La sed que sólo Dios puede saciar
A través de la parabola del pobre Lázaro y el rico (San Lucas 16: 19-31), Jesús nos enseña que aquellos que no ayudan de algún modo a su prójimo, no podrán entrar al Reino de los Cielos y tendrán que ir a otro lugar, donde sufrirán tormentos. Sin embargo, hay otra importante enseñanza de Jesús en esta parábola, que no es tan obvia.
El rico está sufriendo terriblemente y le pide a Abraham que envíe a Lázaro a confortarlo. Le dice : "Manda a Lázaro que moje la punta de su dedo en agua y venga a refrescar mi lengua, porque estoy sufriendo mucho en este fuego." Es obvio que el rico siente una terrible sed, en medio de las llamas.
Jesús le prometió a la mujer samaritana : "El que beba del agua que yo le daré nunca volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré se convertirá en él en manantial de agua que brotará dándole vida eterna." (San Juan 4:13-14) Es precisamente el agua de la vida eterna, lo que anhela el rico de la parábola, pero ya no la puede recibir. Quizás las llamas representan el desesperado anhelo de la presencia de Dios, que el rico no puede satisfacer porque ya ha muerto. Ha perdido la oportunidad que Dios le dio de disfrutar por la eternidad de su divina presencia. Ya no podrá saciar su terrible sed, con "el manantial de agua viva" que le hubiera dado vida eterna.
Abraham le recordó al rico que en vida recibió "su parte de los bienes materiales" y Lázaro "su parte de males". También le dijo que entre ellos hay "un gran abismo" que no permite el paso a nadie. O sea, que después de la muerte, ya es demasiado tarde para cambiar el rumbo de nuestra vida.
Que esta parábola nos recuerde que solo tenemos el día de hoy para hacer el bien, pues no sabemos en qué inesperado momento tendremos que dar cuenta ante Dios de nuestras accciones.
El valor del sufrimiento
"Saltad de júbilo, aunque de momento tengáis que sufrir un poco en diversas pruebas". (Pedro I, 6-9)
¡Cuán ridículas y aún hasta dementes deben de haberles parecido a los paganos de aquella época esas palabras! ¿Saltar de alegría, en medio de las pruebas, en un momento de dolor y sufrimiento? "Estos cristianos están locos", quizás pensarían.
Pero lo que no comprendían, y todavía no comprenden los modernos paganos, es que el sufrimiento tiene un valor extraordinario, que fortalece nuestra fe haciéndola que resulte "más preciosa que el oro", y que no será todo en vano, sino que en la eternidad nos regocijaremos "con un gozo inefable y radiante, al recibir el fruto" de nuestra fe, la salud de nuestras almas, la vida eterna en la presencia de Dios.
Y nuestros hermanos, los primeros cristianos, comprendieron plenamente esa enseñanza, que es una de las más valiosas rocas sobre las que se ha fundado nuestra fe, pues como dice Hechos de los Apóstoles 5:41, "ellos salieron de la presencia del concilio" después de ser humillados y azotados, "gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre de Jesús". Ellos consideraban un honor muy grande, el poder sufrir aquellas difíciles pruebas, y así, en la cárcel, "cantaban himnos a Dios", porque sabían que "las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse" (Romanos 8:18) y que "es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios" (Hechos 14:22).
Señor, Padre Eterno, los actuales cristianos vivimos en una época muy difícil. Haz Señor que recordemos siempre que sólo si estamos dispuestos a sufrir el ridículo, las tribulaciones, las persecuciones por amor a ti y a nuestros hermanos, seremos dignos de entrar en el Reino de los Cielos. Haz que grabemos con fuego en nuestras mentes y nuestros corazones para recordarlas en momentos de tribulación, las palabras de San Pablo a los Romanos (8:28): "Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas" – hasta las que tanto les hirieron – "les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados."
Gracias Señor, por todo aquello que nos hirió, por las humillaciones, persecuciones, incomprensiones, injusticias e insultos, porque nos acercan mucho más a Ti, nos enseñan a tener compasión de los hermanos que sufren, y nos proporcionan la gran alegría y el honor de incalculable valor, de seguir los pasos de los primeros cristianos, nuestros hermanos en la fe.
El pan divino
Los discípulos caminan hacia Emaús, y Tú caminabas con ellos y no se dieron cuenta, hasta que te vieron partir el pan, Señor. Fue precisamente cuando hiciste este gesto de generosidad, de dar, que te reconocieron. (Lucas 24: 30-32)
Camina con nosotros siempre Señor, como lo hiciste con ellos. Como ellos te reconocieron al partir el pan y compartirlo, haz que te reconozcan a Ti en nosotros, al partir el pan con el hambriento.
Pero no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Y tenemos también que compartir el divino pan de Tu palabra con nuestros hermanos, para que ellos al recibir Tu luz, también te reconozcan en nosotros y sepan que eres Tú, a través de nosotros, el que les extiende sus brazos como lo hizo el padre al hijo pródigo. En el amor que les expresamos a nuestros hermanos, queda reflejado como en un espejo, Tu amor. Seamos espejos limpios y fieles, para que podamos reflejar el amor de Dios.
La Festividad de Cristo Rey
"Mi Rey y mi Dios" dice el Salmo 84. Señor, de todos los títulos que posees el más grandioso y bello es el de Rey. ¡Qué reverencia y adoración deberíamos mostrar siempre al acercarnos a Tu altar y recibir Tu cuerpo! Tú, el Rey del Universo, te das por entero en cuerpo y sangre a nosotros, pobres mortales que tan friamente te correspondemos la mayor parte de las veces.
¿Y comprendemos acaso la grandiosidad y el valor incalculable del regalo que recibimos en la comunión; así como del llamado tuyo a compartir contigo Tu Reino? Pues el recibirte en comunión implica no sólo que nos comprometemos a vivir de acuerdo a tu ejemplo, tratando de parecernos cada día más a Ti, sino que al final de nuestras vidas recibiremos la Corona de la Gloria tan mencionada por San Pablo, Corona que nos hace co-partícipes con Cristo Rey.
Gracias Señor, Dios del Universo, por compartir con nosotros, no sólo Tu corona de espinas, sino también la de Tu Gloria. Que la esperanza de recibir la corona de gloria que nos has prometido "cuando venga Tu Reino" nos inspire a tratar de ser mejores y a aceptar las cruces que quieras enviarnos para ayudarnos a alcanzarla.
La carga ligera
"Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas, porque mi yugo es fácil y ligera mi carga." (Mateo 11:28-30)
¡Cuántas veces nos sentimos recargados de penas, trabajos y responsabilidades, y dejamos escapar una protesta o al menos un leve reproche!
Si sólo nos diéramos cuenta de que los hermanos que nos precedieron en la fe a través de los siglos también sorportaron y superaron pruebas similares y hasta infinitamente mayores. A ellos les debemos el haber podido conocer a Cristo.
Esos hermanos confiaban en Dios, y El les proporcionó la gracia que les dió la fortaleza y el coraje para seguir adelante. Igualmente nos la dará a nosotros si se la pedimos.
