Año Internacional
de la Familia
Sugerencias para la celebración
1. Convocar a las familias de la parroquia para la celebración eucarística en la Fiesta de la Presentación del Señor. Insistir en la conveniencia de que acudan los padres con sus hijos para dar gracias a Dios por el "don" de la vida y de la fecundidad.
2. Invitar especialmente a las madres que hayan dado a luz en el año anterior.
3. En esta convocatoria es importante que colabore el equipo parroquial de Pastoral Familiar. Es ésta una buena ocasión para promover un grupo de personas que, en coor-dinación con la Comisión Diocesana para la Defensa de la Vida, cuiden de hacer presente en la comunidad los distintos aspectos de la pastoral de la vida.
4. A este equipo se le confía la acogida de las familias. Todos los fieles se congregarán en una iglesia menor o en el atrio del templo con las candelas apagadas en las manos. En lugar preferente se colocarán las familias que hayan tenido un hijo en el año anterior.
5. Ambientar la entrada del templo con carteles que hagan referencia a Cristo, Luz de los pueblos, y a la celebración de la Jornada por la Vida.
6. Además de la celebración eucarística, convendría organizar charlas de formación o algún acto significativo en favor de la vida.
Guía para la Celebración Eucarística
Rito de Entrada
El celebrante y los ministros salen al lugar elegido para la bendición de las candelas.
Una vez que han llegado los ministros a dicho lugar, todos encienden las candelas mientras se entona un canto apropiado, por ejemplo: "Oh luz gozosa" (Cantoral Nacional, 653).
Saludo del celebrante
Monición Presidencial
Hermanos:
Hace hoy cuarenta días hemos celebrado, llenos de gozo, la fiesta del Nacimiento del Señor.
Hoy celebramos el día en que Jesús fue llevado al templo para encontrarse con el resto de Israel, representado en los ancianos Simeón y Ana que lo aguardaban con ayunos y oraciones. Allí fue presentado a Dios, no sólo para cumplir la Ley de Moisés, sino también para que, en su primer acto de culto, consagrara anticipadamente nuestras iglesias, y sobre todo, para darnos a conocer el nuevo santuario de Dios que es Jesucristo mismo: "Luz para iluminar a las naciones y gloria de su pueblo, Israel". El nos hace participar en la construcción de este mismo santuario como piedras vivas, configurando nuestro cuerpo como templo del Espíritu Santo.
Jesús es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo; y hoy nosotros, imitando a María, entramos en el templo llevando una luz pequeña y frágil, como la misma vida amenazada desde sus comienzos, pero cálida y luminosa como el amor de Dios que está en su origen.
Dejemos que la luz de Cristo nos penetre y nos transforme, participando en el banquete de la Eucaristía a la espera de su vuelta revestido de gloria.
Oración de bendición de las candelas
Oremos.
¡Oh Dios!, luz verdadera, autor y dador de la luz eterna, infunde en el corazón de los fieles la luz que no se extingue, para que, cuantos son iluminados en tu templo por la luz de estos cirios, puedan llegar felizmente al esplendor de tu gloria. Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.
El celebrante rocía las candelas con agua bendita.
El celebrante recibe su propia candela, y el diácono o en su defecto el sacerdote dice: "Marchemos en paz al encuentro del Señor".
Durante la procesión de entrada se canta el cántico de Simeón y/o también: ¡Que alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor! (Cantoral Nacional, 525).
Llegados al presbiterio se venera el altar y el presidente va a la sede. Se omite el acto penitencial.
Gloria
Oración colecta
Dios todopoderoso y eterno, te rogamos humildemente que, así como tu Hijo unigénito, revestido de nuestra humanidad, ha sido presentado hoy en el templo, nos concedas, de igual modo, a nosotros la gracia de ser presentados delante de ti con el alma limpia.
Por Jesucristo Nuestro Señor.
Liturgia de la Palabra
Monición a la Liturgia de la Palabra
La palabra que vamos a escuchar proclama a Jesús, como Dios y hombre verdadero, Luz y Hermano y Mediador nuestro, el único capaz de rescatarnos del pecado y pasarnos de la muerte a la vida. Atendamos pues a esta Palabra que ilumina nuestra vida y que nos ayudará a detectar y a alejar de nosotros los gérmenes de muerte que amenazan la existencia humana desde su concepción.
