Adolfo J. Castañeda, MA, STL
Director de Educación
Vida Humana Internacional

 

La tesis fundamental que está implícitamente presente a la base de la perversa ideología de “género” es la insensatez de pretender negar la importancia del cuerpo como dimensión intrínseca de la persona humana. De ahí que esta ideología proponga la demencial idea de que cada persona puede decidir desde su “yo” interior el “género” con el cual desea identificarse, independientemente de su sexo biológico. De ello se deduce que esta teoría proponga la existencia de un número incalculable de “géneros”, ya que son miles de millones las personas que habitan el planeta – y cada una de ellas, si quiere, puede elegir el “género” que más le plazca – aunque los que más se conocen son los de lesbiana, homosexual, bisexual y transgénero, cuyas siglas son (LGBT).

 

La implantación de esta ideología por parte de las elites dominantes – políticos, académicos, ideólogos, miembros de los medios, actores de cine y TV, etc. – está teniendo efectos muy nocivos, sobre todo en cuanto a la integridad moral de los niños, por ejemplo, a través de la “educación” sexual.

 

Otro efecto negativo es la visión incorrecta de lo que significa ser hombre y mujer, y más concretamente aún, de lo que significa ser padre y madre de familia. Dejando la identidad materna para otro artículo, podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que la falta de una clara identidad paterna constituye un grave detrimento para una sociedad. Una sociedad huérfana de padre, por defunción o por ausencia (física o espiritual), es una sociedad en camino a un grave deterioro moral y social.

 

Ahora bien, no hay otro medio más capaz de darnos una visión correcta de la paternidad que la auto-revelación de Dios en Cristo. Cristo es la revelación definitiva y completa de Dios (ver Catecismo, no. 65), y él nos ha revelado a Dios como Padre. Esa revelación tiene una importancia capital para rescatar la verdadera identidad paterna, que tanto necesita nuestra cultura actual.

 

Precisamente por ser Jesús la revelación definitiva de Dios, él es también la plenitud del cumplimiento de la auto-revelación de Dios en el Antiguo Testamento (ver Catecismo, no. 65). Por consiguiente, debemos comenzar por explorar, aunque sea brevemente, cómo se reveló Dios como Padre antes de la venida de Cristo al mundo.

 

El primer dato que encontramos en la revelación que Dios hace de sí mismo en la Biblia, interpretada auténticamente solamente por el Magisterio de la Iglesia (ver Catecismo, no. 85), es que Dios es llamado Padre en cuanto Creador del mundo” (ver Catecismo, no. 238). En efecto, la Biblia dice: “¿Así es como le pagan al Señor? Pueblo necio y sin sabiduría, ¿no es Él tu Padre, tu creador?” (Deuteronomio 32:6). Y también dice: “¿Acaso no tenemos todos un mismo Padre, que es el Dios que a todos nos ha creado?” (Malaquías 2:10).

 

Dios también es llamado Padre de Israel en virtud de la Alianza que ha establecido con Israel y el don de la Ley que le ha dado a Su Pueblo elegido, a quien llama su “primogénito”. A las preguntas de Moisés de cómo podrá salvar a Israel de la esclavitud en Egipto, Dios le responde: “Le dirás al faraón: ‘Así dice el Señor: Israel es mi hijo mayor’” (Éxodo 4:22, ver  Catecismo, no. 238).

 

También Dios es llamado el Padre del rey de Israel. Por medio del profeta Natán, Dios se dirige a David y a los reyes que le sucederían diciéndole: “Yo le seré un padre, y él me será un hijo” (2 Samuel 7:14).

 

De manera muy especial, Dios es llamado “el Padre de los pobres, del huérfano y de la viuda, que están bajo su protección amorosa” (Catecismo, no. 239). Al respecto, el salmista canta: “Dios, que habita en su santo templo, es padre de los huérfanos y defensor de las viudas” (Salmo 68:5).

