para los templos que ofrecen ese servicio.
El rígido dogma que canoniza el "derecho a decidir" estimula a las mujeres que creen en ese dogma a marchar a las clínicas de aborto con la cabeza alta, en desprecio por la maternidad. El "derecho a decidir" lleva a la joven a suprimir su instinto maternal de llorar la pérdida de su hijo, pues debe ser fuerte. Ella encarna los símbolos masculinos de poder y dominio, suprimiendo los instintos maternales de compasión y abnegación.
Sentimiento de derrota
En el Japón, las prácticas sociales alrededor del aborto prescriben que no exista esa formalidad prefabricada para idealizar el "derecho a decidir." Las mujeres entran en la oficina del médico tan discretamente como sea posible, apenadas por algo que "no puede evitarse" (shigata ga nai). Nadie alega que el aborto sea algo bueno. La opinión pública trata de no fijarse en eso, permitiendo un mal reconocido, solamente porque parece ser inevitable. Nadie se jacta del aborto. Los médicos que gozan de alta estima no lo anuncian, aunque lo pueden llevar a cabo si se les pide.
Las mujeres entregan sus cuerpos para la operación con un espíritu de fatalismo. En vez de defender su decisión de abortar, visitan al forzoso ginecólogo con un sentimiento de derrota. El médico calificado comprende y rutinariamente hace las preguntas ya prescristas, en una página impresa. La mujer asiente con la cabeza a las respuestas, mientras el médico marca con su bolígrafo la razón: privación económica. (Posiblemente ha dejado su abrigo de piel a cargo de la recepcionista.) Paga en efectivo la suma acordada (los seguros médicos no cubren el aborto) y el personal de la clínica le ofrece todos los servicios y comodidades de un cuidado clínico, pero impersonal. Los métodos burdos, tales como las inyecciones salinas, han sido abandonados en el Japón desde hace mucho tiempo, y se observa un límite máximo de 24 semanas de embarazo. Los embarazos que han pasado ese término no son abortados.
Pero una vez que la mujer ha cumplido con su "deber" de acuerdo a su "karma" (sino) ante la sociedad, la opinión pública le concede a la madre japonesa el derecho de condolecerse por su niño muerto. El marido generalmente la acompaña al templo para iniciar el ritual del duelo.
Las "ceremonias de duelo" (misuko kuyo) se han convertido en un negocio importante, operando de modo competitivo y eficiente como en las grandes tiendas, en los aeropuertos y en los trenes de alta velocidad. Para mayor encanto y distinción, los residentes de Tokio pueden solicitar que estas ceremonias se celebren en el templo Zojoji, donde los monjes también conducen funerales de primera clase para la alta sociedad, a los que los dolientes asisten vestidos con esmoquin y las señoras con abrigos de pieles.
Una vez terminados los arreglos preliminares, los padres dolientes son recibidos con reverencias y conducidos a uno de los compartimientos de espera. El monje canta su "sutra", quema incienso, toca campanas, sosiega al muerto con una oración ritual y asegura a los padres que el niño ya descansa en paz. Los padres pueden hacer arreglos para alquilar una de las estatuas "Jizo" que se encuentran en los predios del templo (la última vez que averigüé el costo era de 700 dólares) para conmemorar a su hijo. Estas pequeñas estatuas, talladas burdamente en piedra, tienen caras redondas, los ojos cerrados y la boca haciendo pucheros por su suerte inmerecida.
Por un precio modesto, los padres que visitan el templo pueden también escribir mensajes en placas de madera compradas allí mismo y cuando se cuelgan en un árbol cercano, supuestamente les garantizan que el mensaje llega hasta el niño. Los mensajes son simples y típicamente dicen: "Tu padre y tu madre te aman. Descansa en paz." O, "Lo sentimos, pero no pudo evitarse. Te amamos." O, "No había espacio. No te sientas mal. Vuelve a mi seno dentro de tres años."
Las rígidas reglas sociales japonesas, aunque sean tradiciones no escritas, indican a las madres que ellas tienen el "deber" social de abortar a los niños "sobrantes". La opinión pública es centralizada en las familias que tienen sólo dos hijos y las discusiones opuestas a esa actitud no son estimuladas. Las familias están apretujadas en apartamentos con espacio limitado para dos niños; las madres necesitan suplementar sus ingresos con trabajos adicionales por horas, a fin de que los dos hijos puedan ser mimados, vestidos y tal vez educados aún más de lo necesario para seguir el dictado de la opinión pública. Sin embargo, sorprende que no todas las familias se sometan a las espectativas de rigor de la opinión pública. Aún en el Japón moderno de hoy día, una de cada seis familias tiene más de dos hijos. Según las estadísticas, en 1992 nacieron 203,221 niños en familias que ya tenían dos, tres, cuatro, y hasta diez hijos.
