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VOL. 17, NO. 17, 2 DE DICIEMBRE DEL 2011

VOL. 17, NO. 17, 2 DE DICIEMBRE DEL 2011 (4)

 

En el último capítulo del Evangelio según San Juan, Jesús le presenta una pregunta a Pedro – una pregunta que en realidad interpela a toda persona de cualquier época que desea seguir a Cristo: “Simón, Simón, ¿me amas más que éstos?” Jesús también le haría la observación a los que querían ser sus discípulos: “El que prefiera a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí. El que prefiera a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que no tome su cruz y me siga, no es digno de mí” (Mateo 10:37-39). Llamo la atención sobre estas declaraciones de Nuestro Señor, porque la gente de este tiempo tiene que responder una vez más a la pregunta con la que Jesús nos interpela, y decidir cuál será el costo de seguirle.

 

Como discípulos enviados por Jesús a dar testimonio de Él y a ser sal de la tierra, debemos estar conscientes de las consecuencias de este discipulado. “Si el mundo les odia, sepan que me ha odiado a mí antes que a ustedes” (Juan 15:18). La carga colocada sobre los hombros de cada discípulo exige que uno esté dispuesto a libremente abrazar todo lo que el Señor ha enseñado y ordenado: “Si me aman, guardarán mis mandamientos” (Juan 14:15).

 

Hace algunos años, me preguntaron acerca de la responsabilidad de los católicos respecto de los asuntos temporales. En particular, me pidieron guiar a un alma que cuestionaba su involucramiento en el servicio público. Esta persona fungía como representante de una entidad civil y se cuestionaba acerca de sus obligaciones como católico, como discípulo de Jesús, en el contexto de sus responsabilidades diarias. Estaba creciendo en la riqueza de la Fe y se daba cuenta de las situaciones en las que corría el peligro de comprometer dicha Fe. Se estaba sintiendo incómodo, y se dio cuenta de que cada vez era más difícil integrar las dos realidades.

 

Hoy en día, muchos discípulos de Jesús prestan servicio en el foro público y toman decisiones que ejercen una gran influencia en la sociedad. A menudo se enfrentan a la misma pregunta que la persona mencionada, o a la que Pedro enfrentó por parte de Jesús. Sí, hemos sido llamados a ser luz y sal de la tierra. Pero, cuando somos incapaces de dar ese testimonio, ¿qué hacemos? ¿Cómo podemos vivir nuestra Fe con autenticidad y participar en los asuntos de este mundo?

 

Muchos quisieran hacernos creer que puede haber una separación entre la práctica de la religión y la vida diaria. El fruto y consecuencia de esa creencia tristemente se está dando hoy en los asuntos públicos. Debido al silencio, la indiferencia, el temor, la avaricia, el ansia de poder y la búsqueda del placer sin límites, hoy en día no pocas legislaciones antivida se están convirtiendo en parte del tejido de nuestro gobierno.

 

¿Cómo comenzó todo ello? Comenzó cuando Dios y Sus enseñanzas fueron retirados del corazón del hombre y su vida diaria, para abrazar las mal llamadas “libertades”.

 

La historia de la humanidad nos relata la verdad de esas opciones y de esas acciones. La Caída de Adán y Eva, Caín y Abel, Noé y el Diluvio, Moisés, Jesús, la Caída de Egipto, Jerusalén, Roma y Grecia. Hoy en día, este escenario continúa. A medida que las naciones y los pueblos adoptan una mentalidad anticonceptiva, abortista, eutanásica, homosexualista y divorcista, como si fuesen “libertades” legítimas, la continua desintegración de la cultura seguirá su curso inevitable y las civilizaciones colapsarán.

 

¿Qué hacemos? ¿No decimos nada, ni hacemos nada, nos mantenemos fuera de la arena política, mantenemos nuestra Fe al margen de los asuntos temporales, sin cuestionar al liderazgo actual cuando propone leyes contrarias al Evangelio de la Vida? Como discípulos de Jesús y ciudadanos de nuestros respectivos países, ¿permanecemos complacientes y dejamos que se siga deshilando el tejido de la vida? ¿Negamos nuestro llamado a un discipulado auténtico? ¿Continuamos permitiendo la continua desintegración de la sociedad? Escuchen las palabras del Beato Juan Pablo II, que se dirigen al corazón de este problema:

 

“Conscientes de que estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la ‘cultura de la muerte’ y la ‘cultura de la vida’. Estamos no sólo ‘ante’, sino necesariamente ‘en medio’ de este conflicto: todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida” (El Evangelio de la Vida, no. 28).

