Investigación y experimentación con tejidos fetales
Por el Dr. Bernard Nathanson



"¡Todo o nada! ...Eternidad, eternidad... éste es el supremo deseo. La sed de eternidad es lo que entre los hombres se llama amor, y quien ama a alguien, desea eternizarse a sí mismo en esa persona. Nada es real que no sea eterno." (Miguel de Unamuno, El sentido trágico de la vida.)

Permanecen ante nosotros tres grandes preguntas escatológicas:

¿Existe Dios?

¿Existe algo más allá de la muerte?

¿Es posible la inmortalidad para el hombre?

Para su tranquilidad, no me propongo considerar las dos primeras preguntas. Sólo quiero llamar su atención al perceptivo comentario de Chesterton, que si no existiera Dios, no existirían ateos (aún el innominado Ministro Unitario, que concede con dificultades que por lo menos hay un Dios, cae en la categoría de aquellos de nosotros que creemos en la respuesta afirmativa a estas preguntas.)

En relación con la tercera pregunta (¿puede el hombre alcanzar la inmortalidad en esta tierra?), la respuesta depende, al menos en parte, del desarrollo de la tecnología del transplante de tejido fetal y del dinamismo de su aceptabilidad ética. Después de todo, si las partes o los órganos humanos destruídos o enfermos pueden ser fácilmente remplazados por sus contrapartes fetales (el diabético adulto puede hacer que su páncreas envejecido y disfuncional sea remplazado por un páncreas fresco de origen fetal; a la víctima de una enfermedad de Alzheimer se le pueden extraer partes esenciales de su cerebro enfermo pudiendo ser remplazadas con células cerebrales fetales, etc.); simplemente no hay límites en el período de vida del hombre en la tierra.

Tan pronto como un tejido u órgano se deteriora, o se enferma, se puede remplazar por un tejido u órgano. Piensen por ejemplo, en los rastros de automóviles. En estos sitios los automóviles (generalmente robados) se reducen a piezas cuyas partes esenciales se extraen y almacenan. Si el motor de su Cadillac no está funciondando bien y no puede ser reparado de forma satisfactoria, el rastro le suministra un motor de repuesto. (Este mercado es floreciente en los países en vías de desarrollo donde las piezas de repuesto son prohibitivas por su alto costo y además difíciles de conseguir a través de los canales legales convencionales.) Lo que podemos esperar, en caso de que la investigación y los transplantes de tejido fetal tengan la aprobación federal en los EE.UU. (la autorización de la ley HR 2507 por la Cámara de Representantes de los EE.UU. en el verano de 1991 es un paso gigante hacia "los rastros de repuestos humanos"); es el establecimiento de una cadena de rastros humanos administrada inicialmente por otra masiva burocracia federal (de tales dimensiones y costos que pasará inevitablemente a empresas privadas), y finalmente surgirá un floreciente tráfico comercial de tejidos u órganos fetales canibalizados. De hecho, la ley HR2507 llega a especificar en forma pormenorizada los vericuetos de la tecnología de reemplazo de tejido fetal, tanto que detalla que las mujeres que deseen donar tejido fetal certifiquen que no se han practicado un aborto con la intención de ser donantes y que los investigadores y proveedores de tejido fetal deben mantener certificaciones archivadas y disponibles para controles gubernamentales.

