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Friday, 22 April 2011 16:24

Testimonios de adopción

WRITTEN_BY_MALE  HLI
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Nota: No revelamos los nombres de algunas de las personas que escribieron estos testimonios para respetar su privacidad.

El hijo de mi corazón

Por Dolores de Jesús

José y yo nos casamos pensando en poder tener muchos hijos, pero mi primer embarazo se complicó por una enfermedad que los médicos llaman al inicio "preeclampsia" y cuando el proceso se agrava "eclampsia". Debido a esta enfermedad, los niños son incapaces de eliminar los tóxicos que se producen en el embarazo y se eleva mucho la tensión arterial. Yo me agravé en el octavo mes de mi embarazo y según los médicos no había muchas esperanzas de que sobreviviera, al igual que mi bebito. Y digo "bebito", pues tenía la intuición de que iba a ser un varón "igualito a su padre".

En ese estado perdí la conciencia y aunque de vez en cuando la recuperaba, volvía a perderla en cuanto me empezaban las convulsiones de nuevo. En cada uno de estos ataques se esperaba que ya no despertara más.

Ante tan pésimo estado, los médicos se reunieron y decidieron practicarme una cesárea. Era la única forma de salvar a mi niño y a mí. Me acuerdo que al entrar al quirófano me comenzó otra convulsión y que el anestesista me dijo: "¡Lucha por vivir!, ¡Lucha!" No recuerdo más. No recuperé la conciencia hasta muchas horas después.

Según me contó mi esposo, acabada la intervención, los médicos lo llamaron al quirófano para que me viera por última vez. Esta inconsciente y muy pálida. Le enseñaron también al bebé, un varón, pero le dijeron que al igual que yo tenía muy pocas posibilidades de vivir. Nos dieron 72 horas de vida; si las sobrevivíamos, sería un milagro.

Y el milagro de Dios sucedió, pues a las 72 horas recuperé la conciencia. Nunca podré olvidar la primera mirada de mi hijo. ¡Dios mío!... era igualito a su padre. Lo que angustiaba en esos momentos era el temor de que mi niño no se salvara. Lo tenían en una incubadora y era tan pequeñito..., tan indefenso... No llegaba a pesar ni 5 libras. A mí me dolía muchísimo la cabeza y el estómago; pero no me importaba sentirme tan mal, tan sólo le pedía a Dios que salvara a mi bebé.

Me inyectaron muchos medicamentos para tratar de controlarme la presión arterial. Los días pasaban y poco a poco mejoramos. Recuerdo algo que me impresionó bastante. En la misma clínica se encontraba por casualidad la matrona mayor que atendió el nacimiento de mi esposo José. Ella vino a ver a mi hijo recién nacido y cuando lo vio exclamó: "Niño que se parece al padre honra a la madre".

Eran tantos los deseos de tener más hijos, que a pesar de que sabía que corría mucho peligro, volví a quedar embarazada y a los dos años nació mi "niña bonita", Sofía. El embarazo también fue problemático, volví a enfermar de nuevo con preeclampsia, pero esta vez el tratamiento me fue mejor y me hicieron la cesárea a su debido tiempo. Sofía estuvo 33 días en la incubadora y tuvo que luchar mucho por su vida. Hoy es una linda mujer casada y con dos hijas.

En el tercer embarazo, las dificultados se agravaron y nuestro hijo murió a las 30 horas de nacido. Fue un golpe muy duro para José y para mí. Mi niño había muerto y ya no podría mecerle entre mis brazos. En ese momento pensé: "Dios mío te ofrezco este dolor tan profundo. Te doy gracias porque Antonio José se pudo bautizar y se encuentra ahora como un angelito más en el cielo. Pero mis brazos han quedado vacíos, concédeme la gracia de poder adoptar un bebé y llenar este vacío que siento."

Los años pasaron, pero a pesar de ello nunca dejé de esperar que se me concediese esta gracia. Por aquel tiempo a mi esposo le fueron bien las cosas desde el punto de vista económico y nos pudimos empezar a desenvolver en un ambiente cristiano de clase media-alta. Incluso, pudimos construir una casa muy cómoda y amplia en un barrio residencial. Pero nos faltaba algo... Me daba cuenta de que, al igual que yo, José deseaba tener más hijos, pero por la gravedad de mi estado no me era posible.

