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Lunes, 30 de Octubre de 2017 12:42

Catequesis 39: Concupiscencia y adulterio según el Sermón de la Montaña

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(Impartida el 10 de septiembre de 1980)


1-2. En la literatura mundial también hay descripciones parecidas a las advertencias de los libros sapienciales contra el adulterio. Por ejemplo, tenemos las Confesiones de San Agustín, la Divina Comedia de Dante y Shakespeare (citado por C.S. Lewis en The Four Loves, Nueva York, 1960, Harcourt, Brace, pág. 28). Una imagen común a esta literatura y a los libros sapienciales es la de comparar la concupiscencia de la carne con el fuego. La concupiscencia es como un ardor que invade la mente y el cuerpo del hombre (o de la mujer) y se apodera de su corazón. Esta pasión desordenada sofoca la voz de la conciencia en lo más profundo del corazón y el sentido de responsabilidad ante Dios. Esta triste realidad es descrita con gran elocuencia en el pasaje de Eclesiástico 23:22-32:


“...el que se abrasa en el fuego de sus apetitos que no se apaga hasta que del todo le consume; el hombre impúdico consigo mismo, que no cesará hasta que su fuego se extinga; el hombre fornicario, a quien todo el pan es dulce, que no se cansará hasta que no muera; el hombre infiel a su propio lecho conyugal, que dice para sí: ‘¿Quién me ve? la oscuridad me cerca y las paredes me ocultan, nadie me ve, ¿qué tengo que temer? El Altísimo no se da cuenta de mis pecados’. Sólo teme los ojos de los hombres. Y no sabe que los ojos del Señor son mil veces más claros que el sol y que ven todos los caminos de los hombres y penetran hasta los lugares más escondidos... Así también la mujer que engaña a su marido y de un extraño le da un heredero”.


El “pudor” que este hombre de la concupiscencia siente es sólo un “pudor” exterior, porque sólo le preocupa las consecuencias de su pecado. Cuando el hombre interior queda reducido al silencio y la pasión desordenada ha sido “satisfecha”, ese hombre tiende a seguir buscando cómo satisfacer más aún sus sentidos y su cuerpo. Porque en vez de alcanzar la paz interior, luego de “satisfacer” su pasión, en realidad ésta queda insatisfecha, ya que lo único que ha logrado es quedarse en lo exterior de sí mismo, mientras que su interior personal ha quedado vacío. El hombre de la concupiscencia lejos de encontrarse a sí mismo y a la mujer (recordemos lo que explicamos acerca de la verdadera unión conyugal), se consume, se desgasta, se empobrecen su espíritu y su persona.


3-4. Cristo sabía que ese hombre de la concupiscencia que describe Eclesiástico 23:22-32 estaba presente, no sólo en el interior de los oyentes de su Sermón de la Montaña, sino también en el interior de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. La tendencia a ser el hombre que mira para desear es una experiencia universal.


Jesús se queda en el acto interior del deseo concupiscente sin pasar al resultado exterior de ese acto, precisamente porque quiere llamar la atención sobre la importancia capital que tiene ese acto del corazón. La mirada expresa lo que hay en el corazón. El hombre mira y desea (y luego actúa) conforme a lo que es. Es decir, se revela a sí mismo y los otros con su mirada y su deseo. Revela incluso como él percibe el mundo exterior.


5. Esta mirada que desea de esa manera nos indica qué es la concupiscencia de la carne. Este deseo concupiscente consiste en un alejamiento, o incluso aniquilación, del significado esponsal del cuerpo en el interior del hombre. El énfasis lo colocamos en el deseo, porque también basta con un mal deseo de este tipo (sin una mirada), que haya sido consentido plenamente, para incurrir en el adulterio del corazón.


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