 

En toda esta revelación de Dios como Padre en el Antiguo Testamento, resaltan las características esenciales de la paternidad divina. Primero, es un Padre generoso en cuanto a crear nuevas vidas (Padre Creador). Segundo, es un Padre que está irrevocablemente comprometido con ser guía de su “hijo Israel” (la Alianza que ha establecido con Su Pueblo). Esta función de guía es reforzada de autoridad al revelarse como Padre de los reyes de Israel, a través de los cuales es Dios mismo el que guía a Su pueblo. Pero esa autoridad es expresada de manera amorosa y solícita, porque Dios se revela como Padre del huérfano y protector de las viudas. En resumen: la paternidad divina se caracteriza por la generosidad en dar vida, la autoridad para guiar esa vida, la protección y provisión que da a la vida que guía, y el amor con el que realiza cada una de estas funciones.

 

Ahora vamos a explorar brevemente por qué Jesús revela a Dios como su Padre, qué significado tiene esa revelación y qué implicaciones tienen ambas cosas para una correcta visión de la paternidad humana.

 

Comenzando con el por qué Jesús revela a Dios como su Padre, hay un dato más que señalar en cuanto a la revelación de Dios como Padre en el Antiguo Testamento. La Iglesia nos enseña que “al designar a Dios con el nombre de ‘Padre’, el lenguaje de la fe indica principalmente dos aspectos: (1) que Dios es origen primero de todo y autoridad trascendente y (2) que es al mismo tiempo bondad y solicitud amorosa para todos sus hijos” (Catecismo, no. 239, el énfasis es nuestro).

 

A continuación, la doctrina de la Iglesia aclara que “esta ternura paternal de Dios puede ser expresada también mediante la imagen de la maternidad” (Catecismo, no. 239, el énfasis es nuestro). Por ejemplo, Dios se dirige a Su Pueblo diciéndole: “Como una madre consuela a su hijo, así yo los consolaré a ustedes” (Isaías 66:13). También el salmista expresa su absoluta confianza en Dios cantando: “Estoy callado y tranquilo, como un niño recién amamantado que está en brazos de su madre” (Salmo 131:2). Respecto de esta imagen maternal de Dios, la Iglesia nos enseña que ésta “indica más expresivamente la inmanencia de Dios, la intimidad entre Dios y Su criatura” (Catecismo, no. 239, el énfasis es nuestro).

 

Basados en esta doctrina, podemos afirmar que la referencia a Dios como Padre apunta a Su trascendencia; mientras que la imagen maternal se refiere a su inmanencia. Ahora bien, la trascendencia de Dios se refiere al hecho de que el Ser de Dios es absoluta e infinitamente superior al ser creado, no significa para nada una “lejanía” de Dios. Mientras que la inmanencia de Dios se refiere al hecho de que ese Dios trascendente está siempre amorosamente presente en cada una de sus criaturas. No hay ninguna oposición entre estas dos dimensiones del Ser de Dios.

 

Sin embargo, sí hay que señalar que es la trascendencia de Dios lo que hace posible su inmanencia. Si Dios no fuera de verdad Dios, no podría ser inmanente. Por consiguiente, la trascendencia divina tiene precedencia sobre Su inmanencia, incluso es la causa de esta última (ver Manfred Hauke, Women in the Priesthood? San Francisco: Ignatius Press, 1988, pp. 221-225.)

 

Por esta razón se entiende que el aspecto maternal de Dios en la revelación divina sea una imagen, muy expresiva por cierto, de Su presencia amorosa entre nosotros. En cambio, el nombre de “Padre” no es una imagen o símbolo, sino que expresa realmente lo que Dios es en Sí mismo. La Iglesia lo explica muy bien cuando nos enseña: “Conviene recordar, entonces que Dios trasciende la distinción humana de los sexos. No es hombre ni mujer, es Dios. Trasciende la paternidad y la maternidad humanas, aunque sea su origen y medida. Nadie es padre como lo es Dios” (Catecismo, no. 239, el énfasis es nuestro).

