A los sacerdotes y diáconos de nuestra Archidiócesis
A los religiosos y religiosas
A todos nuestros amados fieles católicos
A todos los hombres de buena voluntad
"Gracia y paz a todos, de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo" (Ef l,2).
Introducción
0En Nicaragua asistimos al triste espectáculo de una familia que, después de sufrir la acometida de las transformaciones amplias, profundas y rápidas de la sociedad y de la cultura (Cfr. FC l), ha tenido que soportar los fuertes ataques de los enemigos del hombre y de la Iglesia con efectos devastadores (Cfr. CEN, 2l.ll.90). A nuestros ojos aparece una familia desintegrada e inestable, en donde la persona del padre brilla por su ausencia en la mayoría de los casos, o se transforma en motivo de escándalo por sus vicios e irresponsabilidad, recayendo el peso del hogar en la madre.
Nuestra familia se encuentra indefensa frente a las sofisticadas campañas que pretenden presentar el libertinaje sexual, el aborto y el divorcio como grandes conquistas de la humanidad. El concepto mismo de amor sexual ha sido prostituido, dando paso a relaciones sexuales pasajeras ya carentes de todo significado Mientras tanto proliferan en nuestras ciudades los "asentamientos" o bolsones de miseria, en donde las familias se ven obligadas a vivir unidas a otras familias y sin las mas elementales condiciones de higiene, presentando al mundo el triste espectáculo de una sociedad que va perdiendo su sensibilidad humana.
Crece igualmente el número de niños y adolescentes que, ante la extrema pobreza de sus hogares, se ven precisados a abandonar las escuelas y a dedicarse a la venta callejera, siendo muchos de ellos fácil blanco de gente sin escrúpulos, que los explota. Crece igualmente --y de una manera alarmante-- el alcoholismo y la inseguridad ciudadana, dando la sensación de que empieza a despertar la bestia que todos llevamos dormida en nuestro ser.
Y es partiendo de esta cruda realidad de nuestras familias que deberemos construir nuestro futuro. El futuro de nuestro pueblo y de la Iglesia pasa a través de la familia (Cfr. FC 75).
La familia, piedra angular de la nueva sociedad
La preocupante crisis de valores morales a que nos hemos referido afecta de modo particular a la vida familiar. Siendo ella "la célula primaria y vital de la sociedad...porque constituye su fundamento y alimento continuo mediante su función de servicio a la vida" (FC 42), todo cuanto acontezca a la familia tendrá una pronta repercusión en la misma sociedad. "La familia es el primer sitio donde el desarrollo tiene lugar o no lo tiene. Si la familia es saludable y lozana, las posibilidades de un desarrollo integral de la sociedad son grandes" (Juan Pablo II, 8, l2.86). "El futuro del mundo y de la Iglesia pasa a través de la familia" (FC 75).
Situación de la familia
Muchas son las causas de esta terrible realidad familiar y todas ellas deberán ser tenidas en cuenta. Pero hay algunas que a nuestro entender atacan de manera muy particular los cimientos mismos de la familia nicaragüense y adquieren particular importancia porque son actualmente objeto de fuertes campañas, que confunden a nuestra gente sencilla. Quisiéramos referirnos de manera particular al abominable crimen del aborto, que destruye la vida en el vientre mismo de la madre; a la extendida moda del divorcio, destructor de tantas familias y origen de traumas y complejos, que quiebran el equilibrio síquico y moral de los hijos y, finalmente, queremos hacer unas breves reflexiones y dar algunas normas pastorales en tantas situaciones irregulares que se presentan en muchos de nuestros hogares. Quieren ser solamente palabras de un pastor que desea orientar a sus hijos a la luz del Evangelio y del Magisterio de la Iglesia, con la firme convicción de que muchas de estas situaciones tienen su origen, más en la ignorancia que en la malicia humana.
El abominable crimen del aborto
Las cifras que los medios de comunicación especializados nos dan nos permiten captar en su verdadera dimensión el problema. Se hablan de cuarenta millones de abortos en el mundo por año, es decir, el 25% de todos los embarazos. Sólo en Estados Unidos cuatro de cada diez embarazos terminan en aborto. En nuestro país, no tenemos estadísticas exactas, pero sí la conciencia de un alarmante incremento, que ha sido denunciado abiertamente por un grupo de médicos competentes y con gran sensibilidad humana y cristiana.
La primera pregunta que nos viene a la mente ante el alarmante y creciente número de abortos que todos los días se practican es elemental: ¿Se trata de una simple y normal operación, como sería extirpar un tumor maligno o, por el contrario, es --como dice a gritos la Iglesia-- un abominable crimen? ¿Cuáles son las razones por las que la Iglesia lo define de manera tan dura y lo castiga con la pena de excomunión?
La cuestión del aborto, ¿no es un problema de conciencia de la mujer, al que debe ser ajeno el Estado?
El aborto no es un problema de conciencia individual de la madre, ni del padre, pues afecta a alguien distinto de ellos: el hijo ya concebido y todavía no nacido.
Los poderes públicos deben intervenir positivamente en la defensa de la vida y la dignidad del hombre, en todos los períodos de su existencia.
El aborto provocado no es un asunto íntimo de los padres, sino que afecta directamente a la solidaridad natural de la especie humana, y todo ser humano debe sentirse interpelado ante la comisión de cualquier aborto.
El aborto, como la tortura, nos afecta a todos, y los Estados no pueden ser ajenos a eso.
¿Cómo es que esto se comprende claramente en el caso de la tortura y, sin embargo, no ocurre así en el aborto?
Por varias razones, entre las cuales no es la menor el arcaísