Martes, 05 de Diciembre de 2017 19:55

Catequesis 49: La redención del cuerpo Featured

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(Impartida el 3 de diciembre de 1980)

1. Las palabras de Cristo en Mateo 5:27-28 tienen un profundo significado ético (doctrina moral) y antropológico (doctrina sobre la persona humana). Estos dos significados están relacionados entre sí. El significado ético está relacionado con la dimensión del ethos (el mundo de los valores en el interior de la persona). El significado antropológico está relacionado con la dimensión del “hombre histórico” (el ser humano después del pecado original y afectado por ese pecado). Estas dos dimensiones, por supuesto, también están íntimamente unidas.

Cristo vino a impregnar la consciencia y la voluntad humanas de este nuevo ethos. Este ethos es nuevo respecto del ethos del Antiguo Testamento (AT), como ya hemos señalado. También es nuevo respecto de todo “hombre histórico”, que tiende a ser el “hombre de la concupiscencia”, independientemente de cuándo y dónde haya vivido.

2. Este nuevo ethos también se llama “ethos de la redención” o, más precisamente aún, “ethos de la redención del cuerpo”. Aquí estamos siguiendo a San Pablo en Romanos 8:20-23, donde él contrapone la sumisión a la “vanidad” y la “servidumbre de la corrupción”, que son consecuencias del pecado, al deseo de la “redención de nuestro cuerpo”. Aquí San Pablo dice que “toda la creación” gime porque tiene “la esperanza de que también ella será liberada de la servidumbre de la corrupción, para participar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios”. En este pasaje es significativo que toda la creación aspira a llegar a la redención del cuerpo. Esta redención del cuerpo es presentada como el fin, la meta, y el fruto maduro y escatológico (el mundo nuevo y definitivo) del misterio de la redención del hombre y del mundo realizada por Cristo.

3. Este ethos de la redención del cuerpo no aparece plenamente todavía en Mateo 5:27-28. Aparecerá más plenamente en la enseñanza de Cristo sobre la resurrección, en Mateo 22:30, Marcos 12:25 y Lucas 20:35-36. Sin embargo, ya en el Sermón de la Montaña, del cual Mateo 5:27-28 es parte, Cristo imparte su enseñanza en la perspectiva de la redención del hombre y del mundo. Cristo pronuncia ese sermón teniendo en mente, como objetivo para el ser humano, la redención del cuerpo, aunque no haya usado ese término explícitamente (ver las Bienaventuranzas en Mateo 5:11, precisamente al comienzo del Sermón de la Montaña).

De hecho, la redención del cuerpo es la perspectiva de todo el Evangelio y de toda la misión de Cristo. Es más, solo esta perspectiva justifica la referencia de Cristo al “principio” cuando enseña acerca del matrimonio y las relaciones entre el hombre y la mujer. La llamada de Cristo a vencer la concupiscencia de la carne en Mateo 5:27-28 solo tiene sentido en la perspectiva de la redención del cuerpo. De lo contrario, el ser humano se quedaría solo con la triple concupiscencia, de la que habla Romanos 8:21 al referirse a la “servidumbre de la corrupción”. (Recordemos también a 1 Juan 2:16.)

4.  En el Sermón de la Montaña, Cristo no invita al hombre a regresar a la inocencia original, porque ésta se perdió irrevocablemente a causa del pecado original. Sin embargo, sí lo llama a re-encontrar los valores perennes del “principio”, que ni siquiera el pecado original pudo destruir (aunque sí obscurecer considerablemente), y que se encuentran en el fondo de su interior.

De esta manera, Cristo establece una relación de continuidad entre el “principio” y la redención, entre la creación original y la redención del cuerpo. Por medio del ethos de la redención del cuerpo, que Cristo ha ganado para la humanidad, el ser humano deberá reanudar el ethos original de la creación.

Cristo no cambia la ley de no cometer adulterio, sino que la confirma y, al mismo tiempo, conduce nuestro corazón hacia una comprensión de la plenitud de la justicia (santidad) que se encuentra en esa ley. Esta plenitud se descubre primero con una visión interior del corazón, y luego con un modo adecuado de ser y actuar. El “hombre nuevo” surge de este modo de ser y actuar en la medida en que el ethos de la redención del cuerpo domina la concupiscencia de la carne en particular, y al hombre de la carne en su totalidad.