 

En otras palabras, no es la experiencia humana de la paternidad lo que hace que llamemos a Dios “Padre”, sino al revés, es porque Dios es Padre que tenemos la experiencia de la paternidad humana. Esta última se deriva de la primera. Aunque en el orden del tiempo conocemos primero a nuestros padres y luego proyectamos esa imagen (buena o mala) a Dios Padre, no debemos confundir ese orden cronológico y la experiencia psicológica que en ese orden ocurre, con la realidad ontológica (es decir, que se refiere al Ser de Dios) de que Dios es Padre. San Pablo expresa muy bien esta verdad cuando nos enseña por medio de una bella oración lo siguiente: “Por esta razón me pongo de rodillas delante del Padre, de quien recibe su nombre toda la familia, tanto en el cielo como en la tierra” (Efesios 3:14, referido en Catecismo, no. 239, el énfasis es nuestro).

 

Jesús es, en su propia persona, la culminación y la plenitud de la revelación de Dios (ver Catecismo, no. 65, ver también Hebreos 1:1-4). “Jesús ha revelado que Dios es ‘Padre’ en un sentido nuevo: no sólo en cuanto a Creador, es eternamente Padre en relación a su Hijo Único, que recíprocamente sólo es Hijo en relación a Su Padre” (Catecismo, no. 240). Por eso, Jesús mismo nos enseña que “Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Mateo 11:27). Por consiguiente, Dios es Padre en Sí mismo y no sólo en su relación con las personas humanas.

 

De manera que la solución a la deformación que ha sufrido la imagen de la paternidad humana en nuestra cultura actual NO es abandonar la revelación divina y la doctrina de la Iglesia de Dios como Padre, sino corregir esa deformación expresando, siempre con amor, respeto y humildad (ver 1 Pedro 3:15), el concepto correcto de Dios como un Padre que es generoso en crear nuevos hijos e hijas, cuya autoridad es un servicio amoroso para guiar con Su sabiduría a Sus hijos e hijas, así como ser un proveedor y protector de ellos y ellas.

 

Los padres humanos deben ejercer estas características de Dios Padre. Deben ser generosos junto a sus esposas en la transmisión de la vida, deben guiar con sabiduría y amor (¡nunca con despotismo ni falta de respeto!) a su esposa y a sus hijos, y ser valientes protectores y responsables proveedores de su familia.

 

El cobarde abandono (espiritual o físico) de sus familias por parte de no pocos padres es una de las tragedias más espantosas que sufre nuestra sociedad actual. Peor aún, de hecho es abominable, es el abuso (verbal o físico) que algunos padres ejercen sobre sus esposas o sus hijos. La irresponsabilidad sexual de no pocos hombres que cometen fornicación o adulterio es también una catástrofe social, causante de pobreza, daño psicológico y espiritual, e incluso abortos. Esta irresponsabilidad es exacerbada por el machismo, ideología que estúpidamente plantea que se es “más hombre mientras más aventuras sexuales se tenga”. Ello no es otra cosa que una desvergonzada traición a lo que de verdad significa ser hombre y, eventualmente, ser padre.

 

Los hombres, desde el momento mismo del comienzo de su existencia, tienen grabado en su naturaleza masculina, la dimensión y el llamado divino a ser padres, tanto en la vocación matrimonial, como en la vocación al celibato por el reino de los cielos. No se trata solamente de funciones y características, sino de que éstas fluyan del ser masculino y paterno.

 

Trágicamente, la ideología de “género”, la anticoncepción, el aborto, el machismo, el feminismo antivida y otros factores han causado una gravísima distorsión de la imagen paterna y están contribuyendo a la destrucción de una sociedad que, durante dos mil años, ha tenido su fundamento en la doctrina de Cristo y de su Iglesia.

 

Adolfo J. Castañeda, MA, STL
Director de Educación
Vida Humana Internacional

 

Todo el mundo está hablando del “calentamiento global” y el “cambio climático”. La pregunta fundamental es si la actividad humana tiene un efecto catastrófico en el clima y en el medio ambiente a nivel global. Hay instituciones, científicos, académicos, políticos, miembros de la prensa y hasta gente común, como usted y yo, que debaten este tema con opiniones distintas en incluso contradictorias.