 

Toda persona tiene la responsabilidad de promover la cultura de la vida. Jesús nos ha hecho partícipes de Su misión. Él vino para que todos tengamos vida y la tengamos en abundancia (véase Juan 10:10).

 

Nuestro culto a Dios no se limita solamente al interior de las paredes de los templos, sino que debe ofrecerse en cada aspecto de nuestra vida. El Papa Benedicto XVI se refiere a ello en Sacramentum Caritatis, no. 83:

 

“El culto agradable a Dios nunca es un acto meramente privado, sin consecuencias en nuestras relaciones sociales: al contrario, exige el testimonio público de la propia fe. Obviamente, esto vale para todos los bautizados, pero tiene una importancia particular para quienes, por la posición social o política que ocupan, han de tomar decisiones sobre valores fundamentales, como el respeto y la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su fin natural, la familia fundada en el matrimonio entre hombre y mujer, la libertad de educación de los hijos y la promoción del bien común en todas sus formas. Estos valores no son negociables. Así pues, los políticos y los legisladores católicos, conscientes de su grave responsabilidad social, deben sentirse particularmente interpelados por su conciencia, rectamente formada, para presentar y apoyar leyes inspiradas en los valores fundados en la naturaleza humana. Los Obispos han de llamar constantemente la atención sobre estos valores. Ello es parte de su responsabilidad para con la grey que se les ha confiado”.

 

Tenemos la responsabilidad de darle culto al Dios Único en cada foro de nuestra vida. Ningún aspecto de la vida humana es ajeno a Su presencia. La presencia de Dios debe penetrar cada dimensión de la existencia humana y de esa manera iluminarlas con la verdad. En cada sector de nuestra amada nación, los ciudadanos que le son fieles están tomando decisiones que constituirán el fundamento para las futuras generaciones. ¿Cuál es el legado que queremos dejarles? ¿Qué se dirá de esta generación? ¿Hablarán las próximas generaciones de nuestro valor en defender lo que es recto y verdadero? ¿Se darán cuenta de la valentía de aquellos que se mantuvieron firmes ante la oscuridad de la inmoralidad, la corrupción, la avaricia y la sed insaciable de poder absoluto?

 

¡Podemos marcar la diferencia! ¡Tenemos que marcar la diferencia!

 

La persona a la cual me refería al comienzo de esta reflexión tomó una decisión que cambió su vida para siempre. ¿Qué hará usted? ¿Qué tipo de influencia tendrá usted? ¿Cómo será usted sal de la tierra?

 

“En virtud de la participación en la misión real de Cristo, el apoyo y la promoción de la vida humana deben realizarse mediante el servicio de la caridad, que se manifiesta en el testimonio personal, en las diversas formas de voluntariado, en la animación social y en el compromiso político” (Beato Juan Pablo II, El Evangelio de la Vida, no. 87).

 

Atentamente en Cristo,

 

Rev. Padre Shenan J. Boquet

Presidente de HLI

 

“La vida es un bien que hemos recibido de Dios y es fundamental para todos los demás bienes; garantizar el derecho a la vida a todos de igual manera, es el deber en el cual depende el futuro de la humanidad” (Papa Benedicto XVI).

 

 

Adolfo J. Castañeda, MA, STL

Director de Educación e Investigación para el Mundo Hispano

Vida Humana Internacional

 

El 18 de noviembre de 2008, un grupo de organizaciones hispanas civiles de EEUU envió una carta al Presidente Obama pidiéndole que mantuviera el mandato de obligar a las aseguradoras privadas de salud la cobertura de anticonceptivos y esterilizaciones [1].

 

La carta contiene dos gravísimos errores que es preciso refutar. El primero de ellos es la pretensión de que el aborto y otras prácticas inmorales son “servicios de salud”. El segundo consiste en decir que el oponerse a practicar estos males es un asunto de convicciones religiosas, que no puede ser impuesta a los que no las comparten.

