Mi tristeza es incurable, mi corazón se siente débil. ¡Oíd el llanto de la hija de mi pueblo a lo largo y ancho de la tierra! ¿Ya no está el Señor en Sion, no está su Rey con ella? …el tiempo de la cosecha ha pasado, el verano llega a su fin y, sin embargo ¡no nos sentimos seguros! Estoy afligida por la pérdida de la hija de mi pueblo. Estoy desconsolada, el horrror se ha apoderado de mí. ¿No hay bálsamo en Gilead, no hay médico allí? ¿Por qué no se repone la carne sobre la herida de la hija de mi pueblo? Oh, que mi cabeza fuera un manantial de agua y mis ojos una fuente de lágrimas para que pudiera llorar noche y día por el asesinato de mi hija (Jeremías 8, 19-23).
Dice el Señor: ¡En Ramah se oyó el sonido de quejidos y de amargo llanto! Raquel llora por sus hijos y no puede ser consolada porque sus hijos ya no existen. Dice el Señor: Deja ya tus lamentos de tristeza, enjuga las lágrimas de tus ojos. El dolor que has sembrado tendrá su recompensa, dice el Señor, ellos retornarán de la tierra del enemigo. Hay esperanza en tu futuro, dice el Señor (Jeremías 31, 15-17).
Introducción
El aborto hiere el alma de todos los que están involucrados en él. El aborto no solamente destruye la vida del niño no nacido, sino que también deja un sendero de dolor y destrucción, de vidas quebrantadas y de espíritus quebrantados, de familias y relaciones perjudicadas de forma sin igual a cualquier otra injusticia de la sociedad contemporánea. Aunque el aborto es promovido como una opción segura, una manera de limitar la familia por medio de un simple procedimiento médico, en realidad el aborto altera radicalmente la vida de una mujer. Ella nunca será la misma, y el resto de su vida estará colmado de actividades para tratar de olvidar la experiencia del aborto o para justificarlo.
La Iglesia, que tan valientemente y tan claramente ha defendido como algo sagrado la vida de los no nacidos, y toda vida, desde la concepción hasta la muerte natural, tiene una misma obligación de atender a la multitud que anda herida y abandonada en medio de esta matanza de los inocentes. Según la Sagrada Escritura, la Iglesia debe continuar predicando el poder curativo de nuestro Dios, su misericordia y su tierna compasión hacia aquellos cuyas vidas han sido quebrantadas y están llenas de pecados. Jesús siempre atendió a los que venían a Él, buscando perdón y curación. El pecado del aborto se ha extendido tanto y es tan abrumador que es imperativo que la Iglesia no sólo continúe con su misión profética de proteger la vida humana de los no nacidos, sino que también debe ofrecer el perdón y la curación de Dios a los millones de personas que han caído en el mal del aborto, ya sea voluntariamente o bajo presión, con conocimiento o ignorancia de la realidad. El quebranto causado por el aborto impide que millones de personas emprendan con plenitud su peregrinación de fe y que realmente sientan la presencia del Dios de la vida en su interior. La Iglesia siempre ha sido un hospital para pecadores, no un hotel para santos y, sin embargo, en nuestra condición humana, a veces nos olvidamos de esto. Debido a la enormidad del problema del aborto (los cálculos varían entre 36 y 50 millones de abortos al año en todo el mundo), es imperativo que la Iglesia en todo el mundo tome en cuenta este sufrimiento.
Hay mujeres que me han dicho que se sienten atraídas hacia la Iglesia y al mismo tiempo tienen miedo de acercarse, limitadas por su sentido de vergüenza y culpabilidad, así como por la impresión de que la Iglesia no perdona. La mujer que ha optado por el aborto cree que ha cometido el pecado imperdonable, el pecado que Dios no perdonará, el pecado que salta ante el rostro mismo de Dios por haber destruído la vida que Él había creado. Hay mujeres que me han expresado la angustiosa necesidad de darle algún sentido a la experiencia que han tenido con relación a su espiritualidad y, sin embargo, no se atrevían a acercarse al confesionario porque temían el castigo y sentían vergüenza. Ellas temían que la Iglesia, a través del sacerdote, les confirmaría que ciertamente no tenían perdón. La enérgica posición de la Iglesia en favor de la vida les hacía aumentar el temor. Como Dios continuaba llamándolas a la curación, algunas dominaron su temor al confesionario, sólo para encontrar un sacerdote que las regañaba o las disculpaba. Y ellas volvieron una y otra vez, tratando de librarse de la culpabilidad que sentían, encontrando de vez en cuando un sacerdote "ilustrado" que les decía que estaban locas y que lo que realmente necesitaban era un psiquiatra. Y sin embargo, perseveraban, sabiendo en lo íntimo de su corazón que lo que necesitaban era encontrar a su Dios y ser curadas. En los países en que el aborto es legal, ellas luchaban con su sentimiento de culpabilidad, porque la sociedad les ofrecía el aborto como la "solución" de un problema. Las soluciones no crean problemas y por eso no podían entender ese sentimiento de culpabilidad. Como consecuencia de esas experiencias, las mujeres que han abortado, en los casos típicos, abandonan la Iglesia hasta que han recibido su curación.
Estas mujeres nos dicen que han tratado de compartir sus sentimientos sobre el aborto con un terapeuta que tampoco les daba importancia a esos sentimientos, asegurándoles que habían tomado la "decisión correcta," y que el aborto no era la causa de lo que sentían. Este temor y evasión se agrava en los países donde el aborto sigue siendo ilegal. Hay mujeres que me han manifestado el angustioso temor de ser denunciadas a las autoridades y ser juzgadas por su aborto.
A la luz de estas experiencias, la Iglesia tiene la obligación de equilibrar su firme posición profética con respecto al mal del aborto con una proclamación, igualmente firme, de la misericordia de Dios y de su amor que nos cura. Se trata del equilibrio entre la ley y el deber pastoral. Es el odiar el pecado y amar al pecador. Yo creo que si la Iglesia se dedica plenamente a este ministerio de ofrecer curación a los corazones acongojados, Dios bendecirá ese esfuerzo, quitando el horror del aborto y en cierto modo invirtiéndolo para bien de su pueblo. Aquellos cuyas vidas han sido quebrantadas y logran sentir el amor, la misericordia y el perdón de Dios, comprenden de manera más plena el misterio de la vida y el misterio de Dios. La energía del poder curativo de Dios, vertida sobre un mundo quebrantado tiene el poder de transformar a ese mundo a través del amor. Los que hablan más fuertemente contra el aborto son aquellos que hablan por razón de su experiencia.. Estas personas – transformadas por Dios en miembros de un nuevo pueblo, un pueblo santo -- dan un increíble testimonio de la presencia de Dios en este mundo quebrantado y además desenmascaran con eficacia la mentira que es el aborto.
