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Boletín No. 69, Diciembre 1997

Las políticas demográficas de EE.UU. suscitan controversia
Por David Morrison y Adolfo J. Castañeda

El Gobierno del Presidente Clinton tiene la tendencia a mezclar su ideología proabortista con otros temas para lograr el apoyo del público. El pasado 1° de octubre, durante un congreso sobre el calentamiento de la Tierra, el Vicepresidente Al Gore, promovió el aborto a nivel mundial para reducir la población, ya que, según él, el crecimiento demográfico agrava este "problema".

Sin embargo, esta afirmación de Gore se estrella estrepitosamente contra la evidencia científica. En un artículo publicado en el New York Times el pasado 2 de noviembre, Barbara Crossette, su autora, señala las afirmaciones de expertos que desmienten el infundado mito de la "sobrepoblación". Para los demógrafos, el problema no consiste en que tengamos mucha gente que influya en el ambiente, sino en qué hacer cuando la población deja de aumentar en muchos lugares, o aún se detiene su crecimiento o incluso comienza a disminuir en algunos otros.

Según los científicos citados en el artículo, la tasa de natalidad en muchos lugares del mundo, está bajando drásticamente, especialmente, pero no únicamente, en los países desarrollados, donde los matrimonios no están procreando dos o más hijos. Para que la población de una nación se reemplace a sí misma, se necesita un promedio de por lo menos 2,1 hijos por mujer en edad fértil. Pero la mayoría de los países desarrollados están por debajo de ese nivel de reemplazo. Estados Unidos, por ejemplo, apenas tiene una tasa de natalidad por encima de dicho nivel, a pesar del elevado número de inmigrantes que ingresan en ese país todos los años. Italia tiene la tasa de natalidad más baja del mundo occidental: solamente 1,2 hijos por mujer en edad fértil; le siguen España y Alemania con 1,3. Pero lo peor de todo es que la tendencia actual de esta drástica disminución de las tasas de natalidad parece ser irreversible, aún para los países en desarrollo que en estos momentos todavía tienen una tasa de natalidad por encima del nivel de reemplazo.

Los expertos también afirman que cuando las poblaciones de los países más industrializados del mundo no se reemplazan a sí mismas, estos países dejan de ser los productores y consumidores del planeta. Su papel de líderes en la economía mundial podría sufrir un colapso de consecuencias muy negativas para ellos mismos y para el resto del mundo.

Sin embargo, Gore se ha disgustado porque las políticas de control demográfico que el gobierno del Presidente Clinton está promoviendo han sufrido oposición y han sido objeto de controversia. El vice-presidente le ha pedido al pueblo estadounidense que no le preste atención a la controversia y que apoye los métodos de "planificación familiar" (léase: anticon-ceptivos abortivos y esterilización), métodos que Estados Unidos está promoviendo con el dinero del pueblo estadounidense, para diezmar la población de los países en desarrollo.

Pero es imposible ignorar, por ejemplo, el testimonio de Cecilia Bram Anguiano sobre cómo los funcionarios de una clínica del gobierno mexicano le colocaron un dispositivo intrauterino (DIU) contra su voluntad después del parto. Tampoco se puede echar a un lado el caso de Graciela Hilario de Rangel, a quien le ocurrió lo mismo en dos ocasiones en clínicas del mismo gobierno. Además de ser inmorales, como lo son todos los anticonceptivos, el DIU es abortivo y dañino para la mujer. ¿Cómo no preocuparse entonces ante el hecho de que la Agencia para el Desarrollo Internacional de los Estados Unidos (USAID) se jacta precisamente de que, gracias a sus esfuerzos, la tasa del uso de anticonceptivos en México haya aumentado en un 8.3% entre 1992 y 1995?

A principios de la década de los 70, el gobierno de los Estados Unidos se unió a la corporación A. H. Robinson y a muchas organizaciones de "planificación familiar" (casi todas todavía siguen recibiendo dinero del gobierno estadounidense) para distribuir y colocar, en mujeres de los países en desarrollo, más de 700,000 dispositivos intrauterinos de marca Dalkon que no estaban esterilizados. Se estima que miles de mujeres de esos países han muerto a causa de este método de "planificación familiar".

Durante la década de los 80, otra organización usó fondos del gobierno de Estados Unidos para colocar el peligroso y abortivo Norplant en mujeres de Haití y Bangladesh, sin antes informarles adecuadamente sobre sus dañinos efectos. Luego, cuando las mujeres se enfermaron, no se los quisieron retirar.

Durante esa misma década, más de una veintena de países, desde las Filipinas hasta El Salvador, fijaron cuotas mensuales de esterilización. Como ocurre muchas veces, estas cuotas propiciaron la práctica de este inmoral método en incontables mujeres, aún sin su consentimiento, por parte de trabajadores "de la salud" que a toda costa querían cumplir con los requisitos del gobierno.

En Bangladesh, a las mujeres que junto con sus familias habían perdido sus casas, por causa de desastres naturales, les dijeron que no recibirían ayuda humanitaria internacional hasta que no se sometieran a la esterilización. De manera que no sólo hace falta la controversia, sino que se necesita más controversia todavía. Es más, se necesita que todos sean informados de la verdad, para que ni un centavo del pueblo estadounidense sea invertido en el imperialismo demográfico perpetrado contra Latinoamérica y otros países en desarrollo.

David Morrison es el director del Instituto de Investigación sobre la Población (Population Research Institute) y editor de la Revista PRI (PRI Review), boletín de esa institución.

Adolfo J. Castañeda es coordinador auxiliar para Latinoamérica de Vida Humana Internacional.

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