Bendición de los niños
Terminada la Homilía, el celebrante se dirige a las madres que han tenido un hijo durante el último año y las invita a acercarse a las gradas del presbiterio. El celebrante dice la siguiente monición:
Vamos a bendecir ahora los niños nacidos en el último año y a sus madres, las cuales hacen presente el Amor gratuito de Dios que nos regala la Vida; así pues, invocando la bendición divina sobre ellos, toda la iglesia se une en alabanza a Dios, Señor y dador de Vida.
Oración de bendición
Oh Dios, autor y protector de la vida humana,
que has concedido a estas hijas tuyas
el gozo de la maternidad,
dígnate aceptar nuestra alabanza
y escucha con bondad lo que te pedimos:
Que guardes de todo mal a las madres y a sus hijos,
que los acompañes siempre en el camino de la vida
y que, a su tiempo, los acojas en la felicidad
de tu morada eterna.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.
Imposición de las manos
Las madres vuelven a sus lugares. Pero si el número lo permite, antes cada una va con su hijo ante la sede, donde el celebrante les impone en silencio las manos, diciéndoles antes la siguiente monición:
En el Evangelio leemos que Jesús aceptaba gustoso que le presentasen los niños, a los que abrazaba y bendecía imponiéndoles las manos. Del mismo modo ahora el sacerdote, repre-sentando al Señor, impondrá las manos a estos niños y niñas, como signo de la bendición que junto con sus madres acaban de recibir.
Oración de los Fieles:
Celebrante: Que nuestra oración, hermanos, se eleve a Dios Padre todopoderoso por el bien de toda la humanidad a la que Cristo ha venido a iluminar con presencia.
Lector: Por la santa Iglesia de Dios: que por la vida de sus fieles y el ministerio de sus sacerdotes haga brillar ante los hombres la luz de Cristo, Salvador de las naciones.
R./ Roguemos al Señor.
Por los que rigen los destinos de los pueblos: para que defiendan la vida en todos sus momentos, y procuren el bien de los más débiles e indefensos.
R./ Roguemos al Señor.
Por todas las familias: para que acojan el don de la vida como un signo de la bendición de Dios.
R./ Roguemos al Señor.
Por las madres de familia: para que reciban en sus hogares el honor, la ayuda y la gratitud que merecen sus afanes por el bienestar de su familia.
R./ Roguemos al Señor.
Por todos nosotros, iluminados con la Luz de Cristo, para que promovamos una "cultura de la Vida" que logre desterrar los fermentos del egoísmo y de la muerte.
R/. Roguemos al Señor.
Por los que están al final de sus días: para que alcancen un tránsito feliz en la paz y en los brazos de Dios.
R./ Roguemos al Señor.
Dios todo poderoso y eterno, que recibiste hoy en tu templo a tu Unigénito que se ofrecía por nosotros: Te pedimos humildemente que escuches nuestras oraciones.
Por Jesucristo nuestro Señor.
R/. Amén.
Liturgia eucarística
Todo como en el Misal
Como acción de gracias después de la comunión puede cantarse el "Magníficat".
Oración después de la comunión
Por estos sacramentos que hemos recibido, llénanos de tu gracia, Señor, tú que has colmado plenamente la esperanza de Simeón; y así como a él no le dejaste morir sin haber tenido en sus brazos a Cristo, concédenos a nosotros, que caminamos al encuentro del Señor, merecer el premio de la vida eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.
Ritos de Conclusión
Bendición Solemne
El Señor esté con vosotros
R/. Y con tu espíritu
Dios fuente y origen de toda vida os proteja con su bondad.
R/. Amén.
Confirme vuestra fe con su luz, robustezca vuestra esperanza y aumente cada vez más vuestra caridad.
R/. Amén.
Conserve a vuestros hijos, les de la salud del cuerpo, la sabiduría del entendimiento, y algún día podáis disfrutar con ellos de la felicidad eterna.
R/. Amén.