Historia: llamamiento profético de los obispos de Estados Unidos
En 1973, La Corte Suprema de los Estados Unidos legalizó el aborto. En 1975, la Conferencia Episcopal de los Estados Unidos publicó su Plan Pastoral de Actividades en pro de la Vida, que se convirtió en la pauta de las actividades pro vida en la Iglesia. Los obispos propusieron un programa triple: educación sobre la inviolabilidad de la vida humana, participación en el proceso legislativo y ayuda pastoral que incluía ayuda a las que sufrían una crisis por razón de un embarazo, y un ministerio de reconciliación y curación después de un aborto. Aunque las otras partes son claras, el llamamiento al ministerio de la reconciliación fue realmente profético. Con respeto a ese punto, los obispos dijeron:
"La Iglesia es al mismo tiempo el medio y el agente de la reconciliación. Como una entidad espiritual, la Iglesia reconcilia a hombres y mujeres con Dios. Como comunidad humana, la Iglesia desempeña la tarea de reconciliarnos los unos con los otros y con toda la comunidad. Así, todos los fieles tienen el deber de promover la reconciliación.
"Sacramentalmente, la Iglesia reconcilia al pecador por medio del Sacramento de la Penitencia, por el cual restablece al individuo en la plena participación sacramental. La obra de la reconciliación también se lleva a cabo continuamente en la celebración y participación en la Eucaristía. Finalmente, los efectos de la reconciliación de la Iglesia se encuentran en el apoyo de la comunidad cristiana y en la renovación de la vida cristiana, cuyo resultado es la oración, la práctica de la virtud y la continua participación sacramental.
"Dando por hecho que el grave pecado del aborto es un síntoma de muchos problemas humanos, que con frecuencia continúan sin solución para la mujer afectada, es importante darnos cuenta de que la misericordia de Dios siempre está a nuestra disposición, sin límites, y que la vida cristiana puede ser restaurada y renovada por medio de los sacramentos, y que la unión con Dios puede lograrse, a pesar de los problemas de la existencia humana" (Plan Pastoral para Actividades Pro Vida, 1975).
Este llamamiento fue recalcado y reiterado cuando los obispos publicaron un documento actualizado en 1985. Dijeron:
"El acto redentor de Cristo, el Misterio Pascual de su muerte y su resurreción, es la causa de la reconciliación humana en su doble aspecto de liberación del pecado y unión con Dios. La Iglesia entera tiene la misión de proclamar la reconciliación. Los sacerdotes tienen la oportunidad privilegiada de servir a otros, ofreciendo el amor incondicional y eficaz de Cristo en el Sacramento de la Penitencia y fomentando la conversión y la curación de las mujeres y los hombres que han estado involucrados en la destrucción de una vida humana inocente. La educación del clero debe reflejar esta realidad, especialmente en la preparación de seminaristas y sacerdotes, para que comprendan la dolorosa experiencia de las mujeres que han tenido abortos. Muchos laicos, por la gracia de Dios, también toman parte, directa o indirectamente, en este proceso de restauración de la salud espiritual, mental y emocional. Para que los programas pastorales de reconciliación sean eficaces, deben aprovechar estos recursos dados por Dios para restablecer los lazos del penitente con Dios, con el niño, con la familia y con la comunidad" (Plan Pastoral para Actividades Pro Vida, 1985).
Poco se sabía entonces en los Estados Unidos de las consecuencias del aborto. Sin embargo en su libro Amor y Responsabilidad, el Obispo Karol Wojtyla (hoy en día S.S. Juan Pablo II) escribió en 1960:
"Dejando a un lado el aspecto moral, el acto de terminar con un embarazo deliberadamente es en sí mismo sumamente ‘traumático,' y por todos sus aspectos comparable a los experimentos designados para producir neurosis. Es en realidad la interrupción del ritmo biológico natural con consecuencias de gran alcance. No hay nada análogo a la enorme sensación de resentimiento que esto deja en la mente de una mujer. Ella no puede olvidar lo que ha pasado y no puede librarse de su rencor hacia el hombre que la puso en esa situación. Además de los efectos físicos, el aborto provocado causa una neurosis de ansiedad con sentimientos de culpabilidad como su fundamento, y a veces una profunda reacción que llega a ser una psicosis. En este contexto, podemos darnos cuenta del significado de lo que dicen las mujeres que sufren depresión durante el período climatérico, quienes a veces, después de unos diez años, recuerdan con remordimiento un embarazo abortado y experimentan un sentimiento tardío de culpabilidad. No hace falta agregar que moralmente el poner fin a un embarazo es una falta muy grave."
También, en 1960, la doctora Mary Calderone, una de la iniciadoras del movimiento de "educación" sexual, [inmoral] confesó en un artículo publicado en la revista American Journal of Public Health: "Fuera del hecho de que el aborto es la destrucción de una vida, tengo en cuenta lo que ha sido aducido por nuestros psiquiatras: que casi en todos los casos, un aborto, ya sea legal o ilegal, es una experiencia traumática que puede tener severas consecuencias más tarde."
Después de diez años de abortos legales, el alcance y la naturaleza de las consecuencias posteriores al aborto comenzaron a cristalizarse entre las mujeres norteamericanas, quienes, como Wojtyla y Calderone predijeron, comenzaron a experimentar un sentimiento de culpabilidad y síntomas psicológicos. Algunas mujeres valerosas salieron a presentarse ante el país, hablando en público de su dolor, y comenzaron a formar grupos de apoyo con personas en circunstancias similares, grupos de mujeres que habían abortado para ayudar a otras que también habían abortado (Mujeres Explotadas, Mujeres Explotadas por el Aborto, Víctimas Estadounidenses del Aborto). También, una amiga mía, que había tenido un niño que fue adoptado y que también había tenido un aborto me contó de la pena infernal que había experimentado, diciendo siempre: "Puedo vivir con la adopción; pero no puedo vivir con el recuerdo del aborto."
Como directora de la organización "Respeto a la Vida" de la arquidiócesis de Milwakee, empecé a preocuparme, pensando de qué manera habría de poner en práctica la tercera parte del plan pastoral de los obispos, para atender las necesidades de las mujeres que estaban buscando ayuda para reconciliarse después de la dolorosa experiencia del aborto.