 

Respecto del primer error, la carta contiene las siguientes afirmaciones: “Como líderes nacionales en el movimiento por los derechos e igualdad de los latinos, apoyamos todos los derechos reproductivos, incluyendo el acceso al control de la natalidad para todas las mujeres … La decisión del Departamento de Salud y Servicios Humanos [HHS, por sus siglas en inglés] de requerir que los planes de salud cubran el control de la natalidad sin compartir los costos es uno de los avances más grandes para la salud de las mujeres en varias décadas”  [1].

Los anticonceptivos hormonales, como la píldora, la píldora “del día siguiente” y el inyectable Depo-Provera, son abortivos parte del tiempo, como lo es también el dispositivo intrauterino (DIU o IUD) [2]. Además, todos ellos pueden causar graves problemas de salud precisamente a las mujeres. Por ejemplo, la píldora anticonceptiva puede causar, entre otros males, cáncer de mama, aumento del riesgo de paros cardiacos, hipertensión e infartos [3]. Los DIUs pueden causar heridas e infecciones en el cuello del útero o en el tractus reproductor, que a su vez pueden causar esterilidad y a veces el shock séptico y la muerte. Además pueden causar perforaciones uterinas que requieren una operación con todos sus riesgos, incluyendo la esterilidad; sangrados muy abundantes y embarazos ectópicos [4].

Además, el plan de “salud” de Obama, parte del cual es este mandato pro anticoncepción del HHS, incluye el suministro de la píldora RU-486 (Mifeprex o Mifrepistona), que es un fármaco 100% abortivo que actúa hasta la séptima semana del embarazo, puede causar deformidades en los bebés que sobreviven y peligrosos sangrados en las usuarias que pueden durar más de 40 días [5]. ¿Podemos llamar a todo ello “salud” o “derechos reproductivos”? Por favor.

 

El segundo error queda expresado en la siguiente afirmación de la carta: “Las convicciones acerca de las recetas para anticonceptivos son de carácter personal. Es inaudito que un mujer pudiera perder su capacidad de tener acceso a servicios médicos profesionales y legítimos debido simplemente a las convicciones religiosas del empleador de su institución [1]”.

 

Esta afirmación es pura demagogia. En primer lugar, las razones por las cuales los empleadores de ciertas instituciones se oponen al suministro de anticonceptivos y esterilizaciones, no son solamente de carácter religioso, sino científico y ético, parte de las cuales ya mencionamos en nuestra refutación del primer error de esta carta. La prohibición del aborto no es simplemente un norma de la Iglesia Católica o de otras instituciones religiosas, sino un ataque contra la humanidad, la violación del derecho humano más fundamental de todos: el inviolable derecho a la vida de seres humanos inocentes.

 

En segundo lugar, no se trata solamente de las instituciones religiosas que se oponen a que se les obligue a incluir los anticonceptivos en sus planes de salud. ¿Qué pasa con otras instituciones que no son religiosas y que tampoco quieren, por razones éticas y científicas, incluir los anticonceptivos en sus planes de salud?

 

En tercer lugar, el pretender obligar a todas las instituciones, religiosas o no, a que incluyan anticonceptivos en sus planes de salud, es una violación del derecho humano fundamental a la objeción de conciencia. Este derecho, como todos los derechos humanos fundamentales, es un pilar de la democracia o de cualquier otro sistema político que se precie de ser justo.

 

El mandato pro anticoncepción del HHS sí incluye una cláusula para la objeción de conciencia. Pero dicha cláusula es muy estrecha. Solamente incluye a las instituciones religiosas, como la Iglesia Católica, y aún así de manera muy limitada. En el caso de la Iglesia Católica, por ejemplo, las instituciones de la misma         que ofrecen planes de salud tendrían que ser agencias que solamente prestan servicios a católicos, para poder acogerse al derecho a la objeción de conciencia tal y como está estipulado en la mencionada cláusula [6]. Ello es claramente un flagrante atropello contra el derecho a la objeción de conciencia, a la libertad religiosa y a la maravillosa misión de servicio que tantas agencias católicas pueden ofrecer en este país a cualquier persona, sea católica o no.

 

Por todo lo dicho, podemos concluir categóricamente que esta desafortunada carta no representa de ninguna manera a los casi 50 millones de hispanos que viven en EEUU [7]. Nos vemos obligados a llegar a las siguientes dos posibles conclusiones respecto de los líderes de las organizaciones hispanas que la han suscrito: o bien son unos ignorantes que desconocen lo que hemos dicho acerca de los anticonceptivos y el derecho a la vida y a la objeción de conciencia, o lo que es peor, están actuando malintencionadamente motivados por ciertas ideologías políticas o agendas ocultas. Como no podemos ni debemos juzgar a nadie, tenemos entonces que concluir que estos líderes desconocen los temas mencionados. En todo caso están absolutamente descalificados para representar a la comunidad hispana que vive en EEUU.

