Continuamos con nuestra reflexión contemporánea sobre la dignidad de la persona humana.
Decíamos que la persona humana tiene un dinamismo interior que la impulsa a rechazar el ser tratada como un objeto, como un mero medio y no como un fin. Es por ello que nos escandalizamos ante la explotación de los débiles, de los obreros, de las mujeres o de los niños por medio de la pornografía, etc. La persona desea, desde lo más profundo de su ser, ser tratada como persona, como un fin en sí misma.
El perder ese sentido de ser persona conduce a la baja autoestima y a la auto-degradación. Por otro lado, el tratar a otras personas como meros medios --por placer, por ganancia económica o por cualquier otro motivo-- nos degrada como personas, atenta contra nuestra dignidad.
¿De dónde viene ese impulso interior, ese grito de nuestra naturaleza humana? Ello no tiene otra explicación de que nuestro valor como persona, nuestra dignidad existe realmente. La dignidad humana posee una existencia objetiva, es decir, es real, independientemente de que otros la reconozcan o no.
Si ello no fuese así, no tendría ningún sentido hablar de la auto-estima, el fundamento de la psicología. Tampoco tendría sentido apelar a la fraternidad social o al sentido de solidaridad cívica. Carecería también de sentido la compasión hacia el prójimo enfermo o de bajos recursos. En realidad, el amor mismo carecería de sentido. Si la dignidad humana no tiene una existencia real, objetiva, entonces el amor no existe, porque el amor y el valor son realidades correlativas, no se ama lo que no vale. En términos religiosos, Dios nos manda a amar al prójimo como a nosotros mismos, porque tanto el prójimo como nosotros mismos somos valiosos, poseemos una dignidad.
Aquí se ve con toda claridad que la moral, que es la vida del amor, se funda necesariamente en la dignidad o valor de la persona humana. No sólo eso, sino que, si la dignidad humana es objetiva (existe realmente), entonces se sigue necesariamente que la moral es objetiva, no relativa, que los principios morales son objetivos, no relativos.
Es por ello que una "moral" relativista es una contradicción en términos y una "moral" utilitarista es una aberración ética. En ambos casos terminan los fuertes --los que tienen poder, voz y voto-- oprimiendo a los débiles: los pobres, los marginados, los inmigrantes, los ancianos, los enfermos, los niños no nacidos. Y ello ocurre no sólo en sociedades totalitarias, sino también en sociedades "democráticas". ¿Cómo es eso posible? Lo veremos en el próximo número...Hasta la próxima y ¡Feliz Año Nuevo!
Adolfo J. Castañeda es director de programas educativos de Vida Humana Internacional.
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