Considerando este problema, pregunté a los sacerdotes si ellos habían encontrado el problema del aborto en el confesionario y si se habían sentido satisfechos de la manera como habían tratado el problema y si tenían confianza en los resultados. La respuesta abrumadora fue que no se sentían satisfechos de haber sabido lo suficiente para ayudar a la mujer que se confesaba. Los terapeutas a quienes consulté habían encontrado de vez en cuando a alguien que hablara del aborto como de un problema que necesitaba solución; pero ellos también reconocían que se sentían confusos y dudosos. (Ellos decían que en algunos casos el aborto parecía ser una "solución" posible en casos de un embarazo que causaba una crisis. Les preocupaba el darse cuenta de que en realidad podría haber causado mayores dificultades.) Las consultas que hice en otras diócesis que tenían programas para ayudar a estas mujeres, no aportaron una mayor comprensión del problema.
Nos dimos cuenta de que el nombre que escogiéramos tendría que comunicar reconciliación y esperanza, sin usar la palabra aborto, para evitar intimidar y para ser pastoralmente sensibles con las mujeres que luchan hasta para reconocer que han tenido un aborto.
El nombre "Raquel" fue escogido porque Jeremías (31, 15-17) describe a Raquel llorando por sus hijos, pero con la buena noticia de "esperanza para el futuro," como una invitación a la curación.
Basado en el Sacramento de la Reconciliación, el Proyecto Raquel fue planeado como un esfuerzo integral que combina lo espiritual y lo psicológico.
Al progresar los planes, se hizo claro que el Proyecto Raquel debería tener su base en la Iglesia e incluir los siguientes elementos:
-- Entrenamiento especial de sacerdotes y psicoterapeutas sobre los efectos del aborto y sobre los medios para la curación;
-- Colaboración entre el clero y los psicoterapeutas para recomendarse y apoyarse mutuamente;
-- Personal profesional en vez de voluntario;
-- Una base en las oficinas de la diócesis en vez de las parroquias para garantizar el anonimato;
-- Un mensaje acogedor y de esperanza;
-- La capacidad de incorporarse al plan por recomendación de alguien, clero o terapeutas;
-- Desarrollo de un sistema para la atención individual;
-- Consistencia en el contacto inicial para la referencia o recomendación;
-- Una lista confidencial de confesores, solamente accesible a nuestro personal.
Estaba claro que teníamos que suministrar el mejor servicio que pudiera ofrecerse en la Iglesia.
El entrenamiento familiarizaría al clero y a los psicoterapeutas con sus respectivos papeles. Ofrecía una mejor comprensión de las consecuencias que vienen después del aborto y su resolución, incluyendo la comprensión del dolor y el sentido de culpabilidad que siguen al aborto. Los sacerdotes son esenciales en esta obra, no sólo por el aspecto sacramental, sino también porque son hombres. Para la mujer que ha abortado, el sacerdote puede ser el primer hombre dulce y compasivo que ha encontrado. Su presencia en su camino de curación puede facilitar la eliminación del odio que ella siente hacia los hombres por razón de su aborto.
Una relación profesional tenía que ser desarrollada entre los sacerdotes y los terapeutas, para que surgiera una relación de confianza, que les permitiera sentirse confortables recomendando al paciente a su colega profesional. Estos dos grupos generalmente no están familiarizados el uno con el otro. Además, se estimuló un sistema de apoyo mutuo, dando a ambos grupos la oportunidad de desarrollar relaciones dentro del Proyecto, que les permitiera analizar sus propias reacciones al dolor, al que estaban expuestos en este proceso.
Un plan modelo nos permitió usar los recursos de la Iglesia en cuanto a sacerdotes y religiosos y también el personal de la organización Caridades Católicas y de otras oficinas diocesanas, tales como la oficina de "Respeto a la Vida." Esta base establecida de profesionales estaría abierta a la filosofía y la teología de la reconciliación. El riesgo de causar daño psicológico adicional, exponiendo a la Iglesia a la posibilidad de demandas legales, no permitía el uso de voluntarios. El clero y los terapeutas, actuando en su capacidad profesional, no presentan este problema. La consejería postaborto es algo sustancialmente diferente de la labor de consejería que se realiza en el caso de las mujeres que no desean sus embarazos y que están tentadas de abortar. La razón de ello es que en el caso de la mujer que ha abortado, a diferencia de la que está embarazada, existen serias consecuencias psicológicas, incluyendo posiblemente el suicidio, que son una realidad siempre presente en el trauma después del aborto. Además, las personas que se ofrecen como voluntarias para la labor de reconciliación después del aborto son muy probablemente mujeres que han abortado y no están curadas, y están tratando de hacer reparación. Ellas no se dan cuenta de que el oir las historias de otra mujer puede causarles una profunda reacción, exponiéndose ellas y la otra mujer a una cadena de reacciones que no pueden dominar. (Después de esta advertencia, me gustaría añadir que conozco muchas consejeras no profesionales y que han sido curadas de su trauma postaborto, y que ayudan a las mujeres que han abortado a encontrar la curación y la reconciliación y que sí saben acompañar muy bien a esas mujeres que están emprendiendo el camino de la curación; pero el punto clave es que esas mujeres que ayudan a las otras ya han encontrado la curación y la reconciliación.)
Las mujeres que buscaban reconciliación expresaban una gran preocupación por la necesidad de mantener el anonimato, deseando ver a un sacerdote que no las conociera en lugar del sacerdote de su parroquia. El factor de vergüenza es tan grande que impide a una mujer acercarse a su propio párroco, si es que ella está yendo a la Iglesia. Además, las mujeres prefieren lidiar con su dolor, sin el riesgo de ser objeto de los chismes en sus comunidades.
El mensaje del Proyecto Raquel tiene que ser acogedor, porque la mujer mantiene la creencia de que ella no es bienvenida en la Iglesia en vista de la firme enseñanza de ésta en pro de la vida. El mensaje inicial abre las puertas para que ella se acerque y participe en el programa, aunque con cautela. El mensaje debe también dar esperanza, porque las mujeres que han abortado siempre se describen a sí mismas como mujeres sin esperanza. Es la posibilidad de la esperanza lo que las mueve a hacer averiguaciones.
Nosotros anticipábamos que las mujeres participarían en el Proyecto Raquel no sólo por medio de una recomendación formal, sino también a través de terapeutas y sacerdotes que entraban en contacto con gente en otros sitios.
Nos preocupaba mucho el ver que la mujer que buscaba curación fuera tratada en el contexto de una sola persona con otra, para que la integridad de su camino de curación fuera respetada. Se comete una injusticia con la persona cuando se hacen suposiciones generales sobre el curso de su camino y ella siente que está siendo tratada como sólo un "caso." Ella tiene derecho a que el tratamiento se ajuste a su situación individual.
