¿Qué mensaje nos trae la Navidad?
Por Adolfo J. Castañeda



Estamos a las puertas de otra Navidad. ¿Qué mensaje nos trae esta Navidad? Tiene que haber un mensaje que Dios nos traiga especialmente dirigido a estos tiempos que estamos viviendo, sobre todo durante los últimos meses.

Hay dos acontecimientos relativamente recientes que se me antojan relevantes en cuanto a ser objeto del mensaje navideño de este año. ¿He dicho "de este año"? ¡Pero si el mensaje de la Navidad es siempre el mismo! El mensaje de la Navidad es siempre el mismo y al mismo tiempo es siempre nuevo. La Navidad, al igual que Dios, nunca es aburrida. ¿Cuál es ese mensaje?

El mensaje de la Navidad es éste: "Tanto amó Dios al mundo que le envió a su Hijo Único, para que todo el crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Juan 3:16).

Pero decía que hay dos acontecimientos que nos han sacudido y debido a los cuales necesitamos urgentemente que el mensaje divino de la Navidad nos diga algo que particularmente responda al trauma que nos han causado. ¿Cuál es ese mensaje particular?

Si Dios nos envió a Su Único Hijo a dar su vida por nosotros, ello implica que Dios nos valora infinitamente. Dios Padre, en la persona divina y encarnada de Su Hijo, está reafirmando nuestra dignidad como personas humanas. He dicho "reafirmando", porque ya Dios, desde el principio, nos había creado con esa dignidad, al hacernos a imagen Suya (Génesis 1:26).

Una de las metas principales de nuestro Santo Padre, el Papa Juan Pablo II, ha sido la de restaurar en el hombre contemporáneo el sentido de su propia dignidad, de su subjetividad, de su ser persona y no una cosa. El Papa ha impulsado la civilización de las personas y no de las cosas. Los dos acontecimientos relativamente recientes a los que me refería son los actos terroristas del 11 de septiembre, que todo el mundo reconoce como trágicamente importantes, y la clonación de un embrión humano en Estados Unidos, que, permítaseme una necesaria redundancia: trágicamente no todo el mundo reconoce como trágicamente importante.

La destrucción y manipulación del ser humano --sea por terrorismo o clonación, llame la atención o pase inadvertida, sea reconocida como tal o no-- para presuntamente avanzar una causa "humanitaria", es un asalto a la dignidad de las víctimas y de toda otra persona humana, por cuanto hace mella en la conciencia colectiva de que la vida humana es desechable e instrumentable.

El mensaje navideño, poseedor de innumerables facetas luminosas, viene a responderle a esta aberrante concepción del ser humano con toda la fuerza de la debilidad del Niño del Pesebre. Viene a decir un gigantesco NO a la soberbia del hombre contemporáneo y un colosal SÍ a la dignidad de todo ser humano, sea un embrión, un anciano enfermo o un joven saludable que trabaja como empresario en los más altos niveles de un edificio construido por el ingenio humano.

Si Dios se reveló en toda la plenitud de Su Ser en la fragilidad de un recién nacido colocado en una cueva para los animales, entonces ya nadie, absolutamente nadie, queda fuera de Su providencia amorosa.

Juan Pablo II dijo una vez: "El problema del hombre contemporáneo es que se ha olvidado de quién es". La Navidad nos lo viene a recordar de la manera más elocuente y que solo Dios sabe expresar: El Dios infinito devenido en un cigoto, luego en un embrión, luego en un bebé recién nacido y luego en adulto, viene a decirnos, como dijo su siervo San Agustín, que ¡somos hijos en el Hijo! Y por lo tanto hermanos con un Padre común y una madre en el cielo. ¡Feliz Navidad!

Adolfo J. Castañeda es director de programas educativos de Vida Humana Internacional.

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