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Jueves, 30 de Noviembre de 2017 11:53

Catequesis 48: Lo “ético” y lo “erótico” en el amor humano Featured

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(Impartida el 12 de noviembre de 1980)


1. El ethos (y lo ético) está relacionado con el descubrimiento de un nuevo orden de valores. En este contexto, descubrimos que la tarea ética del espíritu humano es encontrar en lo erótico el significado esponsal del cuerpo y el verdadero amor, que es la auténtica dignidad del don de uno mismo al otro. Si no asumimos esta tarea, la atracción sexual quedará reducida a la concupiscencia. Ni el hombre ni la mujer podrán experimentar la plenitud del eros, que es el impulso del corazón humano hacia lo verdadero, lo bueno y lo bello. Por consiguiente, es indispensable que el ethos venga a ser la forma constitutiva del eros, es decir, lo que le da verdadera consistencia y propósito al eros.

 

2. Todo lo anterior está estrechamente relacionado con la espontaneidad. Frecuentemente se cree que el ethos le quita espontaneidad a lo erótico. Se pide, entonces, suprimir el ethos “en favor” del eros. Con esa interpretación, Mateo 5:27-28 parecería ser un obstáculo para este “bien” del eros.

 

Pero esa interpretación es errónea y superficial. No nos deja llegar a experimentar la plenitud ni del eros ni la de los valores. Por otro lado, el que acepta el ethos de Mateo 5:27-28 está llamado a la plena y madura espontaneidad de las relaciones, que nacen de la perenne atracción entre el hombre y la mujer. Esta espontaneidad es el fruto gradual del discernimiento de los impulsos del corazón. 


3. Las palabras de Cristo en Mateo 5:27-28 son rigurosas. Exigen que, en sus relaciones, el hombre y la mujer tengan plena y profunda consciencia de sus propios actos, especialmente de los impulsos internos del corazón, de manera que sean capaces de evaluarlos con madurez. Cristo exige que, en este ámbito, que parece pertenecer exclusivamente al cuerpo y a los sentidos (el hombre exterior), el hombre sepa ser verdadero hombre interior, guardián, vigilante y señor de sus impulsos íntimos, y capaz de sacar de esos impulsos lo que conviene a la pureza del corazón. De esa manera, el hombre va aprendiendo y descubriendo el sentido esponsal del cuerpo, que abre espacio al verdadero amor, que es la libertad interior de ser don para el otro.

 

4. Este aprendizaje no es una “ciencia” que se aprende solamente en los libros, ni es solamente la abstracción de algo objetivo (aunque esto también es importante). Se trata más bien de un aprendizaje de la propia interioridad, del discernimiento, es decir, de ser capaz de distinguir, entre aquello que concuerda con la multiforme riqueza de valores en la atracción entre el hombre y la mujer que Dios ha creado, y aquello que pertenece a la concupiscencia. Aunque muchas veces estos impulsos se confunden entre sí, Cristo nos llama a adquirir una valoración y un discernimiento maduros y perfectos de ellos. Es necesario añadir que esta tarea sí se puede realizar y es verdaderamente digna del hombre.

 

Este discernimiento está relacionado esencialmente con la espontaneidad. La subjetividad humana, es decir, el interior de la persona, tiene una gran riqueza de sentimientos y deseos profundos, y la capacidad de distinguir claramente entre ellos. Por ejemplo, no es lo mismo la excitación sexual que la emoción sexual profunda. Esta última no es solamente una mera reacción sensual, sino que es la misma sexualidad que reacciona expresando la masculinidad o la feminidad de manera integral. Es decir, es la totalidad de la persona que se expresa por medio de su sexualidad, como hombre o como mujer. De esta manera, la sexualidad se integra en la totalidad de la persona, quien es capaz de expresar así su amor hacia su cónyuge con toda la riqueza de sus afectos y emociones.

 

No podemos desarrollar aquí con más amplitud este tema. Pero una cosa es cierta: si bien las palabras de Cristo en Mateo 5:27-28 son exigentes en cuanto a prohibir severamente la concupiscencia, también lo son en cuanto a exigir la riqueza de las nobles y profundas emociones (y los valores correspondientes) relacionadas con el auténtico amor que se deben expresar sexual y espontáneamente en el matrimonio. Esta es la verdadera espontaneidad sexual a la que nos referimos. Es una espontaneidad en la que los esposos deben esforzarse, para así hacer más profundos su amor mutuo y su unión matrimonial.

 

5. Los esposos no deben dejarse llevar por la espontaneidad que viene de la mera concupiscencia carnal, es decir, del deseo sexual egoísta que solo busca la gratificación sin referencia alguna al amor auténtico. Pero cuando los esposos adquieren dominio sobre la concupiscencia y sus instintos, alcanzan esa espontaneidad más profunda y madura con la que sus corazones descubren de nuevo la belleza espiritual, de la cual sus cuerpos, en su masculinidad y feminidad, han sido creados por Dios para ser signo y expresión.

 

A medida que este descubrimiento se va consolidando en la consciencia humana como convicción de los valores, y en la voluntad como orientación de los deseos relacionados con esos valores, el corazón adquiere esa auténtica espontaneidad que no tiene nada que ver con la concupiscencia del “hombre carnal”. Cristo, en Mateo 5:27-28, nos llama, indirecta pero realmente, a esa espontaneidad.

 

Este tema lo trataremos de nuevo cuando hablemos de la “pureza de corazón”, de la que Cristo también nos habla en el Evangelio y que San Pablo desarrolla en sus cartas.

 

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