La necesidad de consistencia en el sistema de recomendación o referencia dio como resultado el uso de una oficina ya existente y su personal como punto de contacto para las llamadas que llegaban. El encargado de las recomendaciones necesita conocer a los sacerdotes, religiosos y terapeutas, a fin de que la persona que se recomienda se ajuste a las necesidades de la persona que llama. Por ejemplo, un sacerdote de mayor edad, o un sacerdote más joven, más suave. El conocimiento de la preparación y el carisma de cada uno de los miembros de la red de personas recomendables, hace que las recomendaciones sean satisfactorias. Además, una mujer que llama y se comunica siempre con la misma persona desarrolla un sentido de confianza y seguridad en el programa. Estas llamadas pueden tomar largo tiempo y el encargado de recomendaciones necesita estar libre para dedicar todo el tiempo que necesite la persona que llama. El guardar las confidencias es tan esencial en este programa en el primer contacto, como lo es en la reconciliación y en el proceso de aconsejar que sigue.
La lista de los sacerdotes debe ser confidencial por las siguientes razones:
-- Protección para que no los acosen;
-- Prevención de abusos por parte de los abortistas que podrían usar esta lista para calmar a las mujeres que están dudosas;
-- Permite a los sacerdotes inscribirse o borrarse de la lista, según lo requieran sus obligaciones;
-- Evita la suposición por parte del personal de la parroquia de que toda mujer que viene a recibir consejo ha tenido un aborto.
El Proyecto Raquel comenzó con una sesión de capacitación en la Arquidiócesis de Milwaukee, con la plena bendición y el apoyo del Arzobispo Rembert G. Weakland, O.S.B. en septiembre de 1984. Aunque se hicieron planes para anunciar el Proyecto en octubre, cuando los puntos específicos de este ministerio habrían sido acordados, en realidad el Espíritu Santo tenía otros planes. El proyecto fue publicado en la prensa local y los servicios de noticias lo transmitieron inmediatamente, en parte porque un corresponsal de asuntos religiosos tenía una amiga que había abortado y se encontraba en medio de ese conflicto. A esta crónica se le dio importancia porque los directores de prensa se entusiasmaron al saber que la Iglesia deseaba perdonar y reconciliar a los que habían perpetrado un aborto. A su parecer, la Iglesia había considerado el aborto como un pecado imperdonable. El Proyecto Raquel se convitió así en un momento de enseñanza sobre la reconciliación, a través de los medios de comunicación. Se convirtió en un momento de enseñanza en la diócesis cuando un pequeño grupo de católicos descontentos convocaron una conferencia de prensa para denunciar que la Iglesia había cedido en su posición con respecto al aborto, "permitiendo estas ovejas negras en la Iglesia, junto con las ovejas blancas que la habían seguido siempre." "¿Por qué – se preguntaban – la Iglesia necesita un programa especial para un cierto grupo de pecadores?" Los sacerdotes de toda la diócesis, sobresaltados por esta reacción, usaron las lecturas sobre la reconciliación, del ciclo litúrgico de esos días, para preparar sus homilías. El Proyecto Raquel aclara la posición antiquísima de la Iglesia de denunciar el pecado, pero amar al pecador.
Dos resultados del Proyecto Raquel han sido la Conferencia de Visión de Curación y el establecimiento de la Oficina Nacional de Reconciliación y Curación después del Aborto. La Conferencia Internacional Anual de la Visión de Curación que se lleva a cabo en la Universidad Marquette, en colaboración con la Oficina Nacional de Reconciliación y Curación después del Aborto, reúne a investigadores, terapeutas, profesionales de la salud, clero de varias religiones, miembros de grupos de apoyo y voluntarios de los centros de embarazos en crisis, para estudiar los asuntos relacionados con las consecuencias del aborto y su solución. Recientemente, la séptima conferencia incluyó gente de seis países. En 1990, una carta fue enviada del Vaticano a los asistentes a la conferencia. La carta decía:
"Su Santidad desea animar a los que se proponen estudiar las consecuencias del aborto para la sociedad, y tratan de responder con compasión a aquellos cuyas vidas sufren de heridas morales y psicológicas a causa de la decisión de poner fin a la vida de un niño no nacido. Él tiene confianza de que la conferencia habrá de crear una comprensión más profunda de esta gran herida moral en el corazón de la sociedad moderna, y habrá de ayudar a llevar a todas las personas de buena voluntad a garantizar el derecho a la vida y la protección de la persona humana… desde su concepción hasta su muerte natural."
La Oficina Nacional de Reconciliación y Curación después del Aborto fue fundada en 1990 como fruto del Proyecto Raquel con el objeto de poder recomendarle a la gente de todo el país, herida por el aborto, los servicios de ayuda que están cerca de su domicilio, por medio de una línea telefónica nacional, y facilitar la creación de una red de profesionales: psicoterapeutas, investigadores, profesionales de la salud, clero, grupos de apoyo para casos similares entre sí, y voluntarios para casos de embarazos en crisis, con el fin de compartir ideas, investigación y datos, así como el suministro de recursos materiales e información a todos los interesados. Además, la oficina ofrece consultas básicas y asistencia contínua para el establecimiento del Proyecto Raquel en las diócesis de este país y del exterior.
¿Quién es esta mujer que viene al Proyecto Raquel? ¿Cuál es su dolor espiritual?
La mujer que acude al Proyecto Raquel lo hace generalmente de siete a diez años después del aborto. Cuando ella viene, algún suceso en su vida la ha hecho poner fin a su negación psicológica del aborto (algún incidente que provoca esa reacción), y comienza entonces a sentir pesar por lo que hecho. Frecuentemente, ha llegado al punto en que necesita que su experiencia tenga algún sentido con relación a su espiritualidad.
Las mujeres que han abortado describen su herida espiritual en esta forma. El aborto ha sido para muchas la primera experiencia en que cometen lo que perciben como pecado grave. Tal mujer cree que ha cometido un pecado imperdonable que la ha aislado de Dios. Su espíritu está muerto, su conciencia adormecida, aunque es el despertar de la conciencia lo que la lleva a reconocer su necesidad de curación. Ella se da cuenta de que ha inmolado a un niño inocente y que debe asumir responsabilidad por su decisión y las consecuencias. Es una grave experiencia de una muerte no reconocida. No hubo duelo ni funeral. Ella no se siente bienvenida en la Iglesia, pero puede que asista a Misa con alguna regularidad por razón de sus otros hijos, o puede que vaya a la iglesia sólo de vez en cuando. Algunas mujeres cuentan haber bautizado a su niño durante el proceso del aborto, derramando agua sobre su abdomen o sobre el tejido que ha sido sacado de su cuerpo.