Jesús claramente nos dice que El suplirá toda necesidad, si sólo decidimos seguirle a El. Sí, es difícil ser cristiano y mucho más ser profeta en este mundo que tan vertiginosamente se aleja de Dios; pero qué fácil es refugiarnos en los brazos de nuestro amante Padre Celestial por medio de la oración y allí renovar nuestras fuerzas. Entonces, llenos de Su Espíritu Santo podremos remontar el vuelo hacia las alturas y sentirnos capaces de continuar nuestro trabajo con nuevos bríos y hasta santa alegría.
Gracias Señor, por esa fuente inagotable de agua viva que has puesto en cada uno de nosotros, de donde brota el abundante torbellino de tu amor: ¡esa es la energía que nos mueve y nos fortalece!
"El día que clamé, me respondiste; me fortaleciste con vigor en mi alma." (Salmo 138:3)
"Amaos los unos a los otros como yo os he amado"
Cristo nos invita a través de este mandato, a amarnos los unos a los otros. ¿Pero comprendemos acaso hasta dónde debe llegar ese amor al prójimo? Para poder cumplirlo fielmente, primero tenemos que aprender a amar como nos ama Dios. El no pone condiciones a Su amor. En aquella parábola del hijo pródigo, la cual utilizó Cristo para ilustrar el amor del Padre Celestial, quedó bien demostrado que Dios ama al pecador y le espera siempre con los brazos abiertos. Igualmente ama a los enfermos, los ancianos, los incapacitados, etc., como lo probó Cristo al sanar milagrosamente a tantos.
Puesto que para ser imágenes fieles de nuestro modelo y salvador (Cristo) tenemos que parecernos a El, ¿podemos acaso nosotros poner condiciones al amor que les ofrecemos a nuestros semejantes?
Señor, tú amas incondicionalmente, dándolo todo muchas veces sin recibir a cambio a veces ni siquiera nuestro agradecimiento. Ayúdanos a amar desinteresadamente a nuestros semejantes; aún a aquellos que nos son dignos de ese amor en nuestros ojos; o a los que nos dan a cambio de nuestros esfuerzos sólo la indiferencia o el desprecio.
Recuérdanos siempre que todo lo que hagamos por nuestros hermanos lo estaremos haciendo por ti, y que ese amor que damos, que aparentemente no tiene frutos; algún día volverá a nosotros multiplicado ciento por uno.
La barca de Pedro
Nuestra amada Iglesia Católica, "la barca de Pedro", navega en un mar borrascoso de confusión y división. ¡Cuánto la estremecen esas gigantescas olas ocasionadas por los que traicionan a Cristo y a Su Iglesia, adoptando o promulgando falsas doctrinas! Tal parece como si de momento la barca quedara casi sumerjida por la furia de las tempestades que la sacuden. Cuán fácil es en momentos de tan grave crisis, caer en la tentación de dudar de aquellas palabras de Cristo: "que ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla" (Mateo 16: 18 )
Señor, ayúdanos a tener presente siempre que cuanto más arrecie la tempestad, tanto más cerca estarás de nosotros y de Tu Iglesia; según tu promesa, de no dejarnos huérfanos. Danos la visión sobrenatural de ver más allá de las tinieblas que nos rodean, hacia el horizonte de tu Segunda venida, con la seguridad de que según sigue el arcoiris a la lluvia, seguirá la paz a la guerra que se ha entablado en el mundo, entre el bien y el mal.
Haz que resuenen continuamente en nuestros oídos, Señor, las palabras de reproche que dirigiste a tus apóstoles, cuando a bordo del barco en cuya cubierta dormías, sintieron temor al ser sacudidos por las olas. Tú les dijiste que eran hombres de poca fe porque dudaban. Concédenos la gracia de recordar siempre que tú estás a bordo de "la barca de Pedro" – y que no permitirás que ésta, Tu Iglesia, se hunda ni se pierda uno solo de tus discípulos.
La parábola del fariseo y el publicano
Aquel fariseo de la parábola estaba lleno de orgullo y soberbia por sus supuestas virtudes, sus acciones y actos de devoción a Dios. Pero el mayor error que cometió el fariseo, no fue su falta de humildad, ni aún su soberbia; sino el creer que todo aquello que él ofrecía a Dios y hacía por su prójimo, debía forzosamente ganarle el cielo. ( Lucas 18: 9-14 ) O sea, que daba, no por amor a Dios, desinteresadamente y sin esperar nada a cambio; sino por egoísmo. Carecía de la pobreza de espíritu tan necesaria para llegar a la santidad, y en lugar de confiar y esperarlo todo de la misericordia divina; sucumbió a la tentación vanidosa de depender de sí mismo, más que de Dios.
¡Cuántas veces, como el fariseo, de veras, nos creemos que podemos "ganarnos" la vida eterna; o que Dios está obligado a acceder a nuestras peticiones, como "pago" a lo que hemos hecho por El! ¡Como si todo el bien que hacemos a los demás fuera motivado siempre, sólo por la mayor generosidad, desprendimiento propio, y pureza de intenciones!
Señor, ayúdanos a aprender del publicano, su franqueza y humildad en admitir sus propios errores y debilidades; confiando a la misma vez, en Tu misercordia y tu generosidad infinitas.
El amor de Dios
"Al tiempo en que estuvo en Jerusalén por la fiesta de la Pascua, creyeron muchos en su nombre viendo los milagros que hacía, pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie diese testimonio del hombre, pues El conocía lo que en el hombre había." (Juan 2:23-25)
Señor, tú sólo necesitabas posar tu mirada sobre los que se te acercaban, y ya sabías lo que había en sus corazones. ¡Cuánto dolor debe de haber llenado tu corazón al conocer a Judas Iscariote! Aun aquellos que decían amarte te traicionaron o te abandonaron.
¿Conociste quizás también a los que después fueron tus verdugos? ¿Viste acaso entre los rostros que te rodeaban y te aclamaban cuando hacías tus milagros, a los que después gritaron demandando tu muerte? ¿Cuántos de los que presenciaron tu divino poder, después te consideraron tan sólo un simple hombre al verte clavado en la cruz? ¡Y a pesar de todo Señor, callaste, y seguiste dándote a ellos, curándolos y amándolos. Quiziste así darnos Señor, el divino ejemplo vivo de amor al prójimo, sin limitaciones ni condiciones. Danos las gracias, Señor, para hacer los mismo con todos los que se crucen en nuestro camino, ya sean buenos o malos.
Las aguas que dan vida
"Bendito el varón que confía en Jehová, y cuya confianza es Jehová. Porque será como el árbol plantado junto a las aguas, que junto a la corriente echará sus raíces, y no verá cuando viene el calor, sino que su hoja estará verde; y en el año de sequía no se fatigará, ni dejará de dar fruto." (Jeremías 17:7-8)
En momentos de intenso dolor, en "el calor" del infierno terrenal de la tribulación, nos pides Señor que recordemos, que el río de Tu amor llega hasta nuestras raíces, hasta lo más profundo de nuestro ser, y sólo tenemos que plantarnos aún más firme en Ti, para que el árbol de nuestra vida siga creciendo cada vez más fuerte y más hermoso, con la ayuda del agua viva de Tu gracia.