 

Es evidente que todas las personas sensatas y de buena voluntad desean que sus países y el mundo entero tengan agua, aire, campos y ciudades limpias y no contaminadas. También están dispuestas a hacer todo lo razonablemente posible para lograr este noble objetivo. Y también quieren prevenir, en la medida de lo posible, las catástrofes naturales, como los terremotos, los ciclones y los tsunamis.

 

Yo, por lo menos, estoy a favor del desarrollo de energía verde, siempre y cuando dicho desarrollo no esté bajo el control de los gobiernos ni mucho menos aún de organizaciones supranacionales, como la ONU o la OEA; y si dicha energía llega al punto de ser verdaderamente eficaz, y sus precios, salarios y costos sean justos, respectivamente, para los consumidores, los empleados y las compañías que la producen.

 

A propósito, y antes de exponer el argumento principal de este artículo, no me gusta el término “cambio climático”. Para comenzar, el clima siempre está cambiando y eso no es necesariamente malo: hoy puede estar lloviendo y mañana no; hoy puede hacer frío y mañana calor – para los habitantes de Miami, como yo, esto último no sorprende, pues el clima en esta ciudad siempre ha sido un poco alocado. Pero bueno, eso es otro asunto.

 

Tampoco me gusta el término “cambio climático” porque es una frase ambigua que puede tener muchos y hasta contrapuestos significados. Es uno de esos términos que pueden significarlo todo o no significar nada. Y precisamente por esa razón puede estar sujeto a la manipulación ideológica.

 

Pero, me desvío del tema que quiero abordar. Pido disculpas.

 

Mi argumento aquí no es ni afirmar ni refutar la tesis del “cambio climático”. Dejaré eso a los expertos, siempre y cuando éstos actúen de buena fe y no movidos por ideologías que sólo favorecen a las elites dominantes. Mi propósito es llamar la atención sobre un factor que real e indiscutiblemente sí ha venido afectando negativamente, y a veces de manera catastrófica, a la naturaleza y al clima. Se llama “pecado”.

 

La Iglesia Católica y la Biblia nos enseñan que el pecado original y el personal han afectado dramáticamente (aunque no completamente) no sólo a la naturaleza humana, sino incluso al resto de la creación (ver Catecismo, nos. 415-421). San Pablo nos enseña que “el anhelo ardiente de la creación es el aguardar la manifestación de los hijos de Dios. La creación fue sujetada a vanidad, no por su propia voluntad, sino por causa del que la sujetó en esperanza; porque también la creación misma será libertada de la esclavitud de la corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8:19-21).

 

Los términos “vanidad” y “corrupción” son bastante fuertes. Pero describen con mucho realismo, desde una perspectiva teológica y moral, la hostilidad que el hombre experimenta al intentar someter a la naturaleza (ver Génesis 3:17-19), así como los desastres naturales que de cuando en cuando afectan a la humanidad: inundaciones (ver Génesis 7:11-12), lluvias de fuego y azufre (ver Génesis 19:24), plagas (ver Éxodo 7-12) y sequías (ver 1 Reyes 17).

 

En cada uno de los ejemplos que acabo de dar hay una correlación directa entre el pecado y el desastre natural en cuestión. Sin embargo, esta correlación no siempre se debe establecer. De hecho, Jesús mismo nos puso en guardia contra ella, especialmente, pero no únicamente, cuando se trata de enfermedades (ver Juan 9:1-3) y de accidentes fatales (ver Lucas 13:1-5). Nos enseñó a que dejáramos en manos de Dios esos juicios (ver Mateo 7:1-5).

 

Sin embargo, Cristo sí usó la ocasión de eventos trágicos, como los apenas citados, como poderosos símbolos para enseñarnos la importancia capital de convertirnos, so pena de sufrir una catástrofe mucho peor y que no tiene solución: la condenación eterna para los que obstinadamente persisten en el pecado mortal sin arrepentirse antes de morir. De manera que, sin juzgar a nadie que sufra una catástrofe natural o accidente humano, podemos afirmar de manera general que hay una misteriosa conexión entre el pecado y sucesos perjudiciales como éstos.