Ella piensa, cuando va a la Iglesia, que ella es la única mujer que ha tenido un aborto y que lleva una marca física que todos pueden ver y así saber lo que ha hecho. Ella teme a Dios y especialmente a su castigo. Con mucha freecuencia, este temor se relaciona con el parto: el temor de un aborto espontáneo o el nacimiento de un niño muerto. Es irónico que precisamente el aborto la ha predispuesto a lo que ella más teme, y cuando esto sucede, lo atribuye a la ira de Dios y su castigo. Puede que también ella sufra las heridas del abuso sexual, lo que complica su curación inmensamente. La herida espiritual sobrepasa las divisiones religiosas. Sin embargo, las mujeres católicas están más convencidas de que ellas son imperdonables a los ojos de la Iglesia.
Después de haber hablado con centenares de mujeres que han abortado, he visto que ellas tratan de lidiar con el dolor espiritual de su presente exilio de la Iglesia de las siguientes maneras: Muchas mujeres han hallado un camino hacia iglesias más fundamentalistas cuando comienzan su curación. Mientras todavía no están curadas, ellas hacen a la Iglesia Católica responsable por su propio sentido de culpabilidad. No han dejado a la Iglesia completamente. Se sienten fuertemente atraídas a la Iglesia, pero hay una cierta vacilación para retornar a su hogar. Sin embargo, la noticia del Proyecto Raquel las conmueve profundamente. Algunas de estas mujeres descubren su camino a la casa paterna. Otras mantienen su catolicismo solamente de nombre y básicamente permanecen alejadas de la Iglesia. Estas mujeres fervientemente desean volver al hogar, pero temen acercarse. Hay un tercer grupo de mujeres que se mantienen fuertemente unidas a la Iglesia; van a Misa pero no reciben los sacramentos con frecuencia. Una mujer de edad avanzada le contó a un sacerdote del Proyecto Raquel que ella había estado asistiendo a Misa fielmente todos los domingos desde su aborto –unos cuarenta años antes o más– pero no había recibido la Comunión, habiendo oído a otro sacerdote decir en alguna ocasión que "si usted ha tenido un aborto, no es bienvenida a la Iglesia." Ella le dijo al sacerdote del Proyecto Raquel que cuando oyó hablar de este proyecto se armó de valor, pensando que tal vez la Iglesia había cambiado de parecer con respecto a ella y podría regresar a la casa paterna. "Ésta era mi última esperanza," dijo. Otras mujeres cuentan cómo se han mantenido fieles al rezo del Rosario o a la devoción a la Divina Misericordia durante toda su vida. Otras dicen que han confesado este pecado muchas veces, pero que nunca se han sentido perdonadas.
¿Cómo funciona el Proyecto Raquel?
El Proyecto Raquel es un sistema de atención integral, que incluye sacerdotes entrenados especialmente y psicoterapeutas dentro de los límites geográficos de una diócesis. La persona que necesita ayuda llama a un número central. Después de determinar las necesidades de la persona que llama, se le recomienda un sacerdote o un psicoterapeuta profesional. Según nuestra experiencia, la mayoría de las personas desean hablar primero con el sacerdote. La persona que llama debe luego dar el siguiente paso y ponerse en contacto con el sacerdote o consejero. Éstos pueden ser sacerdotes diocesanos, sacerdotes de órdenes religiosas, directores de retiros o sacerdotes extranjeros que cursan estudios, o profesores de las universidades locales. Después de la entrevista inicial con el sacerdote o terapeuta, se fijan entrevistas adicionales para completar el proceso. Para el sacerdote, esto significa de una a seis reuniones. Si es necesario durante el proceso, el principal consejero puede recomendar a otro colega profesional para que la persona reciba atención especializada, asegurándose de que el consejero o consejera habrá de continuar su jornada espiritual con ella. Al terminar el proceso, se tiene cuidado de poner punto final a su experiencia, y la mujer va luego a continuar su vida o a recibir ayuda adicional por medio de la psicoterapia. La puerta queda siempre abierta para regresar en el futuro, si se presentan nuevos problemas que requieran atención.
Partes de la curación
La persona que comienza su jornada de curación necesita sentirse segura, y por lo tanto, es esencial que el sacerdote o el terapeuta tome tiempo, estableciendo un ambiente de seguridad para empezar la jornada. Luego deben estar de acuerdo en emprender la jornada de curación juntos y hacer una cita para reunirse nuevamente. Con mucha frecuencia, la reunión con el clérigo o religioso es suficiente para resolver el problema del dolor que se experimenta, y la persona vuelve a su vida ya renovada. Es importante reconocer que el Sacramento de la Reconciliación es crucial y es algo que todos los que están involucrados en el proceso deben tener siempre en cuenta. Algunas comienzan con el terapeuta, pero éste debe comprender la necesidad de la reconciliación espiritual y en algún momento deberá enviar a la persona al sacerdote, cuando esté lista o, con el acuerdo de todas las partes, el sacerdote puede ser invitado a las sesiones.
El proceso incluye los siguientes pasos:
-- La mujer debe contar su historia, con todo su dolor y su ira.
-- Ella necesita perdonar a todos los responsables y participantes en su aborto. Éste es un acto de su voluntad, hecho con la gracia de Dios, que la capacita para hacerlo. Al perdonar a otros, ella llega a comprender la forma de perdonarse a sí misma y su posibilidad.
-- Debe poner fin a su presente relación con el niño o niños abortados, lo que incluye dolerse por su pérdida, darle un nombre al niño, conmemorarlo y establecer una nueva relación espiritual con él a la luz de la Comunión de los Santos, y con frecuencia haciendo ofrecer una Misa por el niño y la familia.
-- Debe oir hablar frecuentemente del perdón y la misericordia de Dios, a fin de ser conducida a aceptar ese perdón y celebrarlo en el Sacramento de la Reconciliación.
-- Debe perdonarse a sí misma.
-- Y finalmente ella debe recibir ayuda para discernir qué actividades debe realizar que le permitan tener impacto en su mundo. (La persona que la acompaña en este proceso debe ayudarle con suavidad y respeto a discernir lo que es prudente y mejor para ella en ese momento. Muchas consideran presentarse en público y contar su historia. Esto es algo que sólo debe considerarse cuando la curación es completa y es posible, teniendo en cuenta sus otras obligaciones en la vida. Debemos darle consejos sensatos para que no vuelva a ser una víctima. Debe tenerse cuidado de guiarla hacia la actividad que le dé más vida en esta época de su existencia. Puede ser simplemente reincorporarse a su familia como persona completa, capaz de amar plenamente y nutrir su matrimonio y las necesidades de sus otros niños.)
Algunas reflexiones
La persona que recomienda a los profesionales debe estar familiarizada con las consecuencias del aborto y sus manifestaciones, debe saber escuchar y ser capaz de oir historias cargadas de emoción, y debe sentirse confortable dando apoyo a la persona que llama, porque esta persona duda de que su experiencia sea válida. El saber que no está sola es algo que la libera.