En Ti confiamos, Señor, para que a pesar de las sequías morales y espirituales que atravesemos, ese árbol continúe dando frutos para Tu Reino, frutos que sólo veremos al llegar a la eternidad.
Gracias Señor, por poner rosas de conformidad, sobre nuestras dolorosas espinas…
La mejor ofrenda
María la pecadora, a quién tanto Cristo perdonó, mucho le amaba. Para demostrar su adoración y agradecimiento por su misericordia para con ella, María ungió la cabeza y los pies del Señor con el tesoro más preciado de su hogar en Betania: un perfume sumamente costoso. El Maestro, leyendo como sólo El puede hacerlo, el corazón de aquella mujer agradecida, silenciosamente dió su aprobación a aquel acto de adoración. (Marcos 14: 3-9)
Señor, cada vez que hacemos algo por alguno de nuestros hermanos o por nuestra iglesia derramamos sobre ti el pefume de la caridad. ¿Es este perfume el más costoso? Te damos nuestros mejores años de juventud o esperamos a estar en la vejez y cerca de la muerte para entregarnos por completo a Ti? En nuestras ofrendas, ¿damos solamente lo que nos sobra o como dió aquella viuda pobre en el templo, de lo poco que tenemos?
Señor, ayúdanos a recordar que cada una de nuestras acciones es un acto de adoración a Tu divina persona, presente en nuestros hermanos. Concédenos la gracia de la caridad perfecta para que sin pensar en lo que pueda costarnos, lo demos todo por amor a Ti.
"Tú no puedes prestarme ningún servicio, pero puedes acudir en ayuda del prójimo. Te he puesto a su lado para permitirte que hagas por él lo que no puedes hacer por Mí. Amale con desinterés, sin esperar de él ninguna recompensa o ventaja. Yo considero hecho a Mí lo que haces a él." Jesucristo a Sta. Catalina de Siena.
La lepra espiritual
En la antigua Israel los leprosos eran proscritos de la sociedad. La ley los obligaba a permanecer alejados de las demás personas y les llamaba impuros. Sin embargo, Jesús se compadeció de ellos y les sanó, no sólo física sino lo que es más importante aún: espiritualmente. Dice el evangelio de San Marcos (1:40): "Vino también a él un leproso a pedirle favor, e hincándose de rodillas le dijo; ‘Si tú quieres puedes curarme'. Jesús, compadeciéndose de él extendió la mano, y tocándolo le dice: ‘Quiero, sé curado'. Al instante desapareció de él la lepra y quedó curado."
Señor, el pecado es para el alma lo que la lepra para el cuerpo; nos aisla de nuestros hermanos haciéndonos impuros. Sin embargo, Tú amas lo mismo al pecador cuya alma ha sido deformada por el pecado, que al pobre leproso o a aquél niño nacido con una deformidad. Sana nuestras almas Señor, límpialas de todo pecado por insignificante que este sea, como hiciste con aquel leproso y con muchos más. Que podamos decir con San Pablo: "No soy yo quién vive sino Cristo el que vive en mí". (Gálatas 2:20). Nuestro cuerpo es el templo de Dios, mantengámosle inmaculado para que El pueda permanecer en nosotros para siempre. "Por cuanto somos hechura suya, criados en Jesucristo para obras buenas, preparadas por Dios para que nos ejercitemos en ellas." (Efesios 2:10)
La resurrección de Lázaro
"Estamos aguardando al Salvador Jesucristo, Señor Nuestro; el cual transformará nuestro vil cuerpo y lo hará conforme al suyo glorioso, con la misma virtud con que puede también sujetar a su imperio todas las cosas" (Filipenses 3:20-21)
Cuando este cuerpo corruptible desaparezca, al pasar por la puerta de la muerte, Cristo nos ha prometido otro aún más perfecto, transformado como el suyo en glorioso. ¡Cuánto nos ama el Señor! Nos ha creado y formado "desde el vientre materno", cada uno distinto del otro para así mantener nuestra individualidad. Continuando su labor de Creador, moldea cada rincón de nuestra alma. Pero aún después de la muerte, todavía nos promete no solo que nos devolverá el cuerpo terrenal que tuvimos en vida, sino que nos lo convertirá en un cuerpo glorioso como el suyo. Ese cuerpo glorioso, ya no tendrá defecto alguno, ni físico ni espiritual, pues aquellos que en esta vida no podían caminar, correrán alegremente en la otra. El nos hará a todos, como originalmente nos había creado en cuerpo y alma: el nuevo Adán y la nueva Eva; ¡sin mácula de pecado, enfermedad, o deformidad alguna!
La resurrección de Lázaro fué una prueba, de que el Señor no solo es capaz de devolver la vida, como Dueño y Señor que es de ella; sino que puede restitutir al cuerpo a su forma original, aún después de haber comenzado a sufrir este la corrupción de la muerte. Si así pudo hacerlo con Lázaro, mientras todavía no había "entrado en su Reino"; ¿qué no podrá hacer con nosotros, ahora que le ha sido otorgado "todo poder y toda gloria?"
Gracias, señor, de la vida, por formarnos, guiarnos y cuidarnos desde el vientre materno. Tanto nos has amado, que con tus amorosos cuidados prodigados a través de la vida terrenal y después de la muerte, nos llevas dulcemente de la mano hasta la vida eterna; para que no perdamos el camino durante tan larga y difícil jornada.
Señor, te pedimos que podamos aceptar cualquier imperfección física de nuestro cuerpo, por grande o penosa que pueda ser; con la esperanza de que algún día, en la próxima vida desaparecerá; cuando Tú nos des el nuevo cuerpo glorioso que nos has prometido. Ayúdanos también Señor, a recordar que la vida que nos espera después de la muerte, no solo es infinitamente más completa y feli, sino aún más importante, pues la compartiremos contigo por toda la eternidad. ¿Puede acaso existir mayor felicidad que esta?