Visitábamos las diferentes instituciones dedicadas a la adopción de bebés. Aunque reuníamos los requisitos, por un motivo o por otro, pasaron trece años. Mis hijos, José Antonio y Sofía eran ya adolescentes. José continuaba al frente del negocio y yo me matriculé en la universidad para comenzar otra carrera que ayudara más en mi vida profesional.

Una mañana, inesperadamente, nos llamaron y nos comunicaron que habían recogido una niña expósita (de padres desconocidos) y nos dijeron si todavía estábamos dispuestos, podría ser la hija que tanto habíamos esperado.

Mi esposo y yo nos entusiasmamos muchísimo. Pero, primero que todo, teníamos que consultar el asunto con nuestros hijos y con la nana que lo cuidaría. Nos reunimos inmediatamente. No había tiempo que perder, ya habíamos esperado trece largos años y no nos quedaba mucho tiempo de juventud para poder hacer frente a la crianza de una nueva criaturita.

Nuestra hija Sofía fue la primera que se entusiasmó al saber la noticia, de tal forma que nos preguntó: "Papi y mami: ¿cuándo llega nuestra hermanita? ¡Que venga pronto!" Mi hijo se quedó pensativo, y al momento nos dijo: "Caray, yo pensaba que este momento nunca iba a llegar"; y agregó con una gran sonrisa: "¡Tráiganla pronto!". La nana nos prometió cuidarla y amarla como una segunda mamá. Fueron momentos de un gozo inefable, nuestros corazones palpitaban de alegría y con gran ansia esperamos la llegada a casa de nuestra hijita. Cuando apareció la traían envuelta en pañales, me la pusieron en mis brazos y toda la familia se acercó a acariciarla.

Al mirarla por primera vez experimenté la misma sensación que cuando vi por primera vez a mis hijos: ¡Dios mío! ¡Qué linda es...! ¡Cuánto amor sentía por ella...! Comprendí que esa pequeña niña siempre había estado en mi corazón. Se llamaría María, sí, como la Virgen María, a quien tanto yo le había rogado por esta hija. Sofía dijo: "María Cristina". Con ese nombre fue bautizada. En ese maravilloso momento entendí que "Dios manda a los hijos por diferentes medios; unos los pone en el vientre y otros los pone en el corazón". Es lo que suelo decir a mi hija María Cristina desde que tuvo uso de razón.

A raíz de la llegada de esta niña, ayudamos a 8 familias que estaban ansiosas por adoptar un bebé. Personalmente pude comprobar la felicidad de esos padres cuando recibían y criaban a esos bebitos enviados por Dios a sus corazones "a través del vientre" de otras mujeres.

Hoy mi hija Cristina cuenta con 18 años de edad y es una estudiante universitaria. Estos 18 años han sido de muchas alegrías y satisfacciones, pero como cualquier otra familia, también hemos tenido sufrimientos y problemas, con ella y con los otros dos hijos mayores. Nos sentimos satisfechos porque Dios respondió a nuestra petición concediéndonos esta linda hija. Ella nos ha unido enormemente y ha completado la familia, que si bien no son los doce que planeamos de novios, no deja de ser un buen número.

Durante mis años de espera comprendí el dolor que sufren todas esas "madres en potencia", mujeres que no pueden llenar sus expectativas de ser madres y que nunca podrán acariciar en sus brazos al hijo tan deseado.

Paradójicamente, sin embargo, hay otras mujeres que quedan embarazadas y que por diferentes motivos piensan que no están en la situación de poder atenderlos una vez que nazcan. Entonces optan por la falsa y más rápida "solución": el aborto. No se detienen a pensar que esa vida no les pertenece, que el aborto es un crimen, un gran pecado y que ese niño tiene derecho a nacer. No se paran a pensar que el aborto no es la "solución" ni para ellas ni para el niño; ellas lo llevarán siempre sobre su conciencia.