Es esencial respetar la integridad de las almas heridas que buscan curación. Quiero recalcar que este plan modelo es primero y sobre todo un plan sacramental, no un plan psicoterapéutico. Nosotros deshonramos a las que están heridas si no tomamos en cuenta sus diferencias individuales con respecto al grado de su dolor, presumiendo que nosotros sabemos más y no prestando atención a lo que ellas expresan que son sus necesidades. La tentación a adoptar un modelo psicoterapéutico para este ministerio es fuerte. Esto hace suponer que todas las que acuden al Proyecto Raquel necesitan atención psicoterapéutica y que todas necesitan ver a un terapeuta antes de adoptar el dinamismo espiritual de la jornada de curación. ¡Esto no es verdad! Muchas ya han estado bajo tratamiento terapéutico a través de los años o han hecho mucho del trabajo de curación por sí mismas. Un aborto no significa automáticamente un estilo de vida totalmente disfuncional. Hay distintos grados de heridas, que van desde sólo el dolor que necesita solución hasta reacciones de psicosis o el desorden de tensión post traumática. Nosotros debemos respetar las necesidades de las que nos llaman. La mayor parte sabe lo que necesita. A nosotros nos corresponde escuchar lo que nos dicen. Ciertamente, de acuerdo con nuestra experiencia, la mayor parte de las que nos llaman desean comenzar con un sacerdote. Hay un fuerte deseo de darle sentido a la experiencia que han tenido en un contexto espiritual. Tampoco creo que nos corresponda hacer una cita con un sacerdote específico para la persona que nos llama. Creo que ella debe iniciar su propia curación y estar dispuesta a hacer lo que sea necesario para comenzar el proceso. Además, no debemos presumir que una mujer está ya lista para emprender la jornada de curación sólo porque ella ha hecho una llamada para averiguar. Creo que al ponerse ella misma en contacto con el consejero, está más involucrada en su curación personal y lista a ser dueña del proceso, participando activamente en vez de ser un recipiente pasivo.
Una mujer escribió sobre su experiencia con el Proyecto Raquel: "Con frecuencia, cuando se trata de cualquier cosa relacionada con el aborto, la gente teme permitir que las mujeres experimenten ‘dolor.' Y la verdad es sacrificada por un sentimiento de falsa misericordia. Hay más preocupación por la ‘persona`que por el alma. Pero la persona está muerta sin su alma. No puede haber verdadera misericordia sin justicia y no puede haber justicia sin la verdad. No sé por qué mi alma huyó de la justicia por tanto tiempo. Pero finalmente, a través del Proyecto Raquel, fue liberada y pudo volar a su Creador."
Críticas
A la reconciliación después del aborto nunca le ha faltado gente que la critique, dentro y fuera de la Iglesia. Los críticos dentro de la Iglesia arguyen que el ministerio de curación después del aborto pasa por alto el pecado. Dicen que no necesitamos un programa especial para un cierto grupo de pecadores. Otros han expresado preocupación por lo que la Iglesia va a llegar a ser, si admitimos a padres y madres que han procurado un aborto. Sin embargo, cuando se les pregunta individualmente si desearían esta clase de ministerio para un miembro de su familia que hubiera ejercido esa opción, la respuesta es inevitablemente "Sí".
Del otro lado, los partidarios del aborto, tales como los abortistas y las Católicas por el Derecho a Decidir, consideran el Proyecto Raquel como algo de alcance peligroso. Lo ven tal vez como una estratagema para hacer que la gente vuelva a la Iglesia. A veces se ha sugerido que esta clase de programa fue desarrollado para "hacer" sentir culpables a los que han procurado un aborto. En un artículo que apareció en 1989 en una publicación titulada "On the Issues", que es un servicio informativo del Centro Médico de Mujeres en Nueva York, llamado CHOICE, la autora, Elanor Bader, escribió al regresar de la Convención del Derecho a la Vida:
"El Proyecto Raquel no existe en todas las diócesis de la nación… Y aunque ciertamente es posible que algunas diócesis puedan tener motivos que no son rectos – tal vez esperan, aunque no hay esperanza, atraer al redil a católicos que han abandonado la Iglesia, satisfaciendo su deseo de compasión, perdón y pluralismo – esta también claro que el Proyecto Raquel está llenando una necesidad para incontables mujeres y sus esposos. La tarea del movimiento a favor de la libre elección debe tener conocimiento de todos los esfuerzos que se hacen, incluyendo el Proyecto Raquel, para aprovecharse de la fragilidad emotiva de ciertas mujeres y decirles que se deben considerar culpables o malas. Se necesita urgentemente una discusión entre todos los grupos activos en el movimiento de libre elección del aborto, para forjar una estrategia para enfrentarse al Proyecto Raquel. Una opción, naturalmente, es establecer nuestros propios programas de consejejería. Porque si la Corte Suprema o los Estados abrogan la decisión de la Corte, llamada Roe, que legalizó el aborto, eso reforzará las dudas de las mujeres que optan por el aborto, con incertidumbre, y que meses o años después todavía no están seguras de haber tomado la decisión correcta. La declaración implícita del gobierno de que "nos equivocamos, pero nos estamos corrigiendo" podría abrir las compuertas de la confusión, el dolor y el arrepentimiento. Necesitamos estar presentes, porque si no lo estamos, el Proyecto Raquel será la única organización a la que podrán acudir para ser aconsejadas y ayudadas. Nuestra misión es también hacer que los consejeros pastorales escuchen a las mujeres decir que no son ‘víctimas del aborto,' sino dueñas y creadoras de su propio destino. Al mismo tiempo, es esencial romper el collar teológico misógino con que se mantiene a las mujeres dominadas, controlando su sexualidad y sus opciones. El no hacer esto, deja a un enorme número de gente vulnerable a los argumentos de las fuerzas anti aborto."
Está claro, sin embargo, que los partidarios del aborto están empezando a reconocer la posibilidad de alguna clase de consecuencia, y están llamando a los que los apoyan para que establezcan algún servicio de consejería, para diluir el efecto del Proyecto Raquel. Es difícil para ellos reconocer que el aborto tiene consecuencias, porque continúan creyendo que el aborto hace a las mujeres "dueñas y creadoras de su propio destino." Qué interesante que sus críticas sean también una confirmación de la necesidad de un servicio de curación postaborto. Necesitamos también recordar que en los Estados Unidos muchas de las más expresivas y visibles defensoras del aborto son ellas mismas mujeres que han abortado.
Aborto y curación en todo el mundo
Aunque es difícil obtener estadísticas exactas en cualquier parte del mundo, hay algunas que por lo menos subrayan la necesidad de este ministerio de servicio. En ciertas regiones del mundo, como Latinoamérica, donde el aborto es ilegal, es muy difícil, si no imposible, obtener datos con algún grado de exactitud. En otras partes del mundo, dependemos de lo que se informe. Supongo que las cifras sólo pueden ser más altas de lo que se informa.