Hay poderosas fuerzas en juego para asegurar que este sórdido escenario (el rastro humano), vendrá a dar frutos en el tercer milenio. Entre sus filas se encuentran los malhechores usuales: Paternidad Planificada, NARAL (Liga Nacional del Aborto) y el congresista norteamericano Henry Waxman y otros. Sin embargo, lo que no tiene excusa es que el Colegio Americano de Obstetricia y Ginecología (ACOG, por sus siglas en inglés) le esté dando su considerable prestigio y conocimientos técnicos a los partidarios de los rastros humanos. Se podría suponer, que la ACOG, que actúa (al menos nominalmente) como el médico del feto, actuaría en favor de proteger a éste de las fauces que se asoman ante él. (EL Instituto Hana, que se especializa en investigación y comercialización de tejidos fetales en Alameda, Estado de California, declara, en un prospecto para inversionistas potenciales, que en el primer año se podría esperar un mercado de tres mil millones de dólares en los EE.UU. y de 7 mil millones de dólares a nivel mundial.) La ACOG ha tenido un historial en defensa del aborto, enviando a la muerte, mediante bombas de succión, a los que se supone que debe proteger, y, al mismo tiempo, tratando de mantener una pretendida preocupación por el no nacido. Como miembro que fui de la ACOG por espacio de 30 años, lamento sus actividades a este respecto y estoy ahora más compungido por su apoyo incondicional a los rastros humanos. La ACOG recibe del gobierno de los EE.UU. aportes en subvensiones para la investigación por un valor de 5,5 millones de dólares anualmente. Esta ha sido la única organización médica que ha anunciado, en un acto de arrogancia sin paralelo hoy en día y sin consultar a sus miembros, que había cancelado sus planes de efectuar su convención anual en Nueva Orleans debido a la aprobación de una ley restrictiva del aborto por parte del Estado de Louisiana. Esta flagrante posición en favor al aborto, por una asociación científica exenta de impuestos, que pretende tener una constante preocupación por el no nacido, no tiene precedentes en mi experiencia, y exhorto a los congresistas partidarios de la vida y a los senadores norteamericanos no sólo a negar todos los fondos gubernamentales para esta organización, sino también a eliminar su condición de exentos de impuestos.

La experimentación con transplantes de tejidos fetales no es un fenómeno nuevo: el primer intento fue reportado en 1928. El tejido fetal tiene cuatro propiedades que lo hacen particularmente útil para el transplante en los adultos:

a) La capacidad para crecer y multiplicarse. Con la edad, nuestras células pierden esta capacidad, mientras que las células fetales se multiplican activamente y mantienen esta capacidad aún en el receptor anciano.

b) La capacidad de someterse a la diferenciación de células y tejidos, es decir, si recolectamos células de un área específica del cerebro, aquellas células que se han implantado en una área idéntica en el cerebro adulto, madurarán y funcionarán como lo harían las células adultas normales.

c) La capacidad de sintetizar factores de crecimiento. Estos factores (que son sustancias químicas complejas) no sólo aumentan la capacidad de las propias células fetales para sobrevivir, sino que también estimulan el crecimiento y la supervivencia de otras células dañadas o enfermas en el sitio inmediato del transplante. Así, aún en el caso de que las células cerebrales fetales no pudieran funcionar ellas mismas en forma satisfactoria como neuronas adultas, los factores de crecimiento que producen ayudarán a que otras neuronas enfermas, en el lugar del transplante, se regeneren y vuelvan a funcionar adecuadamente.

d) Capacidad antigénica reducida. Es decir, las células fetales tienen menor probabilidad de ser atacadas y destruídas por el sistema inmunológico del adulto. Normalmente, si se inyectan células de un órgano de un adulto (donante) en otro adulto (receptor), el sistema inmune del receptor reconocerá como cuerpos extraños las células inyectadas y se desencadenará un ataque programado sobre las células con el propósito de destruírlas. (El feto humano en sí es percibido por el sistema inmune de la madre como un invasor extraño que debe ser destruído y expulsado; afortunadamente a través del tiempo el feto ha perfeccionado una defensa inmunológica para este ataque, y la mayoría de las veces el ataque es dicipado- cuando la defensa falla, se produce un aborto espontáneo.)

No todos los tejidos fetales están igualmente dotados de este privilegio antigénico: las células cerebrales fetales provocan muy poca o ninguna respuesta inmune en el receptor, pero las células pancreáticas y hepáticas fetales provocan un ataque del sistema inmunológico por parte del adulto y si se usan como material para transplantes, se requiere el uso de drogas inmunosupresoras para contrarrestar el ataque.

