Los diccionarios definen "suicidio" como matarse a uno mismo. ¿Pero será verdad que el suicida sólo se mata a sí mismo?
La prensa y la TV reportan a diario sobre suicidas que se llevan a muchos inocentes por delante, por ejemplo, mediante los demoníacos coches bombas. Esos neo-kamikazes "suicidan", por así decir, a quienes no pensaban acabar sus días de manera tan brutal.
¿Y qué decir del que se lanza de un puente o se prende fuego o se envenena sin matar a nadie más consigo? Pues que esa acción constituye un atentado contra la vida de todos.
Los suicidas atentan contra los demás al despreciar estridentemente la vida humana, al relativizarla y pregonar que puede desecharse como se hace con platos de cartón.
Quienes se matan dan también un pésimo ejemplo de derrotismo, pesimismo, pusilanimidad y desesperación. Son personas que se rinden ante las adversidades.
Hay apologetas del suicidio que lo aúpan como derecho a poner fin a los sufrimientos. Pero desde que el ser humano llega a la existencia padece sufrimientos; los recién nacidos llegan llorando. Tenemos al sufrimiento como permanente compañero de camino.
Es cierto que hay casos de enfermedades muy penosas, pero también existen muchos recursos médicos para manejar tales situaciones. "La Medicina, dice el Pequeño Larousse, es la ciencia que tiene por objeto la conservación y restablecimiento de la salud". Esa definición coloca a los médicos al servicio de la vida. Se descarta, por tanto, que ellos se presten a complicidad homicida con quienes procuran el "suicidio asistido", especie de eutanasia, práctica que la Iglesia califica de "moralmente inaceptable" (Catecismo # 2277).
Mucho peor ha sido el "suicidio" que le aplicaron a la Sra. Terri Schiavo que no podía defenderse en lo absoluto. Con razón el caso ha conmocionado a todas las personas de buena voluntad.
Si en algo han progresado las ciencias médica y farmacéutica es en los campos de la anestesia, analgesia y en cuanto contribuye a paliar, e incluso bloquear, el dolor. De modo que quienes padecen dolores intolerables pueden encontrar mucha ayuda para poderlos soportar sin necesidad de apelar al suicidio.
Por otro lado, la persona doliente no se convierte en puro dolor. Sigue funcionando a muchos otros niveles y conservando su dignidad humana. Quien sufre con garbo da un excelente ejemplo de paciencia, fortaleza y magnanimidad. Y cuando hay fe cristiana, encontramos a enfermos muy felices, pues se sienten bendecidos por el privilegio de poder asociar su cruz a la del Redentor.
Que el suicidio no es un simple asunto privado, sino algo que afecta a los demás, lo expresa la Iglesia con estas palabras: "El suicidio ofende al amor del prójimo porque rompe injustamente los lazos de solidaridad con la sociedad familiar, nacional y humana" (Cat. #2281).
Aunque la Iglesia enseña que el suicidio es un pecado grave contra el quinto mandamiento, "no matarás", también admite comprensivamente que muchos casos se originan en trastornos psíquicos que disminuyen la responsabilidad moral. El instinto de conservación es muy fuerte. Se puede sospechar que quienes lo brincan no están muy en sus cabales.
No hay que matarse ni que matar a los desahuciados. Sí hay que matar la cultura de muerte que se nos infiltra por los medios de comunicación. Hay que gritar que cada suicidio nos hiere a todos muy profundamente. Cuando veamos pasar el cortejo fúnebre de un suicida camino del cementerio, recordemos las palabras de John Donne inmortalizadas por Hemingway: "No preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti".
El autor es un sacerdote jesuita
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