El Venerable Marello habla de las pequeñas virtudes de San José


Inmensas son las ventajas que se sacan de la unión con Dios en el santo recogimiento. Miren a Jesús, María y José, los tres personajes más grandes que han vivido en este mundo. ¿Qué hacían en Nazareth? Nada grande o extraordinario en apariencia. No atendían sino a las tareas humildes y ordinarias, propias de una pobre familia obrera. Pero puesto que estaban animados por el espíritu de oración y de unión con Dios, todas sus acciones asumían un valor y un esplendor inmenso a los ojos del cielo. Por eso no se trata de hacer obras grandes y extraordinarias, sino de hacer en cada cosa la voluntad de Dios. Sean pequeños o grandes los encargos que se nos confían, basta que los cumplamos por obediencia a la voluntad de Dios y adquiriremos de ellos grandes méritos. (X/1881.)

Cuando nos sentimos áridos, afligidos, desolados y nos parece que el Señor nos ha abandonado, no perdamos el ánimo ni nos perturbemos. Suframos más bien con calma y resignación, uniendo nuestro dolor con aquel que probaron María y José cuando perdieron a Jesús. No deseemos tanto indagar y escudriñar los motivos por los cuales Dios así nos atribula. Soportemos nuestro dolor con resignación pidiendo la ayuda del Señor para resistir y triunfar, pero no dejemos de buscar a Jesús como lo buscaban José y María, hasta que El se digne dejarse encontrar. Como María y José, busquémoslo en el templo, es decir en la oración y en el recogimiento interior, pero busquémoslo sobre todo en las obras, cumpliendo perfectamente la voluntad de Dios, y al final Jesús nos consolará. (11/I/1885.)

El grano de mostaza es considerado la más pequeña de todas las semillas que se siembran en el huerto y sin embargo, crece tanto como para formar un buen arbusto. Por eso representa bien las pequeñas virtudes, las cuales pueden producir una gran santidad. De hecho los grandes santos alcanzaron la santidad no tanto por la práctica de las virtudes extraordinarias, para las cuales hay pocas oportunidades, sino por medio de actos repetidos e incesantes de las pequeñas virtudes.

Así San José no hizo cosas extraordinarias, sino con la práctica constante de las virtudes ordinarias y comunes alcanzó aquella santidad que lo eleva arriba de todos los demás santos. Jesús siempre hizo actos extraordinarios y heroicos, como el alejamiento de su madre y la muerte en la cruz, pero ¡cuantos pequeños actos de virtud él hizo y con cuánto mérito! ¡Cuántos pequeños actos de obediencia, de humildad, de paciencia nosotros también podemos practicar! Estas pequeñas virtudes, desconocidas por los hombres, pero tan apreciados por Dios, llevan a una alta perfección y forman el árbol de la santidad, cuya semilla no es más que un pequeño grano. (14/II/1886.)

Invoquemos e imitemos a María Santísima y a San José, cuya humildad fue verdaderamente heroica, y tomémoslos como modelos e intercesores para adquirir esta preciosa virtud.El Señor da su gracia a los humildes y la niega a los soberbios. La humildad trae la paz. La humildad nos hace estar en paz con los demás. La humildad nos hace conservar todas las demás virtudes.

Se puede tener la pureza de los ángeles y la mortificación de los anacoretas, pero sin humildad estas virtudes no valen nada. Seamos humildes en los pensamientos y en el afecto y lo seremos también en las acciones. Seamos humildes y seremos enaltecidos. Cuando verdaderamente hay humildad en el corazón, se transparenta en todo lo exterior, en el comportamiento, en los gestos, en el tono de la voz, en toda la persona. (12/XII/1886)

San José también se encontraba en las mismas circunstancias que nosotros en su vida familiar. Imitémoslo en la práctica de aquellas virtudes comunes y escondidas, que tanto agradan a Dios y tanto ayudan al alma para progresar y santificarse. (15/III/1889.)

Tomemos como ejemplo al gran San José. El también tenía que dedicarse al trabajo y a las ocupaciones externas para mantener a la Sagrada Familia, y por consiguiente podía rezar poquito, y a los ojos del mundo no hacía ninguna impresión, pero ¡cuánto el señor apreciaba aquellas bellísimas jornadas de San José! (22/III/1889.)

San José practicaba las virtudes humildes y escondidas, manteniéndose siempre calmado, sereno y tranquilo, observando en todo una perfecta conformidad a los deseos de Dios. San José no deseaba nada, no quería nada que no fuera para el mayor agrado de Dios. Así estaba siempre imperturbable, aun en las adversidades. Espejémonos en este sublime modelo y aprendamos a mantenernos serenos y tranquilos en todas las circunstancias de la vida. (27/III/1889.)


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