
Las manifestaciones de simpatía expresadas con motivo del fallecimiento de Su Santidad Juan Pablo II no tienen precedente en la historia. Si bien estoy muy lejos de Argentina, quisiera hacer compartir un recuerdo que guardo en mi corazón con relación al difunto Papa, y algunas reflexiones sobre su largo pontificado.
Mi primer contacto con Juan Pablo II remonta a 1980, antes de su atentado. El Papa había leído algunas de mis publicaciones y le habían interesado. Un día recibí un llamado telefónico de la Nunciatura de Bruselas : “Habla el Nuncio Apostólico. El Santo Padre querría verlo y pregunta cuáles son los días que le convienen.” Observen la delicadeza... Extremamente sorprendido, le respondí evidentemente al Nuncio : “Hágale saber al Santo Padre que mis conveniencias son las de él.” Algunos días después, yo partía a Roma. Con un mínimo de protocolo, fui introducido en la Biblioteca privada del Santo Padre, donde ya se encontraban una pequeña decena de muy altos dignatarios, colaboradores próximos del Papa. Pasados algunos minutos, el Santo Padre entró, los brazos abiertos, saludando a todas las personalidades presentes e invitándolos a sentarse alrededor de su mesa de trabajo. “Los he invitado a venir porque deseo ser illuminato, iluminado, sobre un problema que me preocupa profundamente.” Y enseguida agregó : “Y les pido que se expresen con toda libertad.” Para mi gran sorpresa, el Santo Padre me dio inmediatamente la palabra. Después de un instante de estupor, el Papa lo único que hacía era respetar una tradición que remonta a las universidades medievales y que prevalece hasta hoy en los medios académicos. Según esta tradición, el más joven, o el de menos “grado”, debe poder hablar antes que todos los otros. Si este no fuese el caso, no se expresaría libremente y tendría tendencia a adherirse automáticamente a las posiciones expuestas por las personalidades que ocupan un lugar más elevado que el suyo en la jerarquía. Mi intervención se desarrolló sin problemas. El Papa pidió algunas precisiones. Acogió con gratitud el resumen escrito de mi intervención. Los otros participantes fueron invitados a expresarse según el mismo orden protocolar. Al final de la mañana, el Santo Padre tomó él mismo la palabra, elaboró una magnifica síntesis de lo que cada uno había puesto de relieve.
Una mirada discreta al reloj : eran las 13.15 h., y nos preparábamos a partir cuando el Papa nos dijo, con una sonrisa afectuosa : “Los invito a continuar nuestra conversación en otra mesa.” Se levantó y nos hizo pasar al comedor vecino. La discusión allí se prolongó en forma muy espontánea, en un intercambio de preguntas y respuestas, puntualizados por los comentarios llenos de humor del Papa.
Esta reunión sólo fue un comienzo. Tuve el honor de servir al Santo Padre durante más de veinticinco años, y el honor de ser invitado con frecuencia a aportar una modesta colaboración en temas sensibles que lo preocupaban particularmente.
¿Cómo caracterizar en pocas palabras una personalidad tan extraordinaria? ¿Derechos del hombre? ¿Dos muros : el de Berlín y el de Jerusalén? ¿Razón y fe? ¿Coraje político? ¿Familia y vida? ¿Ecumenismo y diálogo entre las religiones, entre ellas el judaísmo y el islam? ¿Carisma mediático? ¿El Papa de los jóvenes? Todo ello es verdad y podríamos alargar la lista. Me parece no obstante que deberíamos también subrayar más que Juan Pablo II fue el Papa de la libertad. Tuvimos el privilegio de asistir al acontecimiento histórico que fue la visita, a Roma, de Michail Gorbatchev. Era el 1ro de diciembre de 1989. Empeñado en la tarea titánica de reformar el sistema soviético, Gorbatchev declaró : “Entre él y yo había, invisible, un hilo eslavo. Sin él nada hubiese cambiado”. Lo que el Papa pedía era la libertad religiosa, la libertad de culto, la libertad, simplemente. Lo que sigue es conocido. El filósofo y el teólogo que era Juan Pablo II sabía que si la libertad religiosa es asfixiada por la cebadura ideológica, el hombre continuará atrofiado en su propia humanidad. El acto de fe, por el cual estamos unidos a Dios, es el acto de personas libres, un acto que llama a la contestación de todas las servidumbres. La misma solicitud por liberar al hombre de sus servidumbres es también el centro del aspecto menos conocido de la enseñanza de Juan Pablo II : su enseñanza sobre la vida, la familia, la sexualidad. Lo que proclama el Papa, es que Jesús vino para proponernos liberarnos, si consentimos en ello, de todas las servidumbres que pesan sobre el que San Pablo llama “el hombre viejo.”
El poder de convocación de Juan Pablo II entre los jóvenes ya se hizo legendario. Conquistó sus corazones, porque ellos se sintieron amados por él. Las diferentes Jornadas Mundiales de la Juventud han visto centenas de miles de jóvenes escuchar y abrir sus corazones a la palabra dulce y exigente del Pastor supremo. ¿Quién dirá el número de profetas que este Profeta habrá suscitado? Su ejemplo desencadenó en todas partes del mundo concentraciones donde multitudes inmensas se reúnen para rezar, cantar, confesarse, celebrar, comulgar, para vivir juntos momentos de intensa felicidad, la felicidad de amarse y saberse amados por Dios. La Argentina, tan querida – como yo pude confirmarlo – para Juan Pablo II, multiplica con fervor estas concentraciones de la Fe. Esta semilla arrojada por Juan Pablo II en la Tierra de la Santa Cruz dará por todas partes frutos en abundancia. Tal creatividad Pastoral, tan simple y tan conmovedora, muestra que Jesús continúa hablando muy fuerte y que se revela, hoy como ayer, a aquellos que tienen un corazón de pobre.
Por ello hay que agradecer al Santo Padre por haber llevado su Cruz hasta el final. Si hubiese renunciado a su cargo, hubiese sido menos evidente que, mediante su sufrimiento y su muerte, él conducía la Iglesia a una Nueva Resurrección, a un Nuevo Pentecostés. ¿Cómo dudar que de su lecho de agonía, en Roma, Juan Pablo II haya escuchado subir el canto de esta joven cohorte de aquellos que él había reunido en una última alianza de fuego?
Mons. Michel Schooyans, Profesor emérito de la Universidad de Lovaina.
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