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Lunes, 30 de Octubre de 2017 12:34

Catequesis 35: Cristo denuncia el pecado de adulterio

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(Impartida el 13 de agosto de 1980)

 

1. La audiencia inmediata de Cristo en su Sermón de la Montaña estaba constituida por  personas que pertenecían al Pueblo de Dios. Los profetas del AT habían condenado reiteradamente las transgresiones de ese pueblo contra la Alianza, es decir, los Diez Mandamientos. Cristo sabía que la Ley era un medio para que sobreabundara la justicia de Dios. El Señor exigía a sus oyentes que la justicia o rectitud de vida que ellos practicaran debía superar a la de los fariseos (ver Mateo 5:20). Porque los fariseos y otros como ellos habían interpretado la Ley de Dios a través de los siglos haciendo concesiones a la concupiscencia (la inclinación al egoísmo y al pecado); particularmente respecto del Mandamiento 6 que prohíbe el adulterio. Esa mala interpretación se había superpuesto a la visión original de Dios. El objetivo de Cristo era transformar el ethos, es decir, los corazones de sus oyentes para que éstos apreciaran los valores que este mandamiento contiene. De esa manera, ellos podrían vivir a plenitud las exigencias de la Ley de Dios (ver otra vez Mateo 5:17). 


2. En el AT, desde el Patriarca Abraham en adelante vemos cómo el Pueblo de Israel se fue apartando del significado profundo del matrimonio monógamo y, por tanto, también de su auténtica vivencia. Ello se fue reflejando después en la casuística (la manera legal de tratar los casos concretos) en torno al Mandamiento 6, el matrimonio y el divorcio.

 

Los Patriarcas habían abandonado este significado profundo debido a su gran deseo de tener muchos hijos. Incluso, a veces las mismas esposas estériles se lo pedían a sus maridos. Tal fue el caso de Sarah, quien pidió a Abraham tener un hijo por medio de su esclava Agar (ver Génesis 16:2). También el Patriarca Jacob fue polígamo (ver Génesis 30:3). Estos casos y otros más formaron el contexto dentro del cual se interpretaron los Mandamientos, y en particular el 6, sobre todo cuando Dios le entregó Su ley al Pueblo de Israel por medio de Moisés (ver Éxodo 20:1ss). Los Patriarcas constituían la autoridad religiosa más elevada del Pueblo de Israel, la cual estaba ligada a la Alianza y a la Tierra Prometida.

 

3. El Mandamiento 6 no cambió la tradición de la poligamia, si bien ésta era excepcional. No sólo los Patriarcas, sino también, después de Moisés, los reyes, como David y Salomón, la practicaron y, en el caso de ellos, fue debido a la concupiscencia.

 

El caso de David es muy significativo. David admitió que había cometido adulterio porque había tomado la esposa de otro (ver 2 Samuel 11:2-27). Pero ni él ni nadie más en el Pueblo de Israel consideró adulterio el que David tuviera más esposas junto a la primera (ver 2 Samuel 5:13). En el resto del AT, el Pueblo de Israel nunca consideró que el matrimonio monógamo era una condición esencial e indispensable del Mandamiento 6.

 

4. Ese es el trasfondo histórico en el que tenemos que entender la legislación del AT en favor del matrimonio y en contra del adulterio. La lucha contra el adulterio en esa legislación asumió formas radicales, incluyendo la pena de muerte para el hombre y la mujer adúlteros (ver Levítico 20:10 y Deuteronomio 22:22) – pero admitiendo, al menos indirectamente, la legitimidad de la poligamia. Más concretamente, el adulterio se entendía como la infracción del derecho de propiedad del hombre respecto de cualquier mujer que fuese su esposa legal (que podría ser una de varias).

 

Evidentemente, esta forma de entender el adulterio no concordaba con el plan original de Dios respecto del matrimonio uno e indisoluble. Precisamente Cristo se refiere a ese plan  original en su discusión con los fariseos en Mateo 19:3-9.

 

5. En este contexto, es muy significativa la defensa que Cristo hace de la mujer sorprendida en adulterio, a quien sus acusadores quería matar a pedradas (ver Juan 8:7-11). Cristo identificó claramente el adulterio con el pecado, pues dijo a los acusadores “el que no tenga pecado que tire la primera piedra” y a la mujer “de ahora en adelante no peques más”. Pero no apela a la legislación del AT, sino solo a la conciencia moral, tanto de la mujer como de sus acusadores. Es decir, apela a la capacidad de discernimiento del bien y del mal que Dios ha inscrito en los corazones y que refleja Su Ley, la cual trasciende y es más profunda que la casuística de los fariseos y doctores de la ley.

 

Cristo, pues, deseaba enderezar los desvíos del auténtico y pleno sentido de la Ley de Dios que habían ocurrido en la historia del Pueblo de Israel.

 

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