Es por ello que la Madre Teresa de Calcuta ha llegado a decir: "No los aborten, dénmelos a mí". Esa es la misma súplica de tantas madres, que con los brazos vacíos esperan al "hijo de su corazón".

Cuán felices podrían ser esos niños si los dejaran nacer. Y qué felices podrían ser esas madres que sufren por no poder dar a luz y que los desean adoptar como hijos con todo su corazón. Yo pienso: "Dios mío, ¡Cuántas madres hay con los brazos vacíos; pero también cuántas mujeres hay que matan a sus hijos..."

Pido a Dios para que no se cometan más crímenes contra los bebés no nacidos y que en lugar de ello se agilicen más los trámites burocráticos para facilitar las adopciones. Todos seríamos así más felices. Daríamos la oportunidad para vivir a esos niños para que puedan cumplir el proyecto que Dios tenía pensado para ellos. Haríamos felices a muchísimas madres. Y lo que es más importante; evitaríamos que muchas mujeres sientan ese peso tan horrible sobre su conciencia, el peso de haber matado a su propio hijo.

Mientras tanto, pido a Dios que esas mujeres que se han practicado el aborto se arrepientan, recurran al Sacramento de la Confesión y experimenten el perdón y la curación de nuestro Dios misericordioso. Y como dice el Santo Padre el Papa Juan Pablo II, dirigiéndose a estas mujeres en el número 99 de su maravillosa Encíclica El Evangelio de la Vida: "Os daréis cuenta de que nada está perdido y podréis pedir perdón también a vuestro hijo que ahora vive en el Señor". Ese bebé también debe el "hijo de su corazón".

Fuente: La Sra. Dolores de Jesús ha trabajado para Vida Humana Internacional.

 

 

Testimonio de José y María

José y María, nos unimos en matrimonio en 1981, con un gran deseo de formar una familia. Los planes de tener hijos los hicimos desde antes de casarnos.

Cuando pasaron 6 meses y mi esposa no salía embarazada, comenzamos a preocuparnos. Después de un año acudimos al IMSS (Instituto Mexicano del Seguro Social) , para iniciar una serie de estudios, dando como resultado que no podríamos tener o engendrar a un nuevo ser.

Aquí fue donde todo se nos fue abajo: sueños, ilusiones. En ese momento lloramos como dos niños, yo como hombre no quería saber nada de la vida, quería mejor morir. Y yo como mujer, me sentí tan mal por no poder ser madre; ya que en el Seguro Social se nos dijo que solo un milagro podría cambiar nuestro destino.

Después de varios días empezamos a reflexionar y a buscar cómo vivir nosotros dos solos. Así pasaron dos años, para ésta fecha teníamos un año dentro del MFC (Movimiento Familiar Cristiano). Aprendimos a aceptarnos tal como somos con todo y deficiencias, pero a los tres años de casados sentíamos una gran soledad. Fue entonces cuando comenzamos a buscar otros medios para engendrar un hijo. Nos pasaron a nuevos estudios en especialidades, nos recomendaron una clínica particular y todo fue en vano. Nos ofrecieron un solo medio: la inseminación artificial, pero desde el momento que escuchamos esa palabra, supimos que era algo que nosotros no podíamos aceptar.

Tomamos la decisión de buscar un hijo para adoptar. Empezamos a sentir que había una esperanza, dentro de nosotros había un gran vacío, una gran tristeza, por no tener ese hijo tan deseado. Nos dimos a la tarea de buscar un hijo para adoptar. Visitamos un hospicio pero regresamos sin esperanzas, volviendo a la misma soledad y tristeza. Cada vez que nos decían de un niño, dejábamos todo y siempre encontrábamos la misma respuesta.

Por fin llegamos a una institución, donde sí nos tomaron en cuenta. Asistimos a una serie de entrevistas para ver si estábamos preparados o no para adoptar a un bebé, que sería nuestro hijo. Todo empezó a cambiar en nuestra vida, había una pequeña esperanza. Temíamos que nos fueran a pedir mucho dinero, pero nos sorprendió saber que no teníamos que pagar nada. Solo teníamos que asistir a un curso de cuatro meses de preparación, para recibir a ese hijo y estar preparados para ser padres.