Pero aún incluyendo todas las familias numerosas, las estadísticas de nacimientos indican un promedio de uno y medio porciento de niños nacidos por cada pareja, una cifra que deja al Japón corto en un 25 por ciento debajo del número requerido de nuevos nacimientos, para solamente reemplazar la población adulta actual. Un mensaje fue proclamado a toda fuerza a través de la nación por los líderes en 1946: "Mientras menos nacimientos, mejor". Aún hoy, la nación no ha podido acallar esa consigna estremeciente; todavía la mayoría de las madres observan las reglas como lo hacían en 1946.
Sin embargo, la sociedad japonesa, a diferencia de la sociedad norteamericana, permite a las madres llorar por lo que hacen a sus hijos que no fueron planificados y condolecerse por sus tesoros perdidos, despachados de la oscuridad del útero a la oscuridad del otro mundo. El ritual del duelo trae a la superficie la amarga tristeza de una maternidad perdida y ayuda a las madres a enfrentarse a ese trauma.
El "Gran Templo de Kannon," en la prefectura Mie, se dedica a proveer servicios a los padres dolientes como su actividad principal. La estatua dorada de la diosa Kannon, de treinta metros de altura, atrae a visitantes de lugares lejanos y la situación remota del templo permite a los padres consolarse sin peligro de ser vistos por sus vecinos. Para aumentar su negocio, hace unos años éste y otros templos han recurrido a una propaganda de carácter dudoso. El Japón moderno puede aparentar de manera externa y a la luz pública que ha superado el folklore antigüo; pero los promotores astutos de los negocios del templo han ignorado el pretexto de inmunidad a la supertición. Instintivamente han ido a la vena yugular del desasosiego síquico y han inflingido heridas mortales a los temores sumergidos y no resueltos. Algunos han sugerido la posibilidad tétrica del tatari, una maldición que un niño inquieto en el otro mundo puede ejercer sobre su familia, supuestamente llevándola al divorcio, provocando un accidente de automóvil, logrando la pérdida de empleo o el fracaso en un exámen de ingreso.
"Dé paz a su hijo, abandonado ahora y a solas a las orillas del río Sai; donde los demonios lo amedrantan allí, haciéndole amontonar piedras (llamadas stupas) que los demonios echan abajo de nuevo. Nuestra diosa Kannon está equipada para salvar a su niño. Sus manos son grandes, con membranas entre los dedos, permitiéndole cargar por entero a su niño despedazado y golpeado; estrecharlo contra su pecho tierno y reverentemente para luego llevarlo a través del río Sai donde será recibido por antepasados familiares en cuya compañia permanecerá. Allí, al fín, el niño descansará en paz y ustedes se liberarán de su ira vengativa."
Para mayor convenciencia, el anuncio ofrece ceremonias que pueden ser solicitadas por correo. Un formulario contiene casillas donde anotar datos tales como la fecha en que el niño debió haber nacido,etc. Tiene espacio para recopilar datos correspondientes a un número limitado de cinco niños abortados; su costo es de 100 dólares por cada niño. Al recibir el pago, el sacerdote llevará a cabo la ceremonia y los padres recibirán una tarjeta conmemorativa a vuelta de correo.
El éxito de la industria de la oración mizuko kuyo del Japón, que representa muchos millones de dólares, indica que la condolencia por un niño abortado es una necesidad perdurable que sienten los padres. Aunque el folklore tomado literalmente, es algo que desafía la credulidad, quizás no es más que un camuflaje que enmascara los temores verdaderos y los sentimientos genuinos que tiran de las fibras más intensas en el corazón de los padres.
El Padre Anthony Zimmerman, profesor jubilado de teología moral en la Universidad Nanzan, en Nagoya, Japón, ha pasado la mayor parte de su vida sacerdotal en el Japón desde 1948. Un artículo escrito por el Profesor Lynn D. Wardle, de la Universidad Bringham Young, titulado "Crying Stones: A Comparison of Abortion in Japan and the United States" (Piedras que Gritan: Una comparación del Aborto en el Japón y los Estados Unidos), ha sido la principal inspiración del autor.
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