Una mano cercenada
Por el Dr. Carlos Pérez Avendaño



Ayer le quitaron a Lila, mi mujer, el yeso que durante cuatro semanas le inmovilizó su mano fracturada.

"Es ahora que aprecio aún más el valor de ésta mi mano", me decía Lila.

"Un miembro de mi cuerpo como ésta mano, cuyo valor aprecio aún más ahora que, fracturada, me la han vendado e inmovilizado." "Es ahora que pienso más en esta mi mano, insustituible, idéntica a mi otra mano."

Si, como consecuencia de un accidente, alguien pierde cercenada una mano, lo único que la medicina y la tecnología hubiera tratado de hacer es reemplazarla. Porque esa avanzadísima ciencia contemporánea sabe muy bien que, si esa mano se ha perdido, no se puede hacer otra igual. Lo sabe muy bien.

La ciencia sabe que el hombre no se hizo él sus manos; sabe que fue Alguien más quien se las hizo, y que como un regalo, como un don, le fueron otorgadas. Lo sabe, pero a veces no lo acepta.

Lo más que esa ciencia puede hacer es tomar con la prisa del caso esa mano cercenada y con la sofisticada tecnología disponible, reimplantarla; uniendo nuevamente mediante finísima costura cada una de las arterias, de los nervios, de los tendones y luego contemplar cómo esa mano hecha por Dios, que había sido separada de su cuerpo vuelve a reintegrarse, vuelve a ser parte de esa unidad.

Ese exitoso reimplante de la mano es lo que se llama restablecer el Orden Natural. Ese volver a poner en orden aquello que un accidente había desordenado; deberá ser el primordial quehacer de la medicina y de los médicos.

Es, en éste momento, en el que cabe nuevamente hacernos aquella pregunta que, ahora en estos tiempos, es muy pertinente: ¿Es de verdad el hombre dueño de su cuerpo?

Me pregunto cuál sería la reacción de cualquiera de nosotros al contemplar un accidente en el que una niña ha perdido la mano derecha. El padre, un poderoso multimillonario, al ver esa mano sucia, llena de tierra, la tira al desagüe diciendo: "ésta mano está muy fea para ti, voy a comprarte una más bonita."

Estoy seguro que aún el más analfabeto calificaría ese acto como un acto irracional, de locura, porque sabe que eso es una mentira imposible.

Estoy seguro que ese analfabeto pensaría: ¿ Y ese individuo qué se cree? ¿ es que acaso se cree Dios?

Es esa una forma muy sencilla de hacerle ver a un niño que el hombre no es dueño de su cuerpo, ni mucho menos dueño de su vida, que esos son dones de Dios, quien es el único dueño.

Una forma muy sencilla para que, aún un niño comprenda lo antinatural e irracional de la eutanasia.

Pongamos por caso que como consecuencia de ese accidente, esa niña que padecía de una leucemia hubiera muerto instantáneamente. ¿Cuál hubiera sido la reacción de la madre al oír al padre que le decía: "no te preocupes mujer, te voy a mandar a hacer ahora mismo otra hija, otra niña bonita, idéntica a ésta, y sin leucemia. Hoy, por la tarde, te la traigo."

O, si ese alienado papá le hubiera dicho: "no te preocupes mujer, ahora mismo pediré la ambulancia de Intensivo para que nos la resuciten, ya verás que dentro de un ratito estará otra vez viva, aquí con nosotros." ¿ Habrá, por ventura, alguien que lo hubiera creído?

¿O es que de verdad sí hay por allí un hombre capaz de resucitar a un niño muerto?

Es ahora que me imagino ver a algún adolescente, a alguno de esos chispudos muchachos, preguntándonos una vez más: Papá... ¿ por qué es que el hombre cree ser el dueño de la vida?



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