Alegría en el sufrimiento
Los apóstoles habían sido azotados por los judíos, por hablar de Jesús y enseñar el Evangelio. Sin embargo, "se fueron contentos de la presencia del sanedrín porque habían sido dignos de padecer ultrajes por el nombre de Jesús" (Hechos de los Apóstoles 5:41)
"¡Qué locura!", dirán algunos. ¡Sentirse contentos y privilegiados por haber sido azotados! Y, ¡locura aún mayor a los ojos del mundo, dejarse matar por amor a Dios, como han hecho tantos mártires! ¿Es que los apostoles, los mártires, y todos los demás santos de Dios eran masoquistas, es decir, disfrutaban del dolor que se les inflijía? ¡Por supuesto que no! Aquella alegría que ellos sentían y siguen sintiendo hoy en día todos los cristianos, aún en medio del mayor sufrimiento físico o moral; proviene de Cristo; pues como El bien dijo "Vosotros os entristeceréis, pero vuestra tristeza se volverá en gozo… y se alegrará vuestro corazón, y nadie será capaz de quitaros vuestra alegría". (San Juan 16:20-22)
No es que el cristiano disfrute el sufrimiento, sino que se supera a él; y que lo acepta como acepta todo hijo bueno lo que venga de la mano del padre que sabe le ama profundamente y es incapaz de hacerle daño. Los cristianos de entonces, como los de ahora; nos sentimos honrados que El Señor nos encuentre dignos de sufrir por El; pues solo a un amigo íntimo, de cuyo amor se está muy seguro, se le pide semejante cosa. Jamás le pediríamos a alguien que no nos comprendiera y quisiera muy profundamente, que sufriera por nosotros y con nosotros una pena. Igualmente, Dios pide a sus amigos más íntimos, los mayores sacrificios.
Señor, que siempre recordemos que la entrega total es para siempre, en el dolor o en la alegría, para bien en esta tierra o en la próxima que nos espera; pues esta vida es solo como bien dijo Santa Teresa, "una mala noche, pasada en una mala posada". Conserva en nosotros viva la esperanza, Señor, de que al final de esa larga noche, más mala para unos que para otros; nos aguarda un maravilloso día eterno en tu compañía.
El día del Señor
"Para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día." (II Pedro 3:8)
Al volver a leer este mensaje de las Escrituras le ví un significado que no había visto antes, fue un regalo que me dió Jesús. ¡Tantos tesoros nos aguardan siempre en las Escrituras!
Para Dios un día de servicio a El, de arrepentimiento, es como mil años de fidelidad. ¿Acaso no nos dijo Jesús en la parábola de los trabajadores del viñedo (Mateo 20: 1-16 ), que los últimos que entraron a trabajar recibieron el mismo jornal que los que entraron primero?
Dios es bondadoso con nosotros. ¡No hay límites a la misericordia de Dios! El que pecara por mil años, si esto fuera posible, en un día, en un instante, Dios borra toda su culpa y le ofrece el cielo.
También este pasaje me hace pensar en cómo Dios actúa a su tiempo. A veces creemos que algo debe suceder de inmediato, nos desesperamos y perdemos un poco la esperanza. Dios tiene su propio plan, y todo sucede para su mayor honra y gloria. Y lo que nosotros en mil años no podríamos lograr, la misericordia y la bondad de Dios lo logran en un día. Jesús, mi Dios y Señor, que este pasaje nos sirva para tener paciencia al esperar por lo que oramos.
La vid y las ramas
"Yo soy la vid, y ustedes son las ramas. El que permanece unido a mí y yo unido a él, da mucho fruto; pues sin mí no pueden ustedes hacer nada." ( San Juan 15: 5-6 )
Señor, Autor de la Vida, sin Tí no hubiéramos llegado nunca a existir, y sin tu Divina Providencia que sostiene nuestra vida e infunde en nosotros tu aliento, no podríamos continuar viviendo. Eres tú quien da vida y aliento, pero eres tú también quien nos dá la vida del alma, la fuerza arrolladora que nos permite continuar luchando por Tu Reino, aún cuando estamos envueltos en las más negras tinieblas.
Bien lo dijiste, eres la vid: el árbol, y nosotros las ramas. Si echamos nuestras raíces a través de la oración a las orillas del río de tu gracia, de ella continuaremos recibiendo esa vida preciosa que comunicamos a nuestros hermanos por amor a tí. Si nos apartamos de tí, seremos como ramas muertas de un árbol que tarde o temprano caen.
Pero los sarmientos tienen que estar unidos, o no podrá llegar a crecer grande la planta, y los que servimos a Cristo también tenemos que estarlo para que juntas, nuestras acciones hagan posible la manifestación del amor de Dios en el mundo.
Gracias Señor, por darnos la vida en el instante mismo de nuestra concepción, y por renovarla y mantenerla física y espiritualmente, cada momento de nuestra existencia. Señor, que estemos dispuestos a ser tus sarmientos en todo momento, para que tu grandeza pueda manifestarse ante nuestros hermanos.
La parábola del hijo pródigo
"¡Cuántos trabajadores en la casa de mi padre tienen comida de sobra, y yo aquí me muero de hambre!" (Lucas 15: 11-24 ) , se dice a sí mismo el hijo que abandonó su hogar para satisfacer su ego y sus deseos carnales. Es un pensamiento egoísta lo que primeramente lo impulsa a desear volver a la casa de su padre, piensa en cuánto mejor estaba él allí, en lo que perdió, en las ventajas de volver.
Pero es el amor de su padre, quien lo recibe con los brazos abiertos, lo que le permite decir con sinceridad y arrepentimiento: "Padre mío, he pecado contra Dios y contra ti, ya no merezco llamarme tu hijo."
¡Qué dolor tan grande sintió ese padre al ver a su hijo perdido, el hijo por quien tantos sacrificios había hecho y que con tanto amor había cuidado y alimentado por largos años! ¡Qué dolor tan grande sentimos nosotros, Señor, cuando un hijo nos abandona para seguir el camino de la perdición! Y tú, Padre Eterno, que nos has creado para ti, que con tanto amor nos has cuidado y consolado por innumerables años, sin siquiera una palabra de agradecimiento por parte nuestra - cuánto mayor el dolor tuyo Señor, cuando tus hijos te abandonan a ti, su padre, su Dios, para correr tras otros dioses: el dinero, el placer, los vicios…
Y si el padre del hijo pródigo lo esperó con paciencia, amor y misercordia, ¡con cuánta más nos aguardas tú Señor a nosotros, cuando nos alejamos de ti!
Señor, cuantos de tus hijos volvería a ti, si como el hijo pródigo se dieran cuenta de lo mucho que han perdido. "Si los pillos conocieran las ventajas de ser buenos, serían buenos por pillería", dijo alguien. Señor: ábreles los ojos a nuestros hermanos cegados por el egoísmo, para que después, motivados por tu amor y tu misericordia, vuelvan a Ti.
Seamos agradecidos
Jesús cura a los diez leprosos, cuyos rosotros horriblemente desfigurados debido a la enfermedad, ahuyentaban a todos los que los contemplaban, por su fealdad. Jesús se acercó a ellos amorosamente, y con su poder divino hizo aquellos rostros hermosos de nuevo, curándolos. Sin embargo, de esos diez recipientes de la misericordia divina, sólo uno volvió a dar las gracias al hombre-Dios. ¡Qué ingratitud! (Lucas 17:11-19)
Señor, cuántas veces has sanado tú nuestras almas, perdonando los pecados que la afeaban y desfiguraban; poniendo tu amor, tu bondad y tu misericordia donde había ira, resentimiento o desesperación. Una y otra vez las cubriste con tu gracia y las elevaste recordándoles el inmenso honor de un incalculable valor, de ser hijo o hija tuya.