En las categorías suministradas por el Instituto Alan Guttmacher, se indica lo que sigue. La proporción de abortos anotados corresponde a uno por cada 1.000 mujeres. Los números denotan la categoría en el mundo, de acuerdo con el número de abortos reportados.
| País | Proporción | |
| 1. Unión Soviética | 81,0 | |
| 2. Rumania | 90,9 | |
| 3. Yugoeslavia | 70,5 | |
| 4. Bulgaria | 61,9 | |
| 5. China | 61,5 | |
| 6. Estados Unidos | 28,0 | |
| 7.Canadá | 12,0 |
Para demostrar cómo es de difícil calcular el número de casos, una información transmitida por la Associated Press desde Roma (Italia) en 1989 decía que en el bloque Soviético y en la China, el número de abortos había alcanzado proporciones increíblemente altas, registrándose un aborto por cada dos nacimientos en la China. El artículo decía también que muchos belgas pasan la frontera a Holanda, donde las leyes de aborto son más tolerantes. Los médicos holandeses practicaron 36,455 abortos en 1986, de los cuales 21,655 fueron de mujeres extranjeras. En 1987, médicos británicos llevaron a cabo 3,673 abortos de mujeres de Irlanda. El artículo dice que en Polonia de cada dos embarazos uno termina en aborto. En la Unión Soviética, dice el artículo, una mujer tiene un promedio de seis a nueve abortos durante sus años fértiles.
Las consecuencias del aborto se registran a través de todas las culturas y en todas las religiones o fuera de ellas. Es evidente que estas consecuencias no respetan fronteras nacionales, diferencias raciales o tradiciones religiosas. En el Japón, se han establecido salas especiales de duelo en los templos para los que desean lamentarse y hacer reparación por su culpabilidad por un aborto. Lo mismo sucede en Taiwan, donde hay programas para el "espíritu del niño" con el fin de ayudar a los padres a lidiar con su sentimiento de culpabilidad. Hay grupos de apoyo para las mujeres que han abortado en Irlanda, Inglaterra, Suiza, Sudáfrica, Australia, Nueva Zelandia, Uruguay y Hong Kong, para mencionar sólo algunos países. El Dr. Philip Ney, un psiquiatra del Canadá que se especializa en las consecuencias del aborto, pasó un año viajando extensamente por Europa y Asia, haciendo investigación y dando entrenamiento en este campo. Él ha comenzado a descubrir lo prevalente que es esta herida mental en Europa y Asia. En realidad, con lo que nos encontramos es con la necesidad de darle sentido a nuestra historia biológica de paternidad y maternidad. Es decir, debemos adueñarnos y dolernos por lo que representa la pérdida de un embarazo, ya sea por aborto procurado, aborto espontáneo o el nacimiento de un niño muerto. Ésta es una necesidad humana.
La recepción que el Proyecto Raquel ha tenido en todo el mundo ha sido entusiasta. En la primavera de 1985, por invitación del Cardenal Köning de Viena (Austria), el Proyecto Raquel fue introducido en la Arquidiócesis de Viena, donde fue establecido por primera vez fuera de los Estados Unidos. Artículos sobre el proyecto han sido publicados en Die Furche en Austria, AlfA-Rundbrief en Alemania y Familia Cristiana en Italia y Sur América, así como también en Reality en Irlanda y en la publicación del Santuario de Santa Ana de Beauprés, en el Canadá francés. El interés continúa creciendo en otros países. Desde entonces, se han llevado a cabo esfuerzos iniciales para establecer esta obra en Inglaterra y Australia, así como también en la diócesis de León en México. Se han recibido cartas en las que se pide información de las Filipìnas, Polonia, Rusia, Japón, Perú, Nueva Zelandia, Canadá, Checoslovaquia, Alemania, Francia y Lituania, para mencionar algunos países.
Yo creo que la necesidad del Proyecto Raquel existe en todos los rincones del mundo. El plan modelo es simple y puede ser adaptado a cualquier cultura en que la Iglesia Católica esté presente. Así como la Iglesia Católica ha sido un instrumento en la lucha contra la propagación del aborto, creo que ahora debe ser in instrumento para facilitar la restauración de millones de vidas quebrantadas por el aborto. En los países en que el aborto es ilegal, algunas mujeres tratan de obtener un aborto ilegalmente o viajan a otro país para lograrlo. Habiendo hablado con psicoterapeutas profesionales y sacerdotes de esos países, creo que las mujeres no pasan por el largo período en que niegan sus sentimientos, como vemos en los países donde el aborto es legal. En cambio, se dan cuenta muy pronto de la destrucción que ha ocurrido y pasan muchos años más con un profundo dolor y una clara compresión de su pecado, no sabiendo a quién acudir para recibir ayuda. Temiendo a su Dios y a su Iglesia, y aterrorizadas de la posibilidad de ser juzgadas por el gobierno, sufren en silencio, alejadas de la fuente misma de la curación. ¿Será posible que uno de los factores que contribuyen a la reducción de la asistencia a la iglesia en todo el mundo es el enorme número de abortos? Esto parece ser así por lo que hemos visto en este país.
Otras reflexiones
El Proyecto Raquel está llenando una importante necesidad en la Iglesia y en el mundo de hoy. Ofrece una clara declaración de la Buena Noticia del Evangelio: el mensaje de esperanza, curación y perdón. Equilibra la enérgica y profética enseñanza de la Iglesia sobre la maldad del aborto con la proclamación igualmente enérgica de la solicitud y preocupación de la Iglesia por todos los que están involucrados en él. Invita a volver a los que han sido quebrantados y les da los medios de reconciliarse de su pecado y su quebranto en un ambiente de solicitud y comprensión. Da mayor credibilidad a la enseñanza del mal del aborto, diciendo que el aborto no sólo no es bueno para los niños no nacidos, sino que tampoco es bueno para las madres, los padres, abuelos, hermanos, amigos y el mundo en general porque deja una enorme estela de quebranto.
El Proyecto Raquel da a los sacerdotes la manera de tratar el problema del aborto en forma pastoral y profética. Muchos sacerdotes tienen miedo de tocar este punto porque pastoralmente se dan cuenta del quebranto que existe entre sus feligreses y temen herirlos o condenarlos. Este ministerio refuerza la actitud de los sacerdotes en pro de la vida, les suministra un medio de predicar homilías sobre este tema y les da credibilidad, pudiendo hablar con la experiencia de haber acompañado en la jornada a personas quebrantadas, mientras la sociedad les grita que no saben nada del asunto, ya que son célibes.