¿Cúal ha sido la efectividad del transplante de tejido fetal en el tratamiento de trastornos o enfermedades del adulto? Cuando se revisa de forma crítica la literatura médica disponible y se dejan a un lado las predicciones optimistas y la publicidad pseudo-científica, los resultados en una palabra han sido desfavorables. El transplante de células pancreáticas fetales (llamadas células istoles) en adultos diabéticos, se ha intentado en más de cien casos sin éxito: en todos los casos el injerto ha muerto y no se ha producido mejoría de la diabetes. En el caso de transplante de células hepáticas fetales a pacientes con talasemia (una enfermedad hematológica rara); en el transplante de células tímicas fetales a pacientes con el síndrome de Di George (una enfermedad de inmunodeficiencia poco común); en el transplante de células neurales fetales a pacientes con enfermedad de Párkinson; en cada uno de estos casos, los investigadores al informar acerca de los resultados, los describen como "estimulantes", declarando que sus pacientes han mostrado una "mejoría" o unos "efectos beneficiosos significativos", pero en ninguno sólo de ellos ha habido algún resultado cercano a la curación ni a una remisión permanente. En resumen, la experiencia clínica en el tratamiento de enfermedades del adulto con transplantes de tejidos fetales ha sido costosa, continuamente desalentadora y nada prometedora.

En cualquier consideración de esta tecnología, el observador imparcial debe considerar la metodología en lo que se refiere a la obtención de las células fetales (es muy curioso que este aspecto de la tecnología no se discuta nunca en la literatura científica sobre los resultados de dichos transplantes en los Estados Unidos). A los investigadores suecos no les da pena describrir la metodología implicada en la obtención de neuronas fetales para transplantar a los enfermos de Parkinson. Las mujeres entre 13 y 18 semanas de embarazo se colocan en una mesa de operaciones, se les dilata el cuello uterino, se le rompe la bolsa de agua, la cabeza del feto se guía inmediatamente por encima de la cérvix dilatada, se le perfora el cráneo y se coloca una bomba de succión en el cerebro. Luego se succiona el contenido cerebral y se almacena inmediatamente con hielo para preservar su viabilidad. Posteriormente se aborta el feto, es decir, se le destroza por medio del procedimiento del aborto. Procedimientos similares se usan para obtener páncreas fetal, fluído fetal, y timo fetal. Los fetos de abortos espontáneos en general no se pueden usar para este propósito ya que: a) han estado muertos por días o semanas antes del aborto natural, y esta tecnología requiere tejido muy fresco, vivo y viable; y b) no hay suficientes fetos abortados espontáneamente para satisfacer la posible demanda. En forma similar, con el advenimiento de pruebas de embarazo muy sensibles y con el uso del ultrasonido de alta tecnología, los embarazos ectópicos (tubáricos), se pueden diagnosticar en etapas muy precoces, tanto que el tejido fetal no puede ser usado. A este respecto, parece apropiado señalar, que los embarazos ectópicos ahora se tratan cada vez más, no con el tratamiento convencional de la extirpación de las trompas, o de sacar el feto de las trompas, sino con la administración a la embarazada de sustancias químicas tóxicas (por ejemplo, el metotrexato) que actúa específicamente destruyendo el feto. Los ridículos intentos de los partidarios del aborto de separar éticamente el modo de obtención del tejido fetal (por aborto inducido) de los loables efectos terapéuticos que pueden derivarse del uso del tejido son absurdos. Los artículos científicos que describen los efectos beneficiosos del transplante del tejido fetal, llevan invariablemente el nombre de un abortista como uno de los co-autores del artículo. Más aún, puesto que el tejido debe estar vivo, viable y fresco, el investigador debe estar presente en el quirófano en el momento de producirse el aborto, para recoger el tejido y congelarlo.