Y cuántas veces, quizás la mayoría, te dimos la espalda al no agradecerte lo que tan amorosamente hacías por nosotros. Ilumínanos y haznos concientes cada día de nuestras vidas, de las muchas gracias que recibimos de ti; haz que se graben eternamente en nuestra memoria los favores que de ti recibimos para que te demostremos nuestro agradecimiento, alabándote y amándote cada día más.
La confianza en Dios
"Porque así dice el Señor Yahvé, el santo de Israel: En la conversión y la quietud está vuestra salvación, y la quietud y la confianza serán vuestra fuerza." (Isaías 30:15)
¡Cuán ciertas y profundas estas palabras del profeta Isaías! Nuestra salvación consiste en una conversión continua del corazón o una metanoia cada dia; un arrepentirnos y volvernos hacia el Padre de nuevo. Es esa conversión la que nos trae la quietud o paz de espíritu de la cual nos habla Isaías.
Nuestra fortaleza está precisamente en la total confianza en Dios, pues solo cuando estemos dispuestos a seguirle sin poner obstáculos, con la confianza de un niño que está seguro del amor de su padre; podremos "mover montañas" y cambiar el mundo.
Señor, ayúdanos en cada momento de nuestras vidas a darnos cuenta de nuestros propios errores; y en lugar de deprimirnos al ver nuestra debilidad y pobreza, haz que nos volvamos hacia ti que todo lo puedes, para que de nuevo tu gracia nos purifique y nos convierta en lo que debemos ser.
Haz que tengamos tal confianza en ti que estemos dispuestos a seguirte aún hasta el borde del precipicio, sabiendo que tú nos amas y permitirás que suceda sólo lo que sea para nuestra edificación y purificación.
Morir a nosotros mismos
"Entonces dijo Jesús a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y cargue con su cruz y sígame." (Mateo 16:24) Pocos cristianos comprendemos lo que realmente implica este mandato del Señor. No es fácil negarse a uno mismo, morir al egoísmo, la propia voluntad, y aún aquello que de acuerdo con la justicia legítimamente nos pertenece. Por ejemplo, la admiración, la consideración o el agradecimiento del mundo, o hasta de nuestros propios hermanos; cosas todas a las cuales muchas veces nos cuesta renunciar, precisamente porque creemos ser merecedoras de ellas y quizás de veras lo seamos. Sin embargo, ese anhelo de recibirlas solo indica, que no hemos muerto a nosotros mismos por completo, que todavía no podemos decir con San Pablo: "Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, es Cristo quién vive en mi." (Gálatas 2:19-20)
Señor, ayúdanos a vaciarnos por completo de nosotros mismos, para que Tú puedas llenarnos. Haz que podamos ofrecerte con alegría cada honor merecido, cada palabra de aliento o comprensión que no recibamos; para que renunciando a tales cosas por mucho que las merezcamos, podamos llenarnos más de Tí.
La palabra de Dios
"La palabra de Dios enviada a la tierra, nunca vuelve vacía, sino que hace lo que Dios quería de ella." (Isaías 55:11)
La palabra de Dios es la fuente que "brota hasta la vida eterna", el gozo del cual Jesús habló a la Samaritana, donde se puede sacar agua una y otra vez, sin temor a secarlo. Es un tesoro enterrado, y quién lo encuentra está dispuesto a darlo todo , por tal de poseerlo – un tesoro que Dios nos va descubriendo día a día, según leemos su palabra y la meditamos. ¡Cuántas riquezas espirituales provienen de oir y leer la palabra de Dios, guardándola en nuestros corazones como hizo María!
Señor, haznos tierra fértil, para que la palabra que has sembrado en nosotros y que día a día riegas con Tu gracia; no vuelva a Ti vacía, sino que lleve con ella abundantes frutos.
La corona de espinas
"Y los soldados trenzaron una corona de espinas y se la pusieron sobre la cabeza, y le vistieron un manto de púrpura. Y se arrimaban a él y decían: Salve, oh rey de los judíos" (San Juan 19:2-3)
Pusieron Señor, una corona de espinas sobre tu cabeza, y se burlaban de ti, llamándote "Rey de los Judíos", creyendo que con eso te humillaban. Cuán lejos estaban de saber, que aquella corona de espinas era la que mejor te venía, pues tú no viniste al mundo para ser un rey poderoso y rico, sino el rey de los que sufren, de los pobres, de los desvalidos. Esa, tu corona de espinas es tu gloria Señor, pues según dijera Isaías de ti, eres "hombre de dolores y que sabe lo que es padecer." (Isaías 53:3)
Oh Señor, pobre de los que aún hoy todavía no han comprendido el verdadero significado de aquella corona de espinas tuya, ni de la que Dios envía a sus hijos para que según su voluntad, puedan "tomar parte en sus sufrimientos" (Filipenses 3: 10), y completar en su "propio cuerpo, lo que falta de los sufrimientos de Cristo por su iglesia, que es su cuerpo." (Colosenses 1: 24 )
Señor, danos la gracia de poder aceptar nuestra propia corona de espinas con amor y alegría, cuando te dignes enviarla, para que algún día nos la puedas cambiar por una de gloria.
"¡Oh hijo del padre eterno Jesucristo, Señor Nuestro, Rey verdadero de todo y todos! ¿Qué dejasteis en el mundo, que pudiéramos heredar de Vos vuestros descendientes? ¿Qué padecísteis Jesús mío sino trabajos, dolores y deshonras y así no tuvísteis sino un madero en que pasar el trabajoso trago de la muerte? En fin Dios mío, que los que quisiéramos ser vuestros hijos verdaderos y no renunciar a la herencia, no nos conviene huir del padecer; vuestras armas son cinco llagas… esta ha de ser nuestra divisa si hemos de heredar tu reino, no con descansos, no con regalos, no con honras, no con riquezas se ha de ganar lo que El compró con tanta sangre." Santa Teresa de Jesús.
La resurrección del Señor
Después de los sufrimientos y la muerte, vino para Cristo la gloria eterna: la resurrección de aquel que es Señor de la vida, y por consiguiente no pudo ser vencido por la muerte. Para nosotros los que le amamos, la resurrección tiene diversos sentidos, a cual más profundo y lleno de gozo. Pero antes de la resurrección final y triunfante, antes de la muerte terrenal; en nuestras vidas ocurren muchas otras resurrecciones. La resurrección es el triunfo para cada cristiano, el volverse como el hijo pródigo a la casa del padre. Para el cristiano, cuya vida debe ser una serie de conversiones, es un volverse otra vez a la casa del Padre después de haberle ofendido, de haber dudado, de haber sido indiferente. Cada nueva conversión es una "pequeña resurrección", un nuevo resucitar a la vida de la gracia y un preludio a la gloriosa y triunfante resurrección final.