Después de 9 años de casados y de un año de haber llegado a esta institución, un gran día nos avisaron que había nacido una niña, y nos preguntaron si estábamos dispuestos a recibirla, ya que había un pequeño problema: que la niña estaba delicada. No había muchas posibilidades de que viviera y nos preguntaron que si así la aceptábamos. No tuvimos que pensarlo mucho y nuestra respuesta fue: pensamos que a esta niña nosotros no podíamos estarla eligiendo porque es una persona, es como si mi esposa estuviera embarazada y de repente nos dijera el doctor: "su niño no va a nacer normal, tiene cierta deficiencia". ¿Podríamos acaso decir nosotros: no la queremos?

Nuestra respuesta fue "claro que la queremos tal como sea ella". En ese momento nuestro corazón no cabía en nuestro pecho de la alegría.

Al escribir sobre este gran momento no podemos contener nuestras lágrimas de tan solo recordar aquel gran día.

Después de avisarnos, nos fuimos a la clínica para que nos la entregaran. En estos momentos la niña, o sea nuestra niña, Verónica, tiene 9 meses y nuestra casa ya no es fría ni somos personas tristes. ¡Gloria a Dios!

Fuente: Este testimonio de la vida real fue recibido por Vida Humana Internacional. Hemos preferido mantener a los autores en el anonimato para proteger su privacidad y la de su hija.

 

 

La adopción: una decisión de amor

Por Fabio Curtidor Argüello y Martha Hernández de Curtidor

Cuando se habla de adopción, inmediatamente nos referimos a tres protagonistas: los padres adoptantes y por supuesto el hijo adoptivo. Pero desde luego existe una cuarta protagonista: "la madre biológica" quien generalmente es juzgada con dureza por el acto de donación que hizo.

Quienes somos padres adoptantes, gracias a esas mujeres anónimas, vemos con otra óptica la profundidad de su actitud.

El día que recibimos a Laura nuestra hija estábamos muy felices; pero sabíamos que detrás de nuestra felicidad, había también una profunda tristeza y dolor de la persona que se desprendió de ese ser. Pensábamos en su drama que seguramente se agudizaba en esos días de Navidad. Comprendimos que sólo una capacidad muy grande de amar, había hecho posible que esta madre se desprendiera del hijo de sus entrañas; y ello lo corroboramos el día que tuvimos la oportunidad de leer una carta que una joven madre dejó junto con su hijo en la casa de adopción. En ella manifestaba que lo que la motivaba a dejar a su hijo en adopción no era la irresponsabilidad, sino la imposibilidad de darle al hijo lo que en ese momento requería, ni siquiera un padre. Pero pedía el favor a los futuros padres de su hijo que lo amaran y lo cuidaran, y que le dijeran que ella lo amaba desde lo más profundo de su alma y que siempre lo recordaría.

Sabemos que este mensaje es común en estas madres, y sabemos por experiencia que nuestra respuesta de padres adoptantes también es común: "gracias por este acto tan sublime, por darle a nuestra hija la oportunidad de vivir; gracias por respetar su vida." Queremos decirle a la madre "biológica" de Laura Jimena que hemos recibido el regalo más maravilloso de la vida; que por su desprendimiento hoy estamos disfrutando de la dicha de ser padres; que queremos a Laura con todo nuestro corazón y luchamos día a día por brindarle las mejores condiciones físicas y afectivas para que se desarrolle sana y armoniosamente. De hecho nuestra hija es una niña feliz; aprendió a caminar rápidamente y asímismo a hablar; tiene 6 años, ya sabe leer y escribir, está contenta en el colegio, le gusta patinar y salir a las montañas.

Es muy sana física y mentalmente. Sabe de la existencia de su mamá biológica y siempre le hemos inculcado el amor por ella y Laura ha aprendido a quererla.

Nosotros igualmente la recordamos con la más profunda gratitud. Cuando escuchamos frases como "madres desnaturalizadas", obviamente somos sus más enconados defensores, porque entendemos la magnitud de su decisión.

La mejor manera de pagarles por su desprendimiento es el inmenso amor que les damos a nuestros hijos.