El sacerdote que participa en el Proyecto Raquel también se beneficia personalmente. Muchos sacerdotes de todo el país me dicen que esta experiencia ha sido para ellos un momento de conversión, en que ven que Dios está vivo. Ciertamente, Dios continúa curando a su pueblo en nuestros días por medio de los sacramentos. Estos sacerdotes llegan a apreciar los sacramentos aún más, especialmente el de la reconciliación, y su papel en ellos. Además, me dicen que la pericia que adquieren les sirve mucho en otras circunstancias pastorales. Un sacerdote me dijo lo contento que se había sentido cuando su obispo lo invitó a ser parte del Proyecto Raquel. Habiendo sido un administrador en la Iglesia durante largo tiempo, observó que ésta era "la primera obra sacerdotal que se le había pedido hacer."
Creo que los ministerios como el Proyecto Raquel son una fuerza significativa para convertir al "gran grupo gris que está personalmente opuesto al aborto" para que tome una posición firme en contra del aborto y a favor de la vida. Presumimos que los que pertenecen a este grupo son gente ingenua que no ha oído la verdad sobre el aborto y el desarrollo del feto. Yo digo que precisamente esa presunción es incorrecta. En realidad, yo creo que muchas de estas personas conocen a alguien que ha tenido un aborto, con frecuencia una persona amada. La discordancia mental es tan grande, que no pueden reconocer que el aborto es un homicidio, ya que involucra a alguien que aman. Así, asumen en cambio la actitud de "opuestos al aborto personalmente," lo que les permite mantener sus valores, pero no requiere que hagan algo al respecto. Cuando estas personas oyen la verdad de las consecuencias del aborto, rápidamente identifican el quebranto de la persona que aman, reconociendo que el aborto no fue algo bueno para esa persona. Tan pronto como reconocen esto, salen de su posición neutral y están en capacidad de tener un motivo para actuar a favor de la vida.
La mujeres y los hombres que acuden al Proyecto Raquel, buscando perdón y curación, hablan elocuentemente, desde el fondo de su corazón, de lo que Dios ha hecho por ellos.Una mujer escribió a un sacerdote del Proyecto: "¡Cómo ha cambiado mi vida! Nunca me había sonreido tanto como hoy…tantos momentos de pura felicidad y, sí, finalmente de paz. Soy otra persona. Y me gusta mucho esta nueva persona. Y a usted también le aprecio, Padre…¡mucho! Bendito sea Dios, usted escucha con tanta paciencia y solicitud. Dios lo bendiga por haberme traído de nuevo a Jesucristo, y a Nuestro Padre, y a mi hijo Miguel. Hoy, mis oraciones lo incluyeron a usted . Y usted estará en ellas mañana, junto con otro día lleno de nuevas sonrisas y amor. ‘Ya no conocemos a nadie según la carne. Y aunque hemos juzgado a Cristo según la carne, ya no lo hacemos. Si alguien está en Cristo es una nueva criatura. Las cosas viejas pasaron y han sido hechas nuevas'". (2 Corintios 5, 16-17.)
En un artículo publicado en The Tidings, el periódico de la Arquidiócesis de Los Ángeles, el Cardenal Mahoney amablemente dio a conocer una carta de un hombre que había hecho uso del Proyecto Raquel. Él dijo de su consejera: "Ella, con mucho amor, me ayudó a borrar las negaciones, la ira, la obstinación y las lágrimas que estaban en mi corazón. Decir que había pecado era una cosa; pero yo lloraba por mi Dios ¡y estaba tan seguro de que me había dado la espalda! ¡Qué equivocado estaba! Por medio de los consejos que recibí, todos los muros se derrumbaron y en su lugar aparecieron la compasión, el perdón, la gracia, la fe y el amor. Mi consejera ha sido ciertamente una discípula del Señor, si no es un ángel disfrazado. ¡Doy gracias a Dios por ella! Durante este período de tratamiento y a causa de él, he renovado un voto a mi Dios y Salvador, y a nuestra Santa Iglesia Católica. Y gracias a usted, Cardenal Mahoney, por haber bendecido este ministerio llamado Proyecto Raquel, porque él ciertamente me ha bendecido a mí ¡y ha cambiado mi vida!"
El Proyecto Raquel es un poderoso medio de evangelización. Las personas que reciben el ministerio del Proyecto Raquel encuentran a su Dios en una forma que muchos de nosotros no tenemos el privilegio de hacer. Porque ellas creen que han cometido el pecado imperdonable, su encuentro con el amor y la misericordia de Dios es algo monumental. Estas personas experimentan una conversión como no la he visto nunca. Llegan a tener un conocimiento profundo de la enseñanza de la Iglesia con respecto a la sexualidad humana. Ahora enseñan la planificación natural de la familia, hablan a los adolescentes sobre la castidad, hospedan a las madres solteras y se encargan de niños sin familia, trabajan en los centros para embarazos en crisis y ayudan a otras personas quebrantadas por el aborto. Tienen un profundo sentido del poder de los sacramentos y acuden a ellos con frecuencia. Se sienten libres para vivir su matrimonio y cuidar a sus hijos, y con frecuencia traen reconciliación a otros miembros de sus familias. Al haber sido liberadas del pecado del aborto son libres para causar un impacto significativo en el mundo. Estas personas son la clave de la curación de la sociedad en general, porque cuando Dios las ha tocado, todo cambia. Ellas ven el mal en la sociedad y se lanzan a tratar de lograr algún cambio. Estas personas curadas son la clave para poner fin a los abortos en el mundo. Es la verdad lo que nos hará libres, y son estas personas las que saben la verdad sobre el aborto. Debemos promover la creación del Proyecto Raquel en cualquier parte del mundo en que el aborto ha dejado gente quebrantada, para que Dios nos libre del mal del aborto y haga una "nueva creación."
Yo creo que si continuamos facilitando la curación de mujeres y hombres católicos aquí en los Estados Unidos (las estadísticas citadas, pero no documentadas, dicen que el 30% de las mujeres que abortan son católicas), esos diez millones de mujeres, sus esposos y sus familias podrían ser una fuerza poderosa e influyente para hacer cambiar nuestra sociedad, nuestro mundo y nuestra Iglesia.
"Bastante es para ese tal el castigo infligido por la comunidad, por lo que es mejor, por el contrario, que le perdonéis y le animéis no sea que se vea ése hundido en una excesiva tristeza.Os suplico, pues, que reavivéis la caridad para con él" (2 Corintios 2, 6-9).
Vicki Thorn es la Directora Ejecutiva de la National Office of Post-Abortion Reconciliation & Healing (Oficina Nacional de Reconciliación y Curación postaborto), P.O. Box 07477, Milwaukee, WI 53207-0477 USA. Tel: (414) 483-4141.Internet: http://www.mu.edu/rachel/index.html.