Gracias, Señor de la vida, por esperarnos cada día con los brazos abiertos. Tú eres nuestro Padre Celestial, y nosotros somos unas veces tu hijo pródigo y otras tu hijo fiel que siente celos de tu misericordia para con el pródigo. Y tú, en tu inmensa sabiduría, nos envias tus bendiciones para ablandar nuestro corazón y llevarnos a la vida de la gracia de nuevo. Por cada una de esas resurrecciones, (a veces diarias), y por nuestra resurrección final, la cual todavía esperamos; te damos gracias, y te glorificamos.
¡Aleluya, Cristo resucitó!
La fragilidad humana
Después de resucitado, Cristo aparece por tercera vez ante sus discípulos, en el milagro ocurrido a orillas del lago de Tiberias, en el cual, a pesar de haber pasado toda la noche pescando sin resultado, al fin siguiendo las instrucciones del Señor, los apóstoles ven llenarse de peces su red. (Juan 21: 1-7 ) ¡Qué enseñanza tan grande de que sin El nada podemos!
Jesús entonces se sienta junto a sus discípulos, y le pregunta a Pedro tres veces: "Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?" (San Juan 21: 15 ) Jesús dice Simón y no Pedro, y este al recordar su caída, debida a su orgullosa afirmación: "Aunque todos pierdan su fe en ti, yo no la perderé" (Mateo 26: 33); baja la cabeza humildemente con gran tristeza, contemplando su propia fragilidad humana y su antiguo orgullo. Aquella humildad, y el reconocer a Jesús como su Dios (porque sólo Dios lo sabe todo), llevó después a Simón a ser Pedro de nuevo, la roca sobre la que Cristo erigió su iglesia.
Señor, tú permitiste que Pedro cayera en la tentación, negándote tres veces; y como tú utilizas el mal, sacando de él bien para los que te aman; a través de esa caída le enseñaste que sin humildad no te podía seguir o servir.
Ayúdanos a aprender de nuestras propias caídas en las tentaciones pequeñas de cada día, igual que de las grandes; haciéndonos comprender que nosotros, al igual que Pedro, somos débiles y pobres criaturas que sin la ayuda de tu gracia volveríamos a ser lo que éramos antes de conocerte.
El está siempre contigo
El niño Jesús se ha perdido – 3 días buscándole y no aparece… ¡qué dolor tan grande tiene que haber llenado el corazón de María! Ella sabía que este era el Hijo de Dios, que el demonio quería matarle, aún desde antes de nacer. Por esto le dice al encontrarlo, al tercer día "Hijo, por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados". (Lucas 2:40)
Pero, ¿María, recriminándole al Dios niño? Pensé al leer este pasaje. Y entonces me di cuenta, de que Dios aún aquello lo había planeado así, para que en momentos difíciles de nuestras vidas, en instantes de tinieblas, dudas y tristezas, también pudiéramos decir con María, ¿Señor, por qué nos tratas así? Mira que te he buscado tan angustiada… y El, de nuevo nos responde, ¿por qué me buscabas? ¿No sabías que yo debía estar en la casa de mi padre? En otras palabras, aquí he estado, a tu lado, pues la casa del padre es el mundo entero. Estoy en la brisa que te acaricia, en la canción de los pájaros, en el sol que calienta tu cuerpo y en el ave que sube volando a las alturas…
Gracias Señor, porque todo está previsto por tu Sabiduría Divina, aún lo malo que nos ocurre nos acerca más a ti, y nada puede separarnos de Tu Amor.
La pobreza espiritual
"Bienaventurados los que tienen espíritu de pobres porque de ellos es el reino de los cielos" ( Mateo 5: 3) dijo Jesús. ¿Pero que significa tener espíritu de pobre o ser pobre de espíritu? ¿Quiso decir acaso Jesús, que los que se conforman con poco y ponen los valores del espíritu por encima de los valores materiales son los pobres de espíritu? Sí, pero no solo esto, sino mucho más.
Pobres de espíritu son aquellos que habiendo escogido el camino de la santidad, no miran hacia atrás cuando el Señor los llama, como hizo aquel hombre que quiso despedirse de sus seres queridos antes de seguir a Jesús.
Pobres de espíritu son los que no les interesa la gloria o la aprobación de los hombres, sino sólo la de Dios.
Pobres de espíritu son los que a veces por mandato divino se privan de la compañía y el cariño de sus seres queridos, para hacer la labor que Dios les encomendó; como han hecho y siguen haciendo tantos sacerdotes santos, religiosas y misioneros.
Pobres de espíritu son los que aceptan con alegría las incomprensiones o injusticias que reciban aunque estas provengan de seres queridos y por esto sean más dolorosas.
Pobres de espíritu son los que permanecen en las tinieblas y pudiendo buscar el apoyo o la comprensión de los humanos, buscan solo el de Dios y por amor a El sufren silenciosamente en secreto.
Pobres de espíritu son los que solo buscan para sí la voluntad de Dios, porque se han despojado de toda ambición y solo les queda el anhelo de que en ellos se lleve a cabo plenamente dicha voluntad, sea cual sea.
Pobres de espíritu son los que habiendo muerto por completo a sí mismos, como la semilla que cae a la tierra, producen abundantes frutos en la viña del Señor.
Señor, haznos pobres de espíritu. Ayúdanos a renunciar a todo lo que pueda alejarnos de ti, y a depender sólo de Tu amor, pues como bien dijo Teresa de Avila en su poema: "Sólo Dios basta".
El velo
"Al momento el velo del templo se rasgó en dos partes, de arriba a abajo" nos dice Mateo (27:51). Aquel velo ocultaba lo más sagrado del templo de los ojos de los fieles. Sólo los rabinos podían entrar allí, y aún así, sólo ciertas veces al año.
Sin embargo, la muerte de Cristo y después la resurrección, rasgó aquel velo que separaba a Dios de los hombres. Ya el hombre no adora a Dios desde lejos con temor a acercarse; sino que le recibe en la sagrada eucaristía, en lo más profundo de sus entrañas y de su corazón.
¡Cuánto amó Dios al hombre, que para poder estar mucho más cerca de su corazón, bien adentro de él, mandó a su hijo unigénito a morir en una cruz y a quedarse con nosotros en la Eucaristía!
¡Gracias, Gran Señor, por no haberte quedado detrás del velo, que nosotros mismos, con nuestra desobediencia habíamos construído!
La confesión
San Pablo Apóstol nos dice en I Corintios 3:16: "¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios mora en vosotros?"
Cuando vamos a recibir a un huésped importante en nuestro hogar nos apresuramos a prepararle el mejor lugar, un lugar del cual no tengamos que sentirnos abochornados. Nos esforzamos porque ese lugar esté en orden, limpio y listo para recibirle. No nos atreveríamos a alojar a alguien en un cuarto sucio o desordenado. Sin embargo, ¡cuántas veces acudimos a recibir la Santa Comunión, el cuerpo de Cristo, teniendo en nuestra alma las manchas del pecado!
Preguntémonos diaramente a nosotros mismos, especialmente antes de recibir la Santa Comunión: ¿está mi templo listo para recibir a tan ilustre visitante? Y cuando le recibimos, ¿lo hacemos con verdadero gozo, agradecidos por ese singular privilegio? ¿Acaso no se sentiría grandemente ofendido un huésped que fuera recibido con indiferencia?