Y a todos vosotros que estáis aquí presentes os bendiga Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
R/. Amén.
Se despide a la asamblea tras aclamar a la Madre del Señor con un canto como la "Salve" u otro semejante.
Sugerencias para la homilía
Jesús en brazos de su madre es presentado en el Templo como Luz de los pueblos. Con Simeón y Ana toda la expectación de Israel es la que viene al encuentro de su Salvador. Jesús es reconocido como el Mesías tan esperado, "Luz de las Naciones" y "Gloria de Israel", pero también "Signo de Contradicción". La espada de dolor predicha a María anuncia otra oblación, perfecta y única, la de la Cruz que dará la salvación que Dios ha preparado "Ante todos los pueblos".
El Dios que ya en el Antiguo Testamento se revelaba como "Amigo de la Vida", se ha encarnado en Jesucristo, la "Palabra de Vida" (1Jn 1,1). Podemos decir que Jesucristo es el anuncio y el ofrecimiento de la salvación de Dios, él es para nosotros la presencia del Dios vivo que ama la vida.
Todo hombre experimenta su vida como recibida de otros. No somos nosotros los que la hemos dado. Pero la fe ahonda más en el misterio de nuestra existencia. La vida es, en último término, don y regalo recibido gratuitamente del Creador. En él está "La fuente de la vida" (Sal 36,10). La realidad más preciosa del ser humano, su vida, no surge de él mismo. Viene de Aquel que es el misterio último del ser: un Dios que es Amor creador (Gn 2,7).
La vida del ser humano es frágil, precaria y efímera. Pero esta vida frágil es una realidad sagrada e inviolable, es una bendición. Dios ha infundido su propio aliento en el hombre (Gn 2,7). Lo ha creado a su imagen y semejanza (Gn 1,27). Nadie puede disponer de ella a su antojo, ni de la suya propia, ni de la ajena. Esta vida recibida de Dios es el fundamento de la dignidad originaria e indestructible de cada hombre, el primer valor en el que se enraízan y sobre el que se desarrollan todos los demás valores y derechos.
La vida física, por la que se inicia el itinerario humano en el mundo, no agota en sí mismo todo el valor de la persona, ni representa el bien supremo del hombre llamado a la eternidad. Por eso, Jesús no es un médico dedicado a diagnosticar males y aplicar remedios, sino quien ofrece la salvación eterna de Dios y pone en marcha, ya desde ahora, sus exigencias y promesas. Su ingreso en el Templo anuncia el cumplimiento de la promesa de Dios: El es el camino, la verdad y la vida.
Jesús no sólo aprecia la vida y la defiende, sino que incluso entrega la suya propia como servicio supremo de amor para que la humanidad no termine en muerte y destrucción definitiva. Si Jesús se entrega hasta la muerte no es porque desprecie la vida, sino porque la ama tanto que la busca y la quiere para todos, incluso para los más débiles, infelices y desgraciados, y porque la busca y la quiere definitiva, plena y eterna.
La experiencia pascual ha sido para los primeros cristianos una invitación a vivir la vida como "un proceso de resurrección", muriendo al pecado que nos deshumaniza y resucitando a una vida nueva "para que, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por el poder del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva" (Rm 6,4). Entrar en esta dinámica pascual es "revestirse del Hombre Nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y santidad de la verdad" (Ef 4,24), escuchar sus palabras que son "espíritu y vida (Jn 6,63), acoger en nosotros su Espíritu vivificador, y vivir creciendo y reavivando "la esperanza contra toda esperanza" (Rm 4,18), e intensificando nuestra capacidad para el amor fecundo y la solidaridad generadora de vida.
Como Jesús, todo cristiano está llamado a promover la vida de Dios, la cual se constituye en el fundamento de una cultura de la vida y de una civilización del amor. El oscurecimiento en nuestra cultura del valor de la vida, y las amenazas que se ciernen sobre ella, reclaman de los cristianos en este momento una postura lúcida y activa en defensa de la vida humana y de su dignidad.
Fuente: Delegación Diocesana de Pastoral Familiar, Comisión Diocesana para la Defensa de la Vida, Valencia, España.
