Estimados hermanos y hermanas en Cristo:
En el próximo mes de noviembre, los estadounidenses participaremos en una de las elecciones nacionales más importantes de nuestra historia reciente. El presidente, senadores y congresistas que por nuestros votos ocupen esos puestos, prestaran sus servicios en un momento en que temas críticos a la misma supervivencia de nuestra civilización serán asuntos prioritarios a tratar en el ámbito político. Al prepararnos para estas elecciones, considero que es mi deber como vuestro obispo escribirles sobre estos asuntos, de manera que puedan ir a las urnas en noviembre con una conciencia bien informada.
La Iglesia enseña que el hombre tiene el derecho a actuar en conciencia y en libertad, a fin de tomar personalmente las decisiones morales. (1) Frecuentemente oímos a las personas decir que están tomando decisiones de acuerdo a su conciencia, inclusive cuando esas decisiones contravienen la ley natural y las enseñanzas reveladas de Jesucristo. Esto sucede debido al malentendido generalizado sobre el propio significado de lo que es la conciencia. Para muchos, la conciencia nos es mucho más que una preferencia personal y hasta una vaga sensación o un sentir de que algo es bueno o malo, a menudo basado en información tomada de fuentes que no tienen nada que ver con la ley de Dios.
El juicio correcto de la conciencia no es un problema de preferencia personal ni tiene nada que ver con los sentimientos. Se refiere solamente a la verdad objetiva. La conciencia tiene que informarse y el juicio moral iluminarse. Una conciencia bien formada es recta y veraz. Formula sus juicios según la razón, conforme al bien verdadero querido por la sabiduría del Creador. La educación de la conciencia es indispensable a los seres humanos sometidos a influencias negativas y tentados por el pecado a preferir su propio juicio y a rechazar las enseñanzas autorizadas. (2)
Toda persona tiene la obligación grave de formar su conciencia adhiriéndose a la verdad, precisamente a la verdad que encierra la ley natural y la revelación divina. Como católicos tenemos, además, la obligación de asentir a la enseñanza doctrinal y moral de la Iglesia porque a la Iglesia compete siempre y en todo lugar proclamar los principios morales, incluso los referentes al orden social, así como dar su juicio sobre cualesquieras asuntos humanos, en la medida en que lo exijan los derechos fundamentales de la persona humana o la salvación de las almas.(3) En otras palabras, como personas que profesamos la fe católica, debemos pensar como Cristo en todo juicio y acción.
Entre las tantas distorsiones y deformaciones prevalecientes en los debates actuales sobre la relación entre la religión y el orden social (la política) se encuentra la aseveración de que la fe y la política se tienen que mantener separadas. Aparentemente, esto se basa en la doctrina de Estados Unidos sobre la separación del Estado y la religión. De hecho, el muro que separa a la iglesia y el Estado es la salvaguarda tanto contra el establecimiento de una religión del Estado, como contra la imposición de credos y prácticas religiosas sectarias, tales como cultos particulares de denominaciones o principios teologales. De ninguna manera la doctrina de Estados Unidos sobre la separación de la iglesia y el Estado ni siquiera sugiere, que la conciencia bien formada de las personas religiosas no debe entrar en juego en sus decisiones políticas.
El Concilio Vaticano II fue ampliamente claro en esta materia.