Hay varios aspectos colaterales de esta repulsiva tecnología que requieren un comentario. Uno de ellos es la posibilidad de usar el tejido fetal por parte de esa industria. La píldora abortiva RU-486 primero mata el niño no nacido, 48 horas más tarde se inyecta (o se inserta un supositorio) de prostaglandina para expulsar el embrión o feto muerto. Como el feto ha estado muerto por lo menos 48 horas, el tejido ya no está vivo, ni fresco ni viable. Alegrémonos ahora con el panorama de que los dueños de las clínicas de abortos y los mercaderes de tejidos fetales se enfrenten a los proveedores de la RU-486.

Al argumento utilitarista de que los tejidos obtenidos de fetos recientemente abortados, es un buen tejido que puede ayudar a víctimas de enfermedades curables, respondo que tales tejidos son los restos de las víctimas de un acto inmoral que deben ser tratadas con dignidad y respeto, y no canibalizadas en forma indiscriminada, ni mucho menos comercializadas. A aquellos que predicen confiadamente que el comercio de tejidos fetales será controlado por el gobierno sin lucro derivado de su uso, respondo señalando que aunque este aspecto del comercio pudiera ser controlable, ¿qué se puede decir de los empresarios implicados en la recogida, almacenaje, control, preparación, y distribución de los tejidos? Pretender que todos los aspectos de este comercio puedan ser controlados y sin obtener ganancias, simplemente no tiene sentido.

Existen personas que estiman que los loables usos de los tejidos fetales no incrementarán el número de abortos. Ellos nos aseguran que con medidas especialmente diseñadas, tales como la prohibición de la venta de tejidos fetales y haciendo que se tome la decisión de abortar sin considerar donar los tejidos, las mujeres que se muestran indecisas de si abortar o no, no serán influenciadas para que aborten. Esto es una fantasía psicológica y científica, similar al caso de un juez que instruye a un miembro del jurado a no considerar un testimonio presentado por un testigo, una vez que éste se ha grabado en la mente es imposible de erradicar. Permita que una embarazada, que está indecisa de si abortar o no, piense que su aborto ayudará a algún pobre desafortunado y verá que se pone en camino a la clínica de abortos.

Más allá de toda la jerga científica, el galimatías profesional, la prestidigitación empresarial, todo es realmente muy sencillo: no se puede promover la muerte de ningún individuo para extender la vida de otro. El aborto es en sí mismo un mal irreparable, del cual no se derivan beneficios moralmente aceptables. ¿Cuántos de nosotros, no importa cuán enfermos estemos, habríamos aceptado tejidos y órganos obtenidos de judíos ejecutados por los nazis en las infames cámaras de gas en Europa Oriental? ¿Cuántos opositores a la pena de muerte aceptarían los tejidos y órganos de los condenados a muerte por el estado? ¿Cuántos de nosotros aun en la última etapa de nuestra vida y con la necesidad imperiosa de un transplante de órganos, aceptaríamos el corazón, el páncreas, o las neuronas de las víctimas de un linchamiento? Si usted ha respondido en forma negativa a alguna de estas preguntas, entonces Ud. puede comprender el visceral aborrecimiento de esta tecnología de tejido fetal por parte de aquellos que aún creen en la santidad de la vida.

Si Ud. ha respondido afirmativamente a algunas de estas preguntas, ¡que Dios lo ampare!

El Dr. Bernard Nathanson fue co-fundador de la Asociación Nacional para la Revocación de las Leyes del Aborto (NARAL, por sus siglas en inglés) en 1969, y director de la clínica de abortos más grande del mundo. Su conversión a partidario pro vida fue seguida de dos importantes libros: Aborting América ("Estados Unidos aborta"), y The Abortion Documents ("Los documentos del aborto"), además del impactante vídeo, El Grito Silencioso. Este artículo suyo es una traducción del originalmente titulado "Fetal Tissue Research and Experimentation", que fue publicado en el número de marzo-abril de 1992, de la revista ALL About Issues de la organización pro vida American Life League.



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