Alojamos a Dios en nuestro corazón, que quizás se halle lleno de envidias, ira o soberbia, y tratamos al Divino Huésped peor que al más indigno visitante. ¡Cuán importante es frecuentar el Sacramento de la Confesión!
Antes de recibir al Señor Jesús en nuestra alma, aseemos ese templo con una buena confesión, y pidamos la gracia del remordimiento, de darnos cuenta cuando caemos en un pecado, por muy venial que éste sea. Así El podrá sentirse a gusto dentro de nosotros, Su Templo.
¡Oh, Dulce Huésped del alma, danos las gracias para comprender mejor la importancia de la confesión, y agradecerle con todo el corazón al Dios Creador de todo lo visible y lo invisible, el venir a morar en nosotros, Su Templo, a través de la Santa Eucaristía!
"Tengo sed"
Jesus acude a la Samaritana y le dice: "Dame de beber" (Juan 3:8). Aquella sed del que es la fuente de agua viva, era una sed del amor de sus criaturas. Dios, que es amor, tiene sed de que le amemos y deseemos su compañía más que a nada en el mundo. San Agustín dijo: "Dios tiene sed de que estemos sedientos de El."
Señor, le dijiste a la Samaritana: "Si tú conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: dame de beber; puede ser que tú le hubieras pedido a a El y El te hubiera dado agua viva". Tú pones el deseo de amarte en nuestro corazón Señor, y a la misma vez lo satisfaces en el alma que se entrega por completo a Ti.
De nuevo Jesús dice desde la cruz: "Tengo sed". Aquella tampoco era una sed simplemente humana, sino de amor y justicia. ¡Dios mío, tenías sed y te dimos a beber vinagre mientras sangrabas y morías por nosotros en la cruz! Cuantas veces desde entonces has anhelado saciar tu sed con nuestras oraciones, sacrificios y buenas obras, purebas de nuestro amor, las cuales te glorifican; y como respuesta te damos a beber el vinagre de nuestro egoísmo o lo que es peor nuestra indiferencia… ("Si no eres ni frio ni caliente te vomitaré de mi boca"-Apocalipsis 3:16.)
Señor, Tú eres la fuente de la cual bebemos y saciamos nuestra propia sed cada momento de nuestras vidas… fuente que "brota hasta la vida eterna." Tomamos como el viajero sediento y cansado, y seguimos nuestro peregrinar; y al encontrarte de nuevo en el camino de la vida, presente en nuestros hermanos que sufren hambre, frío, soledad, dolor físico o moral; no te reconocemos y te damos la espalda de nuevo sin calmar tu sed.
Señor, enséñanos a amarte como lo hizo Santa Teresita de Lisieux, en cuyo corazón tus palabras encendieron una hoguera de amor. Dijo la Santa del "pequeño camino de la salvación": "Las palabras del Jesús moribundo en la cruz ‘Tengo sed', continuamente resuenan en mis oídos y conmueven mi corazón… le daré de beber a mi Dios amado".
Respondamos al llamado del Señor… y el calmará para siempre nuestra propia sed. "Ya no tendrán hambre ni sed… porque el Cordero será su Pastor, y los llevará a fuentes de aguas vivas". (Apocalipsis 7:16). "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al sediento le daré de beber gratuitamente de la fuente del agua de la vida". (Apocalipsis 21:6)
¿Niegas a Cristo?
Durante la última cena Jesus anuncia su próxima muerte y la traición de uno de sus apóstoles. Todos estos individualmente niegan que sean capaces de tal traición. Pedro le dice a Jesús que aunque todos lo nieguen, él no lo hará. (Marcos 14:29). El Señor recordándole a este que al igual que todos los humanos, está sujeto a las tentaciones de la carne; le predice que le negará tres veces antes de que cante el gallo.
Señor, es muy fácil hacer alarde de nuestra fidelidad a ti en momentos en que nos sentimos bañados en y purificados por tu gracia. O cuando la euforia y la alegría que nos llenan en tu presencia nos incitan a decir como Pedro: "Yo no Señor, yo sí que no te negaré." Sin embargo, cuantas veces te hemos negado sin darnos cuenta, y acaso porque no tuvimos como Pedro la señal dada por ti, no lo supimos.
No se niega a Cristo simplemente con las palabras, sino también con las acciones. ¿Cuantas veces, lejos de actuar con generosidad, compasión o caridad cristiana escojemos el camino opuesto, el que nos aleja de Dios, el del egoísmo, la ira o la intransigencia?
Cada vez que ponemos los bienes materiales, el propio interés, o el alabo de los hombres por encima de Dios, estamos negando a Cristo. Cada vez que le damos la espalda a un hermano que necesita de algo que quizás sólo nosotros podemos proveer; negamos a Cristo. Al no perdonar una ofensa recibida, o pensar mal de nuestros hermanos, negamos a Cristo.
¿Cuándo Señor nos daremos cuenta, de que solo después de haber demostrado fidelidad en las cosas pequeñas podrás confiarnos las grandes? ¿Cuando comprenderemos que con nuestras propias acciones te negamos, te condenamos y te crucificamos de nuevo cada día?
"La fidelidad a Cristo se vive sin el estímulo de las trompetas. En el diario vivir cada acción puede ser un paso adelante hacia Cristo, o bien una negación de Jesús y una traición" (Biblia Latinoamericana).
El camino de la perfección
Jesús nos llama a ser "perfectos, como vuestro Padre Celestial". ¿Quiere esto decir que no debemos de tener absolutamente ninguna falta de carácter, o jamás caer ni siquiera en un pecado venial? Somos débiles debido a nuestra naturaleza humana, la cual por el pecado original tiene la tendencia a la imperfección. ¿Acaso Jesús nos está pidiendo un imposible?
Pienso que en realidad la perfección de la cual habla Jesús, se refiere a la práctica de la fe, la esperanza y la caridad. Pero de estas tres, como bien dijo San Pablo, la más valiosa es la caridad; o sea, el amor. San Agustín dijo: "Ama y haz lo que quieras". O sea, si nuestra motivación es el amor, nuestras acciones serán de acuerdo a la voluntad de Dios. Creo que esta es la perfección de la cual nos habla Jesús.
Señor Jesús, enséñanos a amar. Que tu amor infinito e incondicional por todos nosotros, tanto los justos como los pecadores, nos inspire a imitarte.
Las lágrimas de Cristo
Juan, el discípulo amado, cuenta en su epístola que Jesús lloró al conocer la muerte de Lázaro y ver el dolor de los que le amaban. (Juan 11:35) Ante aquella demostración de compasión por parte de Jesús, la respuesta de algunos de los presentes fue una crítica: " Este que dio la vista al ciego, ¿no podría haber hecho algo para que Lázaro no muriera?" (Juan 11:37) Sin embargo, Jesús en su misericordia, levantó a Lázaro de la tumba y le devolvió la vida terrenal, como nos devuelve a nosotros la vida de la gracia, después de haber estado espiritualmente muertos por el pecado.