Pero no menos equivocados están quienes, por el contrario , piensan que pueden dedicarse de tal modo a los asuntos terrenos como si éstos fueran del todo ajenos a lo religioso, como si lo religioso se redujera a ciertos actos de culto y a determinadas obligaciones morales. La ruptura entre la fe que profesan y la vida ordinaria de muchos, debe ser contada como uno de los más graves errores de nuestro tiempo; escándalo que ya condenaban con vehemencia los profetas del Antiguo Testamento y mucho más Jesucristo en el Nuevo, conminando con graves castigos. No hay que crear, por consiguiente, oposiciones artificiales entre las ocupaciones profesionales y sociales de una parte y la vida religiosa de otra parte.(4)
Los católicos que son electos para ocupar puestos públicos o los que van a las urnas para votar, llevan sus conciencias con ellos. El Papa Juan Pablo II ha enseñado siempre así, como, por ejemplo, cuando dijo que los que se encuentran directamente involucrados en cuerpos legislativos tienen la grave y precisa obligación de oponerse a toda ley que ataque a la vida humana. (5)
En este contexto, la Congregación de la Doctrina de la Fe ha declarado que debe tomarse nota de que una conciencia cristiana bien formada no permite a nadie otorgar el voto a un programa político o a una ley particular, contraria a los contenidos fundamentales de la fe y la moral.(6)
Todo el que profesa la fe católica con la boca mientras que al mismo tiempo públicamente apoya leyes o candidatos que desafían la ley de Dios, se burlan de la fe y contradicen su identidad como católicos.
En noviembre tendremos de nuevo el privilegio de ejercer el preciado derecho ciudadano del voto. Escogeremos de entre una variedad de candidatos que sostienen diversas posiciones en relación con muchos asuntos importantes. En medio de lo que puede ser un ejercicio muy difícil y confuso, es importante recordar que no todos los asuntos son de la misma gravedad. Como hombres y mujeres de buena voluntad tratamos de obtener la verdadera justicia para todos y de preservar los derechos como seres humanos.
Sin embargo, hay un derecho que es inalienable, y ese es el DERECHO A LA VIDA. Este es el PRIMER derecho. Este es el derecho en el que se cimientan todos los demás derechos humanos. Esta es la cuestión que domina toda otra cuestión. Las elecciones de noviembre son de carácter crítico en cuanto al restablecimiento del derecho a la vida de todo ciudadano, especialmente la de los no nacidos, los ancianos y los enfermos.
Como resultado de la labor provida de numerosos americanos, el número de abortos que se llevan a cabo en este país está descendiendo por primera vez desde la atroz decisión de 1973 del Tribunal Supremo que legalizó el que se matara a nuestros hijos. No podemos permitir que un Presidente proaborto eche atrás los avances que se han tenido. Tampoco podemos permitir la investigación ilícita con células madre que hace uso de bebés abortados. Debe detenerse todo movimiento hacia la promoción de la legalización de la eutanasia.
Nuestros votos tienen el poder de poner fin a estas abominaciones.
No puede haber confusión en estas materias. Todo político que abogue por el aborto, la investigación ilícita con células madre o por cualquier forma de eutanasia se coloca ipso facto fuera de la plena comunión con la Iglesia y pone en peligro su salvación.
Todo católico que vote por candidatos que apoyan el aborto, la investigación ilícita con células madre o la eutanasia sufre las mismas fatales consecuencias. Por esta razón, esos católicos, ya sean candidatos a puestos públicos o los que votan por ellos, no pueden recibir la Sagrada Comunión en tanto no se retracten de estas posturas y se reconcilien con Dios y con la Iglesia en el Sacramento de la Penitencia.
En los meses recientes ha llegado otro asunto al nivel de nuestras legislaturas: el así llamado matrimonios del mismo sexo. Los que ahora promueven esta desviación la presentan a menudo como un derecho que se le niega a las personas homosexuales y por tanto se discrimina ilegalmente contra ellos. Pero en realidad nadie tiene el derecho a a lo que arremete contra los propios designios de Dios.
El matrimonio no es algo inventado por individuos ni tampoco por sociedades. Más bien es un elemento de la creación de Dios. Es Dios quien nos creó hombre y mujer. Es Dios quien unió al hombre y a la mujer para que fueran fructíferos y se multiplicaran y llenaran la tierra.
Toda civilización conocida a la humanidad ha considerado al matrimonio como una unión entre un hombre y una mujer para la procreación y la crianza de los hijos. Sin embargo, en estos momentos, en el siglo XXI en Estados Unidos, hay quienes nos quieren hacer creer que los pueblos de todos los tiempos han estado equivocados sobre la verdadera naturaleza y propósito del matrimonio.
