¡CRISTO
HA RESUCITADO!
¡EN
VERDAD HA RESUCITADO!
Queridos
todos en el Señor:
Es
a través de lágrimas de tristeza radiante y luminosa que los abrazo a todos,
hermanos y hermanas en Cristo, como mis hijos e hijas espirituales en
dirección; y en este abrazo espiritual encuentro el consuelo, al hacer duelo
todos en la ocasión del tránsito a la Jerusalén Celestial, de nuestro
amadísimo Santo Padre, Juan Pablo Magno. Vuelven a mi corazón y memoria los
recuerdos de el día en que lo conocí en Roma, a penas un año y medio después
del atentado contra su vida, el 13 de mayo de 1981, tres días antes de mi
ordenación sacerdotal. Todavía
siento el calor de su mano amiga, estrechando la mía, todo el tiempo en que me
habló. Todavía siento la
penetrante mirada de sus ojos azules y serenos, pero muy intensos. En esa mirada me sentí conocido,
aceptado, retado, amado y protegido por este misterioso
hombre.
Los
años que han pasado desde ese encuentro me han convencido que este hombre
fuerte y amante, este titán de la verdad y la razón, este guardián de la
Alianza y protector de sus hijos, encarnó la esencia y energía de la
paternidad. Él recorrió
incasablemente la faz del mundo, reuniendo a sus hijos e hijas alrededor de la
Mesa del Señor. Él se mantuvo
firme y erguido a la puerta del rebaño, combatiendo contra los lobos que
repetidamente quieren devorar a los hijos e hijas de la Iglesia; con estos, no
tuvo tregua. Fue un hombre lleno
de amor profundo por la paz y la justicia. Tenía una voluntad de acero, y un
corazón tierno y compasivo. Nos
enseño a mantenernos en pie por todo lo que es justo y bueno, tanto como
inclinarnos en humildad, para ganar la reconciliación de aquellos que están
distanciados por el pecado y las heridas.
Al
orar en esta noche por el alma de tan gran hombre, regresa a mi corazón y
mente, una y otra vez, el texto bíblico que el Señor me dio no hace tanto, y
que ha definido estos últimos tiempos de mi vida, San Juan 14: 8. Cada vez que aparece este texto en mi
oración, desata una nueva afluencia de lágrimas. En este texto, escuchamos a Felipe dar
voz a lo que creo es el clamor de toda la humanidad, desde la ruptura de aquel
primer pecado. Felipe le dice a
Jesús: “Señor, muéstranos al Padre, y eso nos basta.” Son muchas las noches que he hecho
mías las palabras de Felipe. La
respuesta siempre viene, segura e incambiable: “Omar, ¿tanto tiempo he estado
contigo, y no me conoces? ¿No
crees tú que yo estoy en el Padre, y el Padre en
Mí?
En
esta noche triste y luminosa a la vez, se conjugan las percepciones y
sentimientos en forma complementaria y unitiva. Es Jesús el que me dice: “Yo les he
revelado al Padre, y continúo revelándolo a través de esos hombres que me
sirven en constancia y en amor.”
Juan Pablo Magno configuró su vida a Aquel que es la Vida misma. Nuestro Santo Padre se convirtió en un
icono viviente del Cristo en nuestros tiempos. Él fue sacerdote, vigilante,
protector, buen pastor y víctima.
En su paternal oblación de amor, el mundo entero ha sentido la
presencia del Padre. Habiendo
vivido en profunda unión con el Hijo, ha podido manifestarnos al Padre en
nuestros días tumultuosos y confusos.
Juan
Pablo Magno, nuestro querido padre, nos ha enseñado a vivir en grande. Nos ha enseñado a pensar, a actuar, a
vivir y a morir en Cristo.
Nuestro querido papá nos ha enseñado a sufrir en limpio,
retentivamente. Sí, digo
retentivamente, porque hasta que estemos en el cielo, el verdadero amor
implica dolor, pues es una entrega al Amado, que se entregó por nosotros a su
dolorosa pasión y muerte. Es así,
entregándonos a Dios y a los hermanos, que se da muerte al hombre viejo. ¿Quién, como Juan Pablo Magno, ha dado
testimonio en nuestros tiempos de tal amor? Como su Señor no se avergonzó de
sufrir por amor públicamente en el Calvario, así nuestro querido Papa sufrió
frente al mundo. En esto se
manifiesta su gran amor, en que, como Jesús se desvivió por
todos.
Como
sucede al contemplar alguna obra maestra de un gran pintor, hace falta algo de
distancia entre el contemplativo y la obra. Prodigiosamente, esta ocasión triste
del tránsito de nuestro querido papá, me provee esa distancia, y en la oración
surgen matices y contornos de la vida de este gigante del amor que se
complementan para que este miope pecador pueda percibir, más con el corazón
que con el intelecto, la maravillosa obra de Dios en la vida de Juan Pablo
Magno.
Sabemos
que Cristo nos dijo que no nos dejaría huérfanos (San
Juan 14: 18). Hoy, también, exhala su aliento vital,
su Espíritu, sobre los suyos. Por
Cristo, con Él y en Él, el Padre Eterno pone su aliento en nosotros, que hemos
muerto en Cristo por el Bautismo, y nos hace nueva creación en la
Resurrección. Oh, hermanos y hermanas, ¿qué amor es éste? ¡Sólo nuestro Dios asombra al mundo entero, y a la
historia, con un amor tan tenaz, que entrega al Hijo Santísimo al sufrimiento
y la muerta, para, no sólo rescatar a los pecadores rebeldes, sino adoptarlos
y darles la herencia de la vida eterna.
Nuestro amado padre, Juan Pablo Magno, bien conoce a ese Padre, a quien
ha reflejado para nuestro consuelo.
Por
eso, queridos hermanos y hermanas, con gozo incontenible, levantemos nuestra
acción de gracias al Padre de las luminarias celestiales, por habernos
iluminado con el amor e intelecto de ese padre bueno, a quien ahora
encomendamos a su Señor, y a la Madre de Dios, de quien Juan Pablo fue también
hijo fiel, declarándose desde el principio de su pontificado, todo
suyo.
Que
la memoria de nuestro querido, papá, el Papa Juan Pablo II, sea eterna en el
corazón del Padre Eterno, en el Sacratísimo Corazón de Jesús, en el Inmaculado
Corazón de María, en el corazón de la Iglesia, y en nuestros pobres corazones,
ahora tristes por la separación breve de nuestro buen padre, pero llenos de
gozo por su llegada al cielo.
Abracémonos
en esta radiante tristeza. Sostengámonos mutuamente en la
caridad. Les envío, humildemente,
mi bendición, como sacerdote de Cristo, ministerio que no merezco
ejercer. Les pido a todos que
oren por mí y me bendigan también, pues no soy más que un miserable pecador
que confía en la Divina Misericordia de Jesús, y en la caridad de sus
oraciones. Vayamos a nuestra
Mater et Magistra, para que nos recoja en el refugio de
su Corazón inmaculado. Desde
allí, ya vemos a Juan Pablo Magno, llevado de la mano de su Madre, y escoltado
por los ángeles, a su merecido lugar con los santos y elegidos de Dios. Oremos para que la Iglesia pronto lleve
a los altares a nuestro queridísimo padre.
Los
amo a todos en Cristo, nuestra única
Esperanza.
Padre
Omar Ángel Huesca, un pecador.
Párroco de la Iglesia Católica de San Roberto Belarmino
Miami, Florida, USA
Escrito el 3 de abril, 2005, Domingo
de la Divina Misericordia.