Unos días antes de morir, Jesús llora de nuevo: "Cuando llegó cerca de Jerusalén, al ver la ciudad, Jesús lloró por ella..." (Lucas 19:41)
¡Señor, qué inmenso amor nos tienes! En un momento en que pronto habrás de enfrentarte a la más cruel, inhumana e injusta de todas las muertes, derramas tus lágrimas no solo por Lázaro, sino quizás también por los que no te conocen y viven al margen de tu amor y tu misericordia. Haz que imitemos tu desprendimiento; que muramos a nosotros mismos, para vivir sólo para ti y para nuestros hermanos. Que las lágrimas que derramaste por Lázaro nos enseñen a tener compasión de los que sufren penas físicas o morales; y que aquellas que derramaste por Jerusalén, nos inspiren a compadecernos de los pecadores y nos muevan a rezar por su conversión.
El sufrimiento de Jesús en Getsemaní
Aquella noche, en el Jardín de Getsemaní, nuestro Señor Jesucristo sufrió lo indecible en lo más hondo de su corazón. Sabía que aún habría de sufrir mucho más en la cruz, para poder redimirnos.
Sin embargo, quizás lo más doloroso para Jesús fuera el ver a través de su divino poder, cómo aún sus propios discípulos lo negarían y abandonarían. Y quizás vislumbró también cómo, a través de los siglos, lo ofenderían tantos de aquellos por los cuales había de morir. ¡Cuánto deben de haberle dolido al Señor todas esas infidelidades!
Señor, tú que con una sola palabra podrías haberte librado de aquel intenso sufrimiento que te esperaba en la cruz, te hiciste débil como nosotros para que cuando sintamos los azotes de la soledad, el dolor o la angustia; podamos imitarte. Ayúdanos a recordar siempre, que después de aquellas palabras de angustia : "Padre, si quieres, líbrame de este trago amargo...", vinieron otras de aceptación a la voluntad del Padre. Haz que en medio de nuestro propio Getsemaní, podamos hacer lo mismo y decir como tú: "Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya". (Lucas 22: 42)
En Jesús confiemos
Cuando Jesús y sus discípulos se encontraban en una barca en el lago camino de Gerasa, "se desató una fuerte tormenta sobre el lago, y la barca empezó a llenarse de agua y corrían peligro de hundirse. Entonces fueron a despertar a Jesús diciéndole : ‘¡Maestro!¡Maestro! ¡Nos estamos hundiendo!' " (San Lucas 8: 22-25) San Mateo afirma que "la tormenta era tan fuerte que las olas cubrían la barca." San Marcos nos dice que la barca "se llenaba de agua", e inclusive los discípulos regañaron a Jesús diciéndole: "¡Maestro! ¿No te importa que nos estemos hundiendo?" (San Marcos 4: 37-38) Está claro que existía un peligro real, y como bien dijo Jesús, los discípulos tenían mucho miedo (San Marcos 4:40), un miedo que estaba justificado.
Sin embargo, cuando Jesús recriminó a sus discípulos por su falta de fe (San Mateo 8:26, San Marcos 4:40), quería enseñarles una importante lección; una lección que después reafirmó cuando caminó sobre las aguas y le pidió a Pedro que también lo hiciera. El quería que aprendieran que cuando quitamos nuestros ojos de él es cuando nos hundimos como le pasó a Pedro, no solo con respecto a la dirección que toma nuestra vida, sino también en lo que concierne al pecado.
San Pablo nos dice : "Y la vida que ahora vivo en el cuerpo, la vivo por mi fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a la muerte por mí. No quiero rechazar la bondad de Dios..." (Gálatas 2: 20-21) Sabemos que Dios nos ama hasta el delirio, pues entregó a las torturas y a la muerte a su único hijo tan amado, para poder salvarnos. Sabemos también que su amado hijo Jesús vive en nosotros. ¿Cómo podemos dudar ni siquiera un instante, de que Dios quiere darnos todo lo que sea para nuestra salvación? Si dudamos de que Dios nos ama y pensamos que nos ha abandonado en momentos de temor o dolor, estamos rechazando "la bondad de Dios".
Señor, fortalece nuestra fe hasta el punto de que podamos "caminar" sobre las aguas de la angustia, el temor y el dolor fisico y espiritual sin hundirnos, confiando solamente en tu amor y tu bondad infinita. Recordemos las palabras que le dijiste a tu gran profeta Isaías: "Pero ahora, Israel, pueblo de Jacob, el Señor que te creó te dice : ‘No temas, que yo te he libertado; yo te llamé por tu nombre, tú eres mío. Si tienes que pasar por el agua, yo estaré contigo, si tienes que cruzar ríos, no te ahogarás; si tienes que pasar por el fuego, no te quemarás, las llamas no arderán en ti. Pues yo soy tu Señor, tu salvador, el Dios santo de Israel. Yo te he adquirido...porque te aprecio, eres de gran valor y yo te amo.' " (Isaías 43: 1-4)
Jesús y Zaqueo
Lucas 19 (1-9) nos narra el encuentro de Jesús con Zaqueo, un hombre rico que era el jefe de los cobradores de impuestos. Personajes como él eran considerados traidores por los judíos, pues eran empleados de los romanos que oprimían al pueblo judío. Inclusive estafaban a su propio pueblo con respecto al cobro de los impuestos. Sin embargo, a Zaqueo no le importó lo que pensaran los demás de él y subió a un árbol (ya que era de muy corta estatura), para poder ver a Jesús.
En este pasaje bíblico tenemos otro ejemplo dado por Jesús en su propia persona, sobre cómo aguarda Dios al hijo pródigo que se ha arrepentido y sale a su encuentro. No sabemos si Zaqueo se había arrepentido ya de sus pecados, la Biblia solo nos dice que quería conocer a Jesús. Sin embargo, Jesús, que puede ver el corazón de los hombres, probablemente vió en el de Zaqueo un deseo de acercarse a Dios y hasta una intención de arrepentirse y cambiar su vida. Quizás es por esto que Jesús se fija en Zaqueo, lo reconoce y lo llama de entre aquella inmensa multitud, para darle la buena nueva de que cenará con él.
La alegría de Zaqueo fue tan inmensa al conocer el amor de Jesús, quien aunque está siendo criticado por haberse quedado "en la casa de un pecador" permanece al lado de Zaqueo, que promete darles la mitad de todos sus bienes a los pobres. Afirma que si le ha robado a alguien, le devolverá cuatro veces más. Zaqueo ha encontrado "la perla de gran precio", y para poseerla, está dispuesto a renunciar a sus bienes materiales.
Señor Jesús, danos siempre el discernimiento espiritual para reconocer que el tesoro más grande que podamos recibir, es tu presencia en la Sagrada Eucaristía. A través de ella Tú vienes a morar en nosotros, de una manera tan real como cuando fuiste a cenar a casa de Zaqueo.