La moral no es sólo mandamientos, sino también actitudes
Por Adolfo J. Castañeda



Ya hemos visto cómo la moral no es solamente un conjunto de normas. Decimos "parcialmente" porque hemos demostrado cómo las normas se relacionan, con los valores y las normas morales, así como con la dignidad de la persona humana y, lo más importante de todo, con el amor. Ahora vamos a ver cómo la moral, además de relacionarse con los valores y las normas morales, también tiene que ver con las actitudes.

En realidad, ello no es nada difícil de demostrar. Nuestras actitudes son las posturas que, en nuestro interior, tomamos ante la vida, o mejor, ante las personas. Nuestras actitudes son las que determinan nuestra manera de actuar. Ahora bien, las normas morales, como ya vimos, son las que dirigen nuestra forma de actuar. Por consiguiente, las normas morales y los valores que éstas defienden son también las que debe formar nuestras actitudes. La moral por tanto es también cuestión de actitudes.

De hecho, la moral es más una cuestión de actitudes que una cuestión de actos. Los actos deben fluir de las actitudes. En el Sermón de la Montaña (Mateo capítulos 5 al 7), Jesús le dio más importancia a las actitudes del corazón (= la voluntad y la mente) que a los actos mismos. Jesús sí le dio importancia a los actos, pero le dio más importancia a las actitudes. "Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: ‘No matarás'...Pero yo les digo que todo aquel que se enoje contra su hermano, será reo del tribunal" (Mateo 5:21-22). Jesús no estaba hablando de la simple emoción del enojo, estaba hablando de una actitud de enojo y de odio. El odio es interno. Jesús no sólo estaba condenando el asesinato, estaba condenando también el odio que lleva al asesinato. Estaba condenando, no sólo el pecado, sino también la raíz del pecado.

En realidad, la palabra más correcta, en términos morales, para referirse a las actitudes que inclinan a una conducta moral es la palabra virtud. ¿Qué significa eso? Las virtudes son hábitos buenos. Los hábitos son cualidades de nuestras facultades que nos predisponen a actuar de cierta forma con más prontitud y facilidad que si no los tuviéramos. Las virtudes, como hábitos buenos que son, nos inclinan a hacer el bien con más prontitud y facilidad. Por ejemplo, una persona que tiene la virtud de la justicia actúa con más prontitud y facilidad, y vence mejor los obstáculos para ser justo, que otra persona que apenas empieza a caminar por los senderos de la justicia.

¿Cómo se forman en nosotros las virtudes? Las virtudes se forman a base de repetir los actos a los cuales ellas nos inclinan. Mientras más practiquemos esos actos más virtuosos nos volveremos. Las virtudes también son infundidas por Dios en el alma de la persona en el Bautismo y por la gracia. Pero el cristiano tiene que cooperar con esa gracia para consolidar y hacer crecer las virtudes en su persona.

Aquí nos encontramos ante una cosa muy importante. Una persona virtuosa es una persona cuyas facultades del alma (el intelecto y la voluntad) poseen las virtudes y éstas se encuentran bien enraizadas en ella. El conjunto armonioso de virtudes presentes en el alma de una persona se llama carácter. De hecho, las raíces griega y latina de la palabra "moral" significan "carácter". La formación moral es la formación del carácter. Ello es de suprema importancia.

No basta entonces que una persona realice buenas acciones, sino que la persona sea buena, sea moral. El ser moral es la mejor meta que una persona debe alcanzar. No se trata de tener más o de hacer más en esta vida, sino de ser más.

Adolfo J. Castañeda es Director de Programas Educativos de Vida Humana Internacional.

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