 

Por supuesto, nuestra actitud ante las víctimas de un desastre natural o de una tragedia por causa de error o maldad humana debe ser siempre la solidaridad, es decir, la oración y la ayuda en la medida de lo posible, sin importar para nada el estatus moral de estas personas.

 

Independientemente de la opinión que usted y yo tengamos ante el debate en torno al “cambio climático”, hay una cosa con la cual todos tenemos que estar de acuerdo: las medidas que se tomen para preservar o mejorar el medio ambiente siempre deben respetar los principios morales, es decir, la vida, la dignidad y los demás derechos fundamentales de las personas.

 

Lamentablemente, hay “expertos" que andan diciendo por ahí el infame disparate de que para preservar el medio ambiente y la biodiversidad, es necesario reducir drásticamente la población mundial. Por ejemplo, el desacreditado biólogo Paul Ehrlich ha dicho que la actual población mundial de 7 mil millones de personas debe ser reducida a 1.2 mil millones, porque de lo contrario la biodiversidad será afectada catastróficamente.

 

Este señor fue uno de los que comenzó la falsa ideología de la “sobrepoblación” con su desatinado libro “La bomba de la población”, publicado en 1968. Ninguna de sus predicciones fatalistas se ha cumplido. Sin embargo, él y otros de similar ideología siguen promoviendo el aborto, la anticoncepción y la esterilización, para lograr este objetivo, como si los seres humanos fueran depredadores ambientales simplemente por existir en este planeta.

 

Desgraciadamente, el señor Ehrlich y otros como él, por ejemplo, el economista Jeffrey Sachs, han sido invitados al Vaticano para que vomiten sus venenosas ideas en foros internacionales organizados por despistados e ingenuos eclesiásticos de alto nivel.

 

Estos métodos antivida, llamados eufemísticamente “planificación familiar” y “salud reproductiva” son promovidos por poderosos y bien financiados organismos internacionales, que también se dedican a corromper la mente y el corazón de niños, adolescentes y jóvenes por medio de la también eufemísticamente llamada “educación integral de la sexualidad”.

 

Entre estas agencias se encuentran el gigante abortista IPPF (que tiene filiales en toda 
América Latina); el Consejo de Población, cuyo vicepresidente también fue invitado a hablar en un foro organizado por el Vaticano; Marie Stopes International; IPAS; y varios organismos de la ONU, como UNICEF, UNESCO, ONU Mujeres, la Organización Mundial de la Salud (OMS) y el Fondo de Población (UNFPA), que ha estado apoyando el infame programa de 1 o 2 hijos por familia del gobierno chino, que incluye abortos y esterilizaciones forzosas, y que ha matado, por medio del aborto, desde que inició en 1980, más de 300 millones de niños y niñas que no habían nacido todavía.

 

Ante las severas advertencias de Jesús, uno se pregunta qué pasará con toda esta gente que está promoviendo estas criminales “soluciones” a lo que ellos consideran es un grave problema mundial. No podemos ni debemos de ninguna manera juzgar ni mucho menos condenar a nadie; pero sí debemos evaluar su comportamiento, dejando el juicio final del estado espiritual de estas personas a Dios. Pero hay una cosa que sí sabemos por la doctrina del propio Cristo, que el que no se arrepienta en esta vida de sus pecados mortales, se encontrará en la otra viviendo en un medio ambiente muy caliente y sin ningún cambio climático.

 

Brian Clowes, PhD
Director de Investigación y Educación
Human Life International

 

La formalización de la política demográfica de EEUU


El Consejo para la Seguridad Nacional de EEUU es el organismo de más alto nivel que se dedica a tomar decisiones en torno a la política de ultramar de EEUU. El 10 de diciembre de 1974, ese consejo promulgó un documento secreto de alto nivel titulado Memorando para el Estudio de la Seguridad Nacional 200 (NSSM-200, por sus siglas en inglés). Este documento también se conoce con el nombre de Informe Kissinger. El tema que abordó el Informe Kissinger fue “Las implicaciones del crecimiento mundial de la población para la seguridad de EEUU y sus intereses de ultramar”.