El camino que Cristo nos indica para alcanzar este dominio es el de la virtud de la templanza y el dominio de los deseos en su misma raíz, desde lo más profundo de su corazón. La templanza es una de las cuatro virtudes cardinales (las principales virtudes morales) – las otras son la prudencia, la justicia y la fortaleza. La templanza es precisamente la virtud, o hábito bueno, que nos hace capaces de dominar y encausar correctamente los deseos y placeres sensibles, que están relacionados con la comida, la bebida y la sexualidad. La virtud de la castidad es parte de la templanza. La templanza también puede ser entendida como la continencia de los deseos, es decir, como la capacidad para contener los deseos dentro unos límites adecuados, para que no degeneren en deseos egoístas (la concupiscencia).

5. La templanza se realiza en el dominio propio y en la continencia de los deseos de la concupiscencia, pero no de los valores en el interior de la persona (el ethos). Al contrario, para ejercer eficazmente la templanza, el corazón humano debe permanecer unido a los valores, precisamente porque de otra manera se alejará de ellos y se dejará llevar por los deseos concupiscentes. Y en este contexto específico de la sexualidad humana, se trata sobre todo del valor del significado esponsal del cuerpo, que es el ser signo transparente del don de la comunión (común-unión) entre el hombre y la mujer en el matrimonio.

6. El acto de la templanza de contener los deseos egoístas de la concupiscencia puede dar la impresión de que la persona, al realizarlo, se queda en su interior como “en el aire”, como “suspendida en el vacío”, sin nada. Esta impresión puede darse sobre todo cuando una persona, hombre o mujer, que ha estado acostumbrada a ceder ante la concupiscencia, ha decidido realizarlo por primera vez. Sin embargo, si esa persona continúa realizando actos de templanza, gradualmente irá adquiriendo este hábito bueno, esta virtud y, al hacerlo, comenzará a experimentar una paz y una felicidad interior que nunca antes había experimentado.

En efecto, al ir adquiriendo la templanza, la persona también irá gradualmente descubriendo y experimentando subjetivamente su propia dignidad personal, es decir su propio valor como persona. Este valor de la persona es un bien objetivo, intrínseco (en su ser mismo) y absoluto (no se puede medir ni se pierde con nada). La persona también irá experimentando gradualmente la libertad del don de sí misma, la capacidad de amar auténticamente entregándose a los demás y, de manera especial, al cónyuge. Esa libertad del don es la condición y, al mismo tiempo, la respuesta de la persona al valor esponsal del cuerpo humano, en su feminidad y masculinidad.

La realización de estos actos de templanza no es otra cosa que la realización del ethos de la redención del cuerpo a través del dominio de uno mismo. Cuando esto ocurre, el corazón humano confirma en la integridad (la totalidad) de su subjetividad (su interioridad) la alianza (el compromiso total) con este ethos. Entonces se manifiestan, desde lo más profundo de su interior, sus más nobles potencialidades y posibilidades, que son las más reales y verdaderas de la persona humana – las cuales, de otro modo, la concupiscencia no las hubiera dejado manifestar. El ethos de la redención se basa en la estrecha alianza con esos estratos más profundos de la persona, más profundos aún que las secuelas negativas que nos ha dejado el pecado original.

7. Las reflexiones que haremos después demostrarán que todo esto es verdad. Por ahora, damos por terminado nuestro análisis de Mateo 5:27-28. Resumiendo, hemos descubierto que estas palabras de Cristo son más una llamada al corazón humano a vencer la concupiscencia que una acusación. Sin embargo, hemos tenido que reconocer que la consciencia del estado pecaminoso del “hombre histórico” es no sólo un necesario punto de partida, sino también una condición indispensable de su aspiración a la virtud de la templanza, a la pureza de corazón y a la perfección.

Cada persona humana es única e irrepetible sobre todo en su corazón, que es lo mismo que su subjetividad personal. Desde ese interior, cada persona toma sus decisiones más profundas e importantes. El llamado de Cristo en el Sermón de la Montaña a vencer la concupiscencia coincide con su llamado a adquirir la pureza de corazón. El camino para adquirir esta pureza nos recuerda la soledad original del hombre y cómo se liberó de esta soledad al encontrarse y entrar en comunión personal con la mujer. Por lo tanto, la pureza de corazón se explica en relación con la otra persona. El hombre y la mujer son perennemente “con-llamados”, desde el “principio”, a esta comunión interpersonal en el amor. La pureza de corazón es, por tanto, una exigencia fundamental del amor verdadero, es cuando la persona humana vive en su interior, en su corazón, la verdad de sí misma, a la cual Dios creador la ha llamado desde siempre.

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