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Miércoles, 01 de Noviembre de 2017 11:57

Catequesis 41: La concupiscencia rompe la comunión entre el hombre y la mujer Featured

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(Impartida el 24 de septiembre de 1980)

 

1. Cuando Cristo habla del hombre que mira para desear de manera concupiscente en Mateo 5:27-28, se está refiriendo a lo que nosotros hemos llamado “la intencionalidad del conocimiento que determina y define la intencionalidad misma de la existencia del hombre”. Es decir, por medio de esa mirada deseosa, de ese acto de la voluntad, el hombre demuestra quién es o en quién se ha convertido. Ese cambio de intencionalidad, que el hombre ha efectuado por medio de su deseo concupiscente, consiste en haber trastocado (cambiado) en su interior el plan original de Dios, expresado en el sentido esponsal del cuerpo. El convertir (o reducir) a la mujer en su interior en un objeto de deseo hace que el sentido de la advertencia de Cristo en Mateo 5:28 aparezca con toda su clara severidad: “Ya la hizo adúltera en su corazón”.

 

2-3. Cuando este deseo concupiscente se adueña de la voluntad del hombre se establece el modo mismo de existir del hombre con relación a la mujer. Toda la subjetividad del hombre, todo su corazón queda bajo el dominio de la concupiscencia y de su escala de antivalores. Se trata de la pérdida de la libertad del don y de la constricción del cuerpo, de la que ya hemos hablado. El cuerpo ya no expresa al espíritu ni su significado esponsal, sino que queda tristemente limitado a la búsqueda del placer de otro cuerpo. Eclesiástico 23:17-22 y la literatura mundial confirman de manera elocuente ese terrible estado en que ha caído el hombre que se ha dejado arrastrar sistemáticamente por la concupiscencia. 


4. Ni Cristo ni la tradición cristiana posterior están condenando el deseo sexual genuino que expresa el significado esponsal del cuerpo y el don de la procreación, como sí lo hizo el maniqueísmo, rechazado por la Iglesia. Están condenando la reducción del deseo sexual al solo deseo del placer egoísta del cuerpo, a la reducción de la persona a la categoría de objeto de apropiación.

 

5. Precisamente la reducción del otro a objeto de placer se opone a la comunión interpersonal a la que Dios ha llamado al hombre y a la mujer en el matrimonio, cuyo fundamento visible y signo es la unión en una sola carne (Génesis 2:24). La recíproca atracción entre el hombre y la mujer, que Dios ha creado, es tan rica en valores que su reducción concupiscente resulta en una verdadera tragedia. La concupiscencia empuja las relaciones hombre-mujer hacia el utilitarismo, es decir, a la tendencia mutua a usarse el uno al otro y para servirse el uno del otro solamente para la satisfacción de sus propias necesidades, en vez de servirse el uno alotro según el auténtico bien de cada uno.

 

6. Las palabras de Cristo en Mateo 5:27-28 resuenan con mucha fuerza en la triste experiencia interior humana a través de la historia, donde quiera que los hombres y las mujeres se han dejado arrastrar por la concupiscencia. Sin embargo, en esta severa advertencia del Señor se puede entrever “la otra cara de la moneda”. Es decir, las potentes y sencillas palabras de Jesús no tienen por objeto el sólo condenar un deseo malo y nada más. Sino que comportan, por implicación, todo un proyecto de restauración del auténtico ethos del corazón humano.

 

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