Nadie puede simplemente redefinir el matrimonio para acomodarlo a propósitos políticos o sociales. Una vez más, debemos estar claros en esta materia. El futuro del mundo depende de la fuerza que tenga la familia, la unidad básica de la sociedad. El futuro de la familia depende del estado del matrimonio. En la familia, el padre, la madre y los hijos son reflejo de la misma naturaleza de Dios, que es una comunión de entrega abnegada en el amor. Por esta razón, la vida de matrimonio y familia no se puede convertir en lo que queramos. Son solamente y serán siempre, como Dios los ha creado.
De la misma manera que con el aborto, todo político que promueva el así llamado matrimonio del mismo sexo y todo católico que vote por ese candidato se coloca a sí mismo fuera de la comunión plena en la Iglesia y no puede recibir la Sagrada Comunión, en tanto no se retracte de esta postura y se haya reconciliado mediante el Sacramento de la Penitencia.
La Iglesia nunca instruye a los ciudadanos a votar por un candidato determinado. Sin embargo, la Iglesia sí tiene el derecho y la obligación de enseñar clara y completamente la verdad objetiva sobre la dignidad y los derechos de la persona humana.
Estas enseñanzas, a su vez, tienen que informar la conciencia de los votantes. Mediante la intervención en este campo, el Magisterio de la Iglesia no desea ejercer poder político o elimina la libertad de los católicos en cuestiones contingentes. No obstante, sí tiene el propósito, como función que le corresponde, de instruir e iluminar la conciencia de los fieles, particularmente los que están involucrados en la vida política, para que sus actos puedan siempre estar al servicio de la promoción integral de la persona humana y del bien común. (7)
Queridos amigos en Cristo, los exhorto con todo mi corazón a que sean valientes y proclamen el Evangelio de la Vida a los que se postulen para las elecciones de este otoño. Es por medio de sus oraciones y sus votos que los políticos incondicionalmente provida y profamilia podrán estar al servicio de nuestro país. Por otro lado, si nuestras voces permanecen calladas o si, Dios no lo permita, votamos en contra de nuestra conciencia informada, veremos a nuestro país arrastrado por el camino de la ruina. Queremos la libertad para todos, pero no puede existir la libertad sin verdad.
En palabras de nuestro Santo Padre: separar la libertad de la verdad objetiva hace imposible fundamentar los derechos de la persona sobre una sólida base racional y pone las premisas para que se afirme en la sociedad el arbitrio ingobernable de los individuos y el totalitarismo del poder público causante de la muerte.
Oremos todos por esos políticos que proclaman ser católicos pero que continúan oponiéndose a la ley de Dios y a los derechos de las personas, para que por la gracia de Dios, se conviertan de nuevo a una articulación y práctica de una fe completa y auténtica.
Finalmente, deseo confirmar a mis hermanos obispos que han proclamado la verdad sobre estas materias graves y que han amonestado a los políticos católicos que han adoptado una postura opuesta a la verdad divina. Que esa verdad que es fundamento de la verdadera libertad predomine en nuestro país.
Dado en la Cancillería el día primero de mayo de 2004, Fiesta de San José Obrero.
Reverendísimo Michael J. Sheridan
Obispo de Colorado Springs
Notas
(1) Catecismo de la Iglesia Católica, 1782
(2) Ibíd., 1783
(3) Ibíd., 2032, y Código de Derecho Canónico, 747.2.
(4) Gaudium et spes, 43
(5) Juan Pablo II, Evangelium vitae, 73
(6) Congregación de Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, 4
(7) Ibíd., 6
(8) Evangelium vitae, 96.
Nota de la traductora: En la nota 8, aunque en inglés citan el párrafo 101, ese texto se encuentra en el párrafo 96. Para todas las citas usé el texto correspondiente de los documentos en español, gracias a que todos están en internet.