 

Este documento, publicado poco después de la primera conferencia internacional sobre población en Bucarest, fue el resultado de la colaboración entre la Agencia Central de Inteligencia (CIA, por sus siglas en inglés), la Agencia de EEUU para el Desarrollo Internacional (USAID, por sus siglas en inglés) y los Departamentos de Estado, Defensa y Agricultura.

 

El Informe Kissinger fue hecho público cuando fue desclasificado y transferido a los Archivos Nacionales de EEUU en 1990.

 

Aunque el gobierno de EEUU ha emitido cientos de documentos acerca de distintos aspectos de la seguridad nacional de EEUU desde 1974, el Informe Kissinger continúa siendo el documento fundamental sobre el control demográfico que ha emitido dicho gobierno. Por consiguiente, ese documento sigue siendo la representación oficial de la política de estado de EEUU sobre el control demográfico.

 

El Informe Kissinger tiene una importancia crítica para los que trabajan a favor de la vida en todo el mundo. Ello se debe a que en este documento se perciben con toda claridad los perturbadores motivos y métodos carentes de ética del movimiento a favor del control demográfico.

 

El propósito del Informe Kissinger

 

El propósito principal de las actividades para controlar la población que reciben financiamiento de EEUU es mantener el acceso a los recursos minerales de los países menos desarrollados (PMD). Al respecto en el Informe Kissinger dice lo siguiente:

 

“La economía de EEUU requerirá grandes y crecientes cantidades de minerales del extranjero, especialmente de los PMD… Ese hecho aumenta el interés de EEUU en la estabilidad política, económica y social de los países suministrantes. Dondequiera que una disminución de las presiones demográficas, por medio de una reducción de las tasas de nacimiento, puedan aumentar las perspectivas de dicha estabilidad, la política demográfica se vuelve relevante para los suministros de recursos y para los intereses económicos de EEUU”.

 

Para proteger los intereses comerciales de EEUU, el Informe Kissinger citó una serie de factores que podrían interrumpir el flujo de materias primas de los PMD hacia EEUU, incluyendo una considerable población de jóvenes anti-imperialistas, cuyo número debía ser reducido por medio del control demográfico. El documento identificó por nombre 13 naciones que serían el blanco principal de las actividades de control demográfico financiadas por EEUU.

 

“La ayuda para la moderación demográfica debe priorizar a los países en desarrollo, cuyas poblaciones están aumentando con más rapidez y donde EEUU tenga un interés especial de índole político y estratégico. Esos países son: India, Bangladesh, Pakistán, Nigeria, México, Indonesia, Brasil, Filipinas, Tailandia, Egipto, Turquía, Etiopía y Colombia… Al mismo tiempo, EEUU buscará la colaboración de las agencias multilaterales, especialmente el Fondo de Población de la ONU (UNFPA), el cual ya tiene proyectos en más de 80 países, para aumentar la asistencia en materia demográfica de manera más amplia en términos de contribuciones más elevadas por parte de EEUU. Ello es deseable para los intereses de EEUU y necesario en términos políticos en la ONU.”

 

Según el Informe Kissinger, entre los elementos para implantar programas de control demográfico podrían estar:

 

  • - la legalización del aborto;
  • - los incentivos económicos para que los países aumentasen sus tasas de aborto, esterilización y anticoncepción;
  • - el adoctrinamiento de los niños; y
  • - el control demográfico obligatorio y otras formas de coerción, como el no brindar ayuda para las situaciones de desastre o de necesidad de alimentos, a no ser que un PMD implantase programas de control demográfico.

 

El Informe Kissinger también declaró que EEUU iba a encubrir sus actividades de control demográfico y evitar acusaciones de imperialismo, induciendo a la ONU y a otras organizaciones no gubernamentales (ONG) – específicamente el Fondo Pathfinder, la Federación Internacional de Planificación de la Familia (IPPF, por sus siglas en inglés) y el Consejo de Población – para que llevaran a cabo esta sucia labor.

 

Continuará.

 




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