En nuestra reflexión anterior (3 de diciembre del 2001), llegamos a la conclusión de que la moral, el modo de ser y vivir que respeta y promueve la dignidad del ser humano, presupone una visión adecuada de la persona humana.
En la actualidad persiste una visión reductiva de la persona humana. Se la reduce a su corporeidad (visión materialista), a un objeto de placer o consumo (visión hedonista), a una mera pieza social o laboral (visión sociologista), a un animal sofisticado (visión cientista o mecanicista) o, incluso, se va al otro extremo, exagerando su dimensión espiritual, hasta el punto de restarle importancia moral a su corporeidad (visión espiritualista o de "New Age").
La persona humana es un ser corpóreo y espiritual al mismo tiempo. Es una unidad sustancial de alma (o espíritu) y cuerpo. Decimos unidad sustancial, no accidental, porque la unión entre el alma y el cuerpo resulta en un solo ser: el ser humano, la persona humana. El cuerpo es parte intrínseca de la persona y no un mero accidente suyo; no es un traje que me ponto y luego me quito. Yo no tengo un cuerpo, yo soy mi cuerpo. Esta verdad tiene, como veremos, implicaciones importantísimas de ídole moral.
La existencia del alma humana inmortal se demuestra por la capacidad del intelecto humano de concebir ideas universales que rebasan las limitaciones del tiempo y del espacio. Las ideas del amor en sí mismo, la justicia en sí misma, las mismos conceptos geométricos del círculo, la línea y el punto, por ejemplo, no existen en el mundo material. Sin embargo, el ser humano es capaz de concebir estos conceptos. Ello es sólo explicable por el hecho de que existe una entidad espiritual que, actuando por medio de nuestro cerebro, produce estas ideas. Es imposible que algo puramente material produzca conceptos que rebasan lo material.
Ahora bien, siendo el alma una sustancia espiritual, no está sujeta a la corrupción del tiempo, como ocurre con las cosas materiales, ni tampoco, al menos no de forma absoluta, a las limitaciones de los demás cuerpos materiales. Por consiguiente, nuestra alma se caracteriza por ser espiritual, inmortal, capaz de razonar y libre.
Pero esa alma humana está sustancialmente unida a un cuerpo. No se trata de una entidad espiritual "encerrada" en un cuerpo, como creían los filósofos griegos dualistas de antaño. De hecho, no tiene sentido hablar de "en un cuerpo", de lo que es espiritual. Se trata de un espíritu encarnado o de un cuerpo animado o espiritualizado: eso es la persona humana. La unidad del alma y cuerpo que la persona humana es no admite separación sin alterar su identidad. Sin el cuerpo, no tenemos persona humana, sino sólo un alma humana; sin el alma sólo tenemos un cadáver (los cristianos creemos en la resurrección del cuerpo, tan importante lo consideramos). El alma humana reclama el cuerpo que le corresponde y el cuerpo está ordenado a su alma.
¿Por qué nos hemos empeñado en reflexionar, siquiera brevemente, sobre la concepción clásica de la persona humana como unidad alma-cuerpo? Paciencia, ya hablaremos de la persona humana en términos más modernos de dignidad y relación. Pero por el momento queremos apuntar que la importancia del tema es capital. En efecto, si toda persona humana posee un alma espiritual y si esa alma es inmortal y si a esa alma está unida sustancialmente nuestro cuerpo, entonces se sigue que toda la persona humana (no sólo el alma) posee una dignidad intrínseca y absoluta. Más sobre esto luego...Hasta la próxima.
Adolfo J. Castañeda es Director de Programas Educativos de Vida Humana Internacional. El Sr. Castañeda tiene una licencia en teología moral de la Academia Alfonsiana en Roma y dictó cursos de moral fundamental y bioética durante cuatro años en el Seminario San Vicente de Paul, en Boynton Beach, Florida, Estados Unidos.
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