Miércoles, 01 de Noviembre de 2017 11:56

Catequesis 40: El mal deseo, adulterio del corazón Featured

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(Impartida el 17 de septiembre de 1980)

 

1-2. El deseo concupiscente que denuncia Cristo en Mateo 5:27-28 no puede ser reducido solamente a su dimensión psicológica, ya que ésta sólo nos indica la intensidad emocional de dicho deseo. Aquí Jesús resalta la dimensión moral de este acto interior, porque este deseo lesiona y empequeñece el valor del significado esponsal del cuerpo, es decir, la llamada que Dios ha inscrito en el cuerpo del hombre y la mujer a expresarse el amor como don de uno mismo al otro en el matrimonio. No debemos confundir este deseo concupiscente con el deseo auténtico que surge de la atracción mutua entre el hombre y la mujer, que Dios mismo ha creado.

 

3-4. El deseo concupiscente reduce el auténtico deseo del hombre hacia la mujer a solo el cuerpo y la sexualidad de ella, convirtiéndola en un objeto de goce egoísta. El deseo original creado por Dios estaba enfocado hacia el amor verdadero de toda la persona del cónyuge (cuerpo y espíritu) como fin en sí misma, como don de Dios. La eterna atracción entre el hombre y la mujer, creada por Dios, estaba plena de deseos espirituales y corporales. A estos deseos correspondía una jerarquía de valores, donde lo espiritual tenía la primacía y lo corporal se sometía espontánea y gozosamente a lo espiritual. El cuerpo del otro era percibido como la expresión de su espíritu. Pero, el deseo concupiscente aplasta la consciencia del significado esponsal del cuerpo, y toda la riqueza de valores que el espíritu y el cuerpo de cada uno contenían, y se reduce a satisfacer solamente la necesidad sexual del cuerpo, como si la mujer fuese un objeto propio.

 

5. La mirada concupiscente puede ser interpretada de dos maneras válidas. Una de ellas consiste en que esa mirada suscita en el hombre el desear a una mujer por lo que ella representa para él: un cuerpo que es fuente de placer sexual. La otra manera consiste en que la mirada expresa el deseo que un hombre siente hacia las mujeres, a quienes considera objetos de valor para él, porque su cuerpos constituyen fuentes de placer para él. En ambos casos la mirada es una mirada de conocimiento deseoso (o cognoscitivo). Decimos “conocimiento deseoso”, porque por medio de esa mirada deseosa ese hombre se define a sí mismo desde su interior y define su propia existencia, o más preciso aún, define a las mujeres como objetos de deseo carnal.

 

El lenguaje de la filosofía clásica llama a este deseo tan determinante “apetito”, que es más que un simple deseo. El lenguaje de la filosofía fenomenológica contemporánea le llama “intencionalidad del conocimiento”, porque, de nuevo, por medio de ese deseo intencional, el hombre se define a sí mismo como hombre concupiscente (aunque no lo admita conscientemente) y define a las mujeres en su interior también como objetos de deseo concupiscente. Incluso, hasta llega a creer, debido a la ofuscación que la concupiscencia ha causado en él, que las mujeres piensan y desean igual que él, es decir, las convierte en adúlteras en su corazón.

 

Volveremos sobre este tema en las próximas catequesis.

 

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