La dignidad de la persona humana
Por Adolfo J. Castañeda



En el boletín pasado reflexionamos sobre la concepción clásica de la persona humana como unidad de cuerpo y alma. Concluimos que por poseer un alma inmortal a la que está nuestra corporeidad esencialmente unida, toda la persona humana goza de un valor o dignidad intrínseca e infinita.En ella se fundamenta la moral, que no es otra cosa que el respeto y la promoción de esa dignidad.

Queremos añadir hoy una reflexión sobre la dignidad desde una óptica más contemporánea. No se trata de una demostración en el pleno sentido de la palabra, sino más bien de una consideración que, así lo creemos, sugiere con fuerza la existencia de dicha dignidad.

El pensamiento moderno personalista ha enfatizado, y con razón, la relacionalidad de la persona humana. La persona humana es un ser en relación, o como diría Santo Tomás: "Persona est relatio", "la persona es relación". A nivel de la fe ello no es difïcil de constatar. La primera página de la Biblia nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer a imagen y semejanza Suya (Génesis 1:26). Ahora bien, el Dios de la Biblia es un Ser Personal, de hecho es una sola naturaleza divina en tres personas divinas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Hemos sido creados, nos dice la Escritura, a imagen, no de un Dios solitario, sino un Dios que es comunidad de personas. La Biblia también nos dice que "Dios es Amor" (1 Juan 4:8, 16). Y el amor no se entiende sin la relacionalidad. La relacionalidad, pues, nos dice la revelación bíblica, caracteriza a nuestro ser-persona de manera esencial.

A nivel de la razón y de la experiencia humana, el carácter relacional de la persona humana es un dato ineludible de nuestra existencia. El "yo" se abre y se reafirma delante del "tú", necesita de la alteridad como los pulmones del aire. Ello comienza a darse generalmente en la familia, donde los padres ayudan a fraguar esa identidad de persona-en-relación que todos poseemos.

En la intimidad de nuestra relación con nosotros mismos, si bien muchas veces sólo a nivel pre-consciente, experimentamos un profundo e inexorable impulso a que seamos tratados como un "alguien" y no como un "algo". Todo nuestro ser se rebela ante la posibilidad de ser instrumentalizados por otros. Kant tenía razón cuando dijo: "Nunca trates a los demás como meros medios, sino como fines en ellos mismos". La propia psicología carecería de sentido si este grito de nuestra naturaleza fuese desechado como algo irrelevante. La autoestima o sentido de nuestra propia dignidad carecería, valga la redundancia, de sentido. Cuando no gozamos de ella necesariamente nos enfermamos emocionalmente.

Pues bien, este dinamismo interior de autodefensa del "yo", como sujeto y no como objeto, apunta hacia la existencia de nuestra dignidad o valor como persona. Una dignidad que no está condicionada a ninguna instancia exterior o no esencial, como el rango social o económico, la raza, la salud, etc. La persona humana vale por el mero hecho de ser persona y no por ésta o aquélla de sus características accidentales. Nuestro sentido de ser fin-en-nosotros-mismos es una poderosa indicación de esta verdad.

Nada más por ahora...Hasta la próxima y... ¡Feliz Navidad!

Adolfo J. Castañeda es director de programas educativos de Vida Humana Internacional.

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