
El Diccionario Webster define la palabra "turismo" como la "práctica de viajar por recreación". Considere ahora la idea de un turismo de eutanasia: la práctica de viajar a un determinado lugar para morir. Aunque esto podría parecer macabro, The Bulletin With Newsweek (una publicación australiana), informa que ha habido un aumento de personas mortalmente enfermas que viajan al Territorio Norte de Australia 1, el único lugar en el mundo occidental donde la eutanasia voluntaria ha recibido el amparo de la ley.
El parlamento del Territorio Norte legalizó la eutanasia voluntaria en mayo de 1995, aunque la ley no será promulgada hasta el próximo 1º de julio2. Marshall Perron, ex-ministro en jefe y proponente de la Ley de los Derechos de los Mortalmente Enfermos, dijo en su primer discurso, el 22 de febrero de 1995: "Este proyecto de ley está basado en un principio relativamente simple: si existen pacientes mortalmente enfermos que desean terminar con sus propios sufrimientos acelerando su inevitable muerte, y si hay doctores que simpatizan con ellos y que desean ayudarlos a morir con dignidad, entonces la ley no debería prohibirlo"3. Esta lógica lleva a decisiones moralmente precarias.
Lo primero es el asunto del sufrimiento. La muerte nunca es fácil; a menudo la característica que la distingue es el sufrimiento. El intento del Territorio Norte de aliviar el sufrimiento de los individuos mortalmente enfermos es loable: debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para minimizar los sufrimientos de quienes agonizan. Sin embargo, el mismo concepto de sufrimiento es extremadamente subjetivo, no se limita solamente a lo físico y no es fácilmente cuantificado o cualificado por la ley. Si se va a permitir la eutanasia para el sufrimiento físico de los que están mortalmente enfermos, ¿no podría ser también fácilmente legalizada para aquellos que experimentan un sufrimiento emocional o psicológico?4.
En segundo lugar, aunque esta ley afirma proporcionar al que está mortalmente enfermo una muerte con dignidad, en realidad disminuye el valor de la vida humana. Esa libertad de "acelerar la muerte inevitable", ¿salvaguarda la innata sacralidad de la vida humana? En su discurso, el Sr. Perron dice: "Si usted cree que sólo Dios puede dar la vida y que sólo Él puede quitarla, las actividades que permite esta ley no son para usted. Yo sólo busco darles a aquellos que desean hacer una elección el derecho de hacerla"5. Si los seres humanos tienen la autoridad última sobre su propia vida y sobre su propia muerte, como lo implica esta ley, ¿no sería moralmente aceptable el permitirles tener también la autoridad sobre la vida y la muerte de otros? ¿Tenemos el derecho de decidir cuándo deben ocurrir la vida y la muerte? ¿Tenemos la autoridad para decidir cuándo una vida es digna de ser vivida y cuándo no? Este tipo de razonamiento es, en el mejor de los casos, un argumento circular, y en el peor, un argumento aterrador.
Además, es una clara reminiscencia de la Alemania nazi. El Tercer Reich fue otro gobierno que les dio a los seres humanos la autoridad total sobre quién debería vivir y quién debería morir. Para los nazis, el valor de la vida humana se calculaba por medio de una simple ecuación utilitarista: ¿esa persona contribuía al engrandecimiento del Tercer Reich? La vida humana no tenía un valor intrínseco, es decir, un valor en sí misma. A menos que la vida humana produjera un bien tangible, era indigna de ser protegida. Lo que comenzó con programas de esterilización y eutanasia para los indeseados de la sociedad, eventualmente culminó con el asesinato sistemático de no menos de seis millones de judíos.
Aunque el Sr. Perron afirme que es "...una obscenidad asociar esta legislación práctica, que cuenta con el apoyo popular, con la sombra del Tercer Reich"6, las acciones de ambos gobiernos están basadas en la premisa de que los seres humanos pueden tener la autoridad total sobre la vida y la muerte, cuando en realidad sólo Dios tiene la autoridad para dar y quitar la vida. Cuando los seres humanos se apropian esta responsabilidad, se rebaja el valor intrínseco de la vida humana.
Australia está dividida sobre este asunto de la vida humana. La derrota de una ley sobre la eutanasia voluntaria en el Territorio Capital de Australia en noviembre de 1995, reconoce el carácter sagrado de la vida humana. Sin embargo, aunque muchos quieran negarlo, el Territorio Norte está deslizándose por el precipicio donde no se le reconoce a la vida humana su valor intrínseco, el fin de la cual sólo Dios conoce.
Se está librando una batalla sobre el valor de la vida humana, y Australia no es el único campo de batalla. Debemos luchar contra cualquier actividad que disminuya el valor de la vida humana. La historia demuestra que cuando se acepta socialmente y se implementa legalmente el principio de que la vida humana es indigna de ser protegida, echamos a andar por un camino de horror inenarrable. Si cerramos los oídos a los horrores de ayer, estos se convertirán en nuestra realidad mañana. Algunos ya han comenzado a deslizarse por el precipicio. El turismo de la eutanasia está más cerca de convertirse en realidad de lo que creemos.
Rebecca C. Miller es funcionaria del Departamento Internacional del Instituto Rutherford, en Virginia, EE.UU. El Instituto Rutherford es una organización de abogados cristianos que se dedica a la defensa de los derechos civiles y religiosos.
1.Dennis Shulz, "Death Comes Slowly," The Bulletin With Newsweek, 24 de octubre de 1995, 28. Nota del editor: Aunque la ley les prohíbe a los ciudadanos de otros países viajar al Territorio Norte para solicitar la eutanasia, sí se lo permite a los ciudadanos australianos que residen en otros lugares del país, véase "Australia--Euthanasia," Associated Press, 4/10/96, citado en Communiqué, 3 de mayo de 1996, publicado por la American Life League, Inc.
2. Ibíd.
3. Marshall Perron, "First Reading Speech," Legislative Assembly, Northern Territory, Australia, 22 de febrero de 1991, 1.
4. Editorial, "Euthanasia, Final Exit, Final Excuse," First Things, no. 18 (diciembre de 1991): 6.
5. Perron, "First Reading Speech," 5.
6. Ibíd., 6.
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