Hace unas semanas El País lanzaba en exclusiva un reportaje sobre el suicidio asistido de Madeleine, una enferma de 44 años con esclerosis lateral amiotrófica. Acompañaba el reportaje una sañuda andanada a favor de la legalización de la ''eutanasia''. Le pongo comillas porque se suele traducir --mentirosamente-- por muerte bondadosa.
Aquí no hay demasiada campaña montada en estos momentos, pero sucede a diario. Me refiero a tanto enfermo que es finiquitado ''bondadosamente'' por la empresa de hospicio con la que contrató la persona misma o sus familiares.
Me lo comentan ustedes tantas veces, lo he presenciado yo mismo, aturdido: los despachan con la excusa de paliar su dolor, les atiborran de morfina, sabiendo sobradamente que deprime el sistema respiratorio y apresurará el paro cardíaco.
Con pretextos semejantes se les desnutre, bajo alegación de que no hay que emplear medios artificiales de alimentarles. Con alegatos de ayudarles a enfrentar sus crisis, se les droga y adormece tan discreta como sistemáticamente para que no se den mucha cuenta de la faena que les hacen.
No siempre sucede, no todas las empresas que brindan servicios de hospicio son así, algunas son ejemplares, pero cualquier pastor, cura o profesional de la salud medianamente aguzado confesará que acaece a diario. Y es que a pesar de todos los discursos a favor de morir con dignidad, lo que pasa es que ya no valoramos como sagrada la vida humana.
Morir, en sí mismo, no es digno o indigno. Pero una vez que la eutanasia se convierte en un derecho, caen por tierra todos las motivaciones para que no sea --a la vez-- un deber que cualquiera puede imponernos. Aquí interprétese los médicos, las enfermeras, la parentela o el Estado.
En una sociedad tan hedonista como la nuestra, sufrir es una alternativa inaceptable. No sabemos morir, porque apenas si sabemos vivir. A partir de cierta edad, la vida misma nos ofrece incontables oportunidades de aprender a morir que rechazamos irremisiblemente. Me refiero todo ese cúmulo de enfermedades, contradicciones, decepciones y renuncias que forman parte de nuestra contingencia e indigencia. Si no hay aceptación, no puede darse tampoco ese aprendizaje formativo que nos fortalece espiritualmente; y no nos queda opción que la desesperación y el cinismo.
Dado que en esa disyuntiva nos encontramos todos, dichosos a quienes les llega el tiempo de partir con ganas de vivir propias y compartidas. Porque hoy no basta tenerlas propias. Hace falta que los tuyos no te fallen, que no se cansen pronto de verte luchar y sufrir y decidan facilitarte el desenlace. Vivir, siempre cuesta. ¡Y mucho! Matar resulta más económico.
Título fuerte, casi cruel el de esta columna, pero que apunta al corazón del problema. La única alternativa real a la muerte, al suicidio pedido o inducido es el amor del paciente y los suyos a la vida, como don sagrado. Bajo la justificación de que el dolor del paciente es insoportable se esconde tantas veces la incapacidad de los ''sanos'' de acompañar a quienes alegadamente quieren tanto.
El enfermo que se siente rodeado por la presencia cálida, amorosa, leal y cristiana de los suyos no cae en la depresión y angustia de quienes al arredrar el sufrimiento, ven cómo poco a pocos los abandonan, los entregan al verdugo.
Pero, de nuevo, vivir y amar cuesta bastante más de lo que está dispuesto a pagar un creciente número de seres, no tan humanos.
Nota: El Padre Arias es profesor en el seminario de Saint Vincent de Paul en Boynton Beach. Este artículo fue publicado originalmente en El Nuevo Herald, febrero 6 del 2007 y se reproduce con la autorización del Padre Arias.