 

 

Notas:

[1]. http://latinasinstitute.org/news/Latino-Groups-Affirm-Baseline-Coverage-for-Women, consultado el 29 de noviembre de 2011.

[2]. Cf. http://www.vidahumana.org/anticoncepcion/itemlist/category/161-los-anticonceptivos-abortivos-visión-general.

[3]. Cf. http://www.vidahumana.org/anticoncepcion/itemlist/category/162-todo-sobre-la-píldora.

[4]. Cf. http://www.vidahumana.org/anticoncepcion/item/745-daños-ocasionados-por-los-anticonceptivos.

[5]. Cf. http://www.vidahumana.org/aborto/texto-solamente/itemlist/category/81-información-sobre-la-ru-486-mifepristone.

[6]. Cf. http://www.usccb.org/issues-and-action/religious-liberty/conscience-protection/upload/DiNardo-to-Pitts-on-Conscience-Rights-11-1-11.pdf.

[7]. Cf. http://www.census.gov/popest/national/asrh/, y http://www.census.gov/newsroom/releases/archives/population/cb09-199.html.

 

Por Jorge Scala [1]

 

El 10 de diciembre de 1948, la Organización de las Naciones Unidas proclamó la Declaración Universal de Derechos Humanos. Su finalidad fue cerrar las heridas de toda la humanidad, provocadas por la locura desatada en la Segunda Guerra Mundial. El Tercer Reich había pretendido determinar qué razas o grupos de seres humanos tenían derecho a vivir, y cuales no. Para imponer su ideología no trepidó en desatar la hecatombe, que costó 50 millones de muertos en menos de 6 años.

 

La comunidad internacional pretendía dar vuelta a esa página siniestra de la historia y, a la vez, establecer mecanismos jurídicos eficaces para evitar su repetición. El medio idóneo para tan noble finalidad, fue establecer en una Declaración suscripta por casi todos los países del mundo, los siguientes puntos: 1°) los Estados reconocen que los derechos fundamentales pertenecen a cada persona, por el solo hecho de ser miembros de la especie humana; 2°) cada ser humano es titular de esos derechos fundamentales, en igualdad de condiciones con el resto de las personas, prohibiéndose toda discriminación entre los humanos; y 3°) que tales derechos son anteriores al Estado, y los poseen los seres humanos también contra los gobiernos de turno.

 

Sucesivos tratados fueron explicitando y concretando aún más, los derechos enunciados en la Declaración Universal. Entre ellos merecen destacarse el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y, a nivel continental, la Convención Americana sobre Derechos Humanos.

 

La República de Costa Rica no sólo tiene el honor de cobijar la Corte Interamericana de Derechos Humanos, sino una gloria aún mayor: la actividad como magistrado del Dr. Rodolfo E. Piza Escalante, quien en sus largos años de Juez, con sus sentencias sabias y prudentes, fue abriendo camino en la vigencia práctica del derecho de los derechos humanos.

 

Emblemático es su voto –que hizo mayoría-, en el fallo de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Costa Rica, del 15 de marzo de 2.000, donde tuteló el derecho a la vida de las personas por nacer, gravemente vulnerado por las letales técnicas de fecundación in vitro. Es justo homenajear en fecha tan señalada, al costarricense que levantó más alto la bandera de los derechos humanos de todos los humanos –también los ya concebidos pero aún no nacidos-.

 

Este homenaje es también especialmente oportuno, cuando recientemente la Comisión Interamericana de Derechos Humanos –integrada lastimosamente por ideólogos carentes de los más elementales conocimientos jurídicos-, con su demanda contra Costa Rica, pretende retrotraer las cosas al período de entreguerras. En efecto, la Comisión pretende otorgar a los fuertes –adultos-, el poder sobre la vida –y con ella sobre todos los derechos-, de los más débiles –sus hijos-; como habían hecho las sanguinarias ideologías del siglo pasado: el nazismo y el marxismo.

