Millones de bebitas por nacer han desaparecido en los últimos años en el tercer mundo. La causa de su muerte ha sido la tecnología moderna, ayudada y alentada por agentes de planificación familiar, dispuestos a sacarle provecho a antiguos prejuicios culturales para lograr sus fines racistas. Se trata del sexismo llevado al extremo.
El equipo de sonograma que las mujeres occidentales ven casi como un juguete reproductivo, se ha convertido en el heraldo de la muerte en las oficinas de los obstetras del Oriente. Gracias a esta maravilla tecnológica del Occidente, bebitas en Korea, India, China, Bangladesh, Afghanistán y Pakistán se están convirtiendo en una especie en peligro de extinción.
Tanto las bebitas como sus mamás, son víctimas de un holocausto, en el cual se espera que las madres cooperen alegremente. La mitad de las víctimas - las bebés - mueren. La otra mitad - sus mamás - viven, pero nunca podrán recuperarse de uno, dos, tres, y hasta cinco abortos de bebés del sexo femenino. Todos los estudios muestran que las mujeres que abortan debido a anormalidades fetales (incluyendo las que abortan porque preferían un bebé del otro sexo), sufren más psicológicamente después del aborto, y cuando la mujer aborta a una niña para quedar bien con la familia, se siente que está traicionando a su propia hija y a su propio sexo.
Por otro lado, los niños que sobreviven el aborto sienten un gran miedo cuando descubren que sus hermanitos o hermanitas, antes y depués de él o ella, fueron abortados. Sienten miedo de que de ellos también se puedan deshacer. Se puede uno imaginar también cómo se sentirán esas niñas que han sobrevivido el aborto cuando lleguen a la escuela y se encuentren que la mayoría de los estudiantes son niños. Se darán cuenta de la inmensa diferencia entre el valor que la cultura les confiere a ellas y el valor que les confiere a los varoncitos. Se sentirán que son reemplazables.
La eliminación del sexo femenino en el Oriente es racista y sexista a la vez, ya que las agencias occidentales de planificación familiar utilizan el miedo a la "sobrepoblación" del Tercer Mundo para manipular a sus gobiernos y así poder ejercer la violencia del aborto, primeramente contra los hijos, y luego contra sus madres. Es una manera muy imperialista y paternalista de actuar, la cual alimenta más aún aquellas tradiciones culturales antiguas que denigraban y explotaban a la mujer.
Desafortunadamente las feministas orientales que han protestado sobre esto, han sido silenciadas exitosamente por las feministas occidentales en los medios de comunicación. Las quejas del Oriente no han llegado a los oídos de Bill Clinton, quien casi en el comienzo mismo de su presidencia preparó el camino para volverle a suministrar fondos a las agencias de planificación familiar que están perpetrando este genocidio contra el Tercer Mundo.
Quizás las cosas cambien cuando las niñas supervivientes crezcan y tomen conciencia de lo que ha pasado con sus hermanitas. Su reducido número les permitirá negociar, ante un mayor número de hombres desesperados por encontrar esposa, el derecho a expresar cómo van a vivir, cuántos hijos van a tener y cómo esos hijos, niños y niñas, deben ser tratados. Es posible, después de todo, que las mujeres del tercer sean las últimas en reírse.
Fuente: Anne Morse es periodista y miembro de Feminists for Life (Feministas por la Vida). Este artículo es un extracto traducido de su artículo "Where Have All the Daughters Gone?", el cual fue publicado en la revista Sisterlife de esta organización.
