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Lunes, 30 de Octubre de 2017 12:33

Catequesis 34: El matrimonio a la luz del Sermón de la Montaña

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(Impartida el 6 de agosto de 1980)

 

1. Cuando Jesús discutió con los fariseos acerca del matrimonio, les dijo que “por la dureza de vuestro corazón, os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así” (Mateo 19:8).

 

En el AT, esta dureza de corazón indicaba la actitud del Pueblo de Israel contraria al plan original de Dios en Génesis 2:24 (“serán una sola carne”). La frase “dureza de corazón” es la traducción de la expresión literal en hebreo “incircuncisión del corazón” (ver Deuteronomio 10:16; Jeremías 4:4 y Eclesiástico 3:26ss). La incircuncisión se refería al paganismo, a la impureza, a estar distante de la Alianza con Dios. La incircuncisióndel corazón se refería a la obstinación indomable de oponerse a Dios.

 

En el NT, el diácono San Esteban utiliza esta frase para acusar a sus oyentes judíos de oponerse a Cristo en Hechos 7:51. Es la única vez que se utiliza esta expresión de manera literal en el NT.

Los traductores de la Septuaginta utilizaron la palabra griega sklerokardia (algo así como “esclerosis o endurecimiento del corazón”), para expresar el término hebreo de “incircuncisión del corazón”.

La frase “incircuncisión del corazón” = “dureza de corazón” es la clave para interpretar toda la legislación de Israel sobre el adulterio y el matrimonio y, por extensión, todas las relaciones entre hombres y mujeres.

 

En Mateo 5:27-28, Cristo acusa a todo el sujeto interior, el corazón, de ser responsable de la deformación de la ley de Dios, particularmente el sexto mandamiento que prohíbe el adulterio. Sin embargo, esta severa advertencia de Jesús, como veremos, no se queda en una mera acusación. 


2. Nuestra reflexión aborda Mateo 5:27-28 en un primer momento desde una perspectiva moral. Es decir, se dirige primero al juicio, más que acusación, que Cristo hace al corazón humano de violar la ley de Dios a partir de su mala intención, incluso, antes de haber cometido el acto pecaminoso.

 

Cristo es el único que de verdad sabe lo que hay dentro del ser humano (ver Juan 2:25, y también Apocalipsis 2:23 y Hechos 1:24). Ello incluye el hecho de que la persona humana ha sido afectada en su corazón por el pecado original. El resultado de esa afectación ha sido la concupiscencia. Cristo hace este juicio o evaluación moral del corazón humano precisamente para salvarlo de sus malas inclinaciones y redirigirlo al cumplimiento pleno de la ley de Dios, que es una ley de amor y felicidad verdadera. Por ello, es que la advertencia de Jesús no se queda en la acusación y ni siquiera en un juicio moral del corazón humano.

 

Cristo quiere que la persona humana sustituya la concupiscencia, con todas sus malas inclinaciones, por el conjunto de los valores y buenas inclinaciones del Evangelio de su amor. Como ya hemos indicado, el ethos se refiere a estar consciente y aceptar en el corazón el conjunto de estos valores humanos que Cristo viene a rescatar para nosotros. Por consiguiente, en este pasaje de Mateo 5:27-28 y en el resto del Sermón de la Montaña, Cristo se propone proclamar el ethos del Evangelio, para, con ese ethos, transformar el corazón humano.

 

De esto último se desprende el hecho de que, al realizar esta transformación, Cristo no se está quedando en el nivel moral, por importante y decisivo que éste es. Su meta última (la más importante) es transformar a la persona humana desde dentro y, de cierto modo, crearla de nuevo. Por consiguiente, el objetivo de Cristo no es solo moral, sino también antropológico (es decir, en referencia a la naturaleza humana y a una visión correcta de ella). Se trata del hombre nuevo y la mujer nueva en Cristo (ver 2 Corintios 5:17).

 

3. Nuestro análisis de Mateo 5:27-28 tiene que tomar en cuenta el contexto histórico. Después de todo, Cristo se dirige a un pueblo bien concreto, del cual él también es parte. Por consiguiente, tenemos que analizar los hechos, las situaciones y las instituciones de ese tiempo y del AT que lo precede, para entender correctamente el sentido moral de las palabras del Salvador.

 

Sin embargo, como Cristo se está dirigiendo al “hombre histórico”, es decir, a todas las personas que viven después del pecado original y que están afectadas por ese pecado, su sermón tiene indudablemente también un carácter universal. El ser humano al cual el Señor se dirige es el ser humano de la concupiscencia, cuyo corazón Jesús conoce perfectamente (ver otra vez Juan 2:25).

 

Nosotros también podemos establecer contacto con el corazón del “hombre histórico” (que también es cada uno de nosotros), por medio de lo que nos enseña Cristo en su sermón de la montaña y, en particular, en Mateo 5:27-28. Y ello lo podemos lograr sin importar las diferentes épocas y condicionamientos históricos, debido a la universalidad de la doctrina del Señor, como acabamos de señalar.

 

4. Ahora bien, este carácter universal de la enseñanza de Cristo no es una mera generalización. Él se está refiriendo con gran claridad a algo bien concreto, que repercute en el corazón de todo ser humano. La persona humana de todo tiempo y lugar se siente interpelada, llamada por Jesús de manera justa, concreta e irrepetible. El corazón humano no puede ser generalizado de forma alguna. El corazón de cada uno es lo que lo determina de manera singular e irrepetible, es lo que define a cada cual en su humanidad en el sentido moral desde su interior.

 

5. La concupiscencia afecta negativamente todo el interior del ser humano, su corazón (ver Mateo 15:19-20). Sin embargo, el corazón también tiene la fuerza para decidir qué comportamiento exterior adoptar, así como qué estructuras e instituciones sociales establecer. En el fondo de todos estos comportamientos e instituciones sociales están el ethos y el corazón humano como los componentes esenciales, más allá de todo contexto histórico concreto.

 

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