 

La Corte Interamericana está en una encrucijada: avanza en la línea trazada magistralmente por el Dr. Piza Escalante, o retrocede a la etapa previa a la última Gran Guerra. Ahora bien, si resuelve esto último, los derechos humanos ya no serán de todos los humanos, sino sólo de aquellos que detenten el poder real en cada coyuntura. Y con eso habrán matado el Derecho y la Justicia en tierras americanas. Jamás se lo perdonaríamos.

 

[1]. Abogado argentino, litigó en varias causas de derechos humanos en su patria y en tribunales internacionales. Cuenta además, con numerosas publicaciones y conferencias en la materia.

 

 

P. Pedro F. Mercado Cepeda

Secretario Adjunto de la Conferencia Episcopal de Colombia

Capellán Mayor del Congreso de la República.

 

Recientes declaraciones del padre Carlos Novoa, sacerdote jesuita, reproducidas en diversos medios de comunicación, parecerían justificar en algunos casos la despenalización del aborto, desfigurando la clara e inamovible posición de la Iglesia Católica sobre esta delicada materia.

 

Muchos fieles y obispos, sorprendidos y desconcertados, me han pedido que intente precisar las "opiniones teológicas" y las "afirmaciones científicas" de mi apreciado colega. Con pesar, a todos he tenido que responder con una rotunda negativa. Pretender "perfilar" o "precisar" las afirmaciones del padre Novoa es imposible porque en ellas existen insuperables vacíos científicos y teológicos. En privado, con humildad, el mismo sacerdote ha reconocido estas falencias.

 

El padre Novoa, en primer lugar, descontextualiza las palabras del Beato Juan Pablo II en el número 17 de la Evangelium vitae, confundiendo dos niveles de juicio muy distintos: el moral y el jurídico. En el citado texto, el Papa hace referencia al drama humano que sufren tantas mujeres -la inmensa mayoría- al tomar la decisión de abortar.

 

La pobreza, la soledad, el abandono y la angustia son para el Papa circunstancias terribles que podrían atenuar la responsabilidad moral de las mismas. Nada dice el Beato, sin embargo, que pueda ser interpretado como justificación de la despenalización parcial del aborto. Este viene condenado radicalmente, en toda circunstancia, en amplios apartes del documento pontificio.

 

Por otra parte, el padre Novoa parece confundir una "intervención quirúrgica en caso de embarazo extrauterino" con el llamado "aborto terapéutico". En el primer caso, se da una acción que la teología moral define como de "doble efecto". Es decir, una acción en que se presentan inseparablemente dos efectos: uno bueno y voluntariamente buscado (salvar la vida de la madre) y otro malo, no querido, pero inevitable (la pérdida de la vida del ser en gestación). A diferencia del "aborto terapéutico", esa intervención quirúrgica no tiene como finalidad la supresión del ser no nacido.

La muerte de este se produce como un ineluctable y lamentable efecto colateral.

 

Es, pues, evidente que no es posible equiparar la valoración ética de dos acciones con finalidades tan diversas. Citar, por ello, el caso del embarazo extrauterino para justificar éticamente el "aborto terapéutico" es un error imperdonable en un "hombre de ciencia". El jesuita, espero, tendrá ocasión de aclarar su opinión, corrigiendo las falencias de su argumentación. Tal acto sería para la comunidad eclesial un ejemplo de humildad y de comunión con el auténtico sentir de la Iglesia.

 

Debo confesar, con respeto, que me pareció francamente inapropiado que el padre Novoa afirmara que como sacerdote no acepta el aborto, pero como ciudadano lo consideraría una opción respetable.

 

Como él mismo reconoce, los argumentos para rechazar el aborto, en toda circunstancia, no son exclusivamente de orden religioso: existen enjundiosas razones jurídicas y científicas en favor de la defensa de la vida humana, desde su concepción hasta su muerte natural. Argumentos que, en virtud del sano pluralismo, deben ser acogidos con respeto y ser valorados sin apasionamientos o prejuicios de cualquier tipo.

 

Quiero, por último, deslegitimar las infamantes críticas que el padre Novoa lanzó contra algunas figuras de la vida política nacional comprometidas, desde distintos partidos y sensibilidades, con la defensa de la vida. A esas personas, como a quienes votaron en contra del proyecto presentado en el Congreso, reitero mi personal aprecio por el interesante debate y por la riqueza de sus contrastantes argumentos.

 

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