Queremos decirles a las madres que hoy se encuentran desesperadas ante el hecho de un hijo al cual están en imposibilidad de criar y atender física o emocionalmente en este momento, que conocemos de muchas parejas que hoy esperan realizar sus sueños de ser padres a través de la adopción. Sólo la decisión valiente y el respeto por la vida, aún en las condiciones más adversas, hará posible que esas parejas como nosotros puedan hacer realidad sus sueños.

Sólo nos resta decirles a las madres de nuestros hijos: ¡Gracias por la magnitud de su entrega y que Dios las colme de bendiciones como nos ha colmado a nosotros en los hijos que tan valientemente nos han donado!

Fuente: Revista Familia y Sociedad publicada por CENPAFAL en Colombia, mayo-junio de 1997.

 

“He venido a dar vida y vida en abundancia.” Juan, 10,10

Soy Jaime Arturo Pallares Crespo. Fui adoptado.

Para muchos la palabra adopción produce temor o ternura, para otros es algo desconocido. Para mí significa una decisión de amor, gratitud y confianza en Dios.

No juzgo las circunstancias que mi madre biológica debió pasar. No la conocí. Lo que si puedo decir que en su acto de valentía y de respeto por mi vida me dio la oportunidad de vivir, de sentirme amado y de amar. Cuando a muchas otras madres en el mismo caso les asalto la terrible tentación del aborto como alternativa. Debió sufrir mucho. Quizás tuvo confusión y no habría sabido qué hacer. Cuánto dolor y angustia debió sentir. Pero me amó y lucho por mí.

Señor te pido perdón por las veces que me he olvidado de orar por ella, por su salvación. En mi corazón no hay rencor, no hay dolor. Solamente Tú, mi Dios, conoces en profundidad el alma y la vida de ella. Bendícela.

Para mis papás adoptarme significó un acto de amor, de entrega y de felicidad. Soy el hijo primogénito, ese niño que tanto soñaron. Soy el hijo que vino a llenar el vacío y a colmar de ilusión sus vidas. Cuánta generosidad hubo y hay en ellos.

Somos tres hijos. A mis hermanas y a mi nos amaron, educaron y nos enseñaron a amar a Dios con su oración y ejemplo.

La adopción cambio mi vida y al conocer, amar y servir a Dios cambio mi eternidad. Mi vida es el primero de los bienes recibidos de Dios y es el fundamento de todos los demás

Hoy reafirmo que soy feliz, me conozco, y acepto quién soy. Tengo una familia unida, una esposa maravillosa, mi mejor amiga, la amo incondicionalmente. Tengo unos hijos que han llenado mi vida, son un regalo de Dios.

Tengo muchos amigos, junto a ellos he crecido y hemos hecho una profunda amistad e íntima unión donde compartimos ideales y aficiones, y ahora nos une un entrañable amor a Dios.

Así como yo, todos los niños del mundo tienen el derecho al don de la vida, a ser amados y amar; a proyectarse, a trascender, a cumplir sus propios ideales y a ver realizados sus sueños; a mirar que en el cielo tenemos al Padre Dios, a la mamita Virgen y a seguir las huellas de Jesús.

Quisiera compartir con ustedes una oración inspirada por Jesús, la misma que ha regido mi vida.

¡Padre Dios!

No mires, nuestra pequeñez, que la carne es débil y el demonio trata de confundirnos. Tú nos diste un alma noble, haz que la nobleza de mi alma venza a la carne débil, los juicios, los orgullos, y todo aquello que mancha mi alma. Permite, Padre, que esa luz luminosa que pusiste en mi alma en el momento en que me diste al mundo, brille siempre en mí, y yo sea instrumento del que Tú te valgas para que yo ponga amor, paz, abandono, confianza y sobretodo, Padre mío, certeza de que estás conmigo y en cada una de las almas. Que la luz que Tú me has dado en el momento de nacer se mantenga limpia, transparente el momento de mi muerte, para que yo pueda volar a ti, a formar parte de la Luz que, eres tú, mi Dios, mi Padre y mi Amor.

Amen

 

Last modified on Thursday, 19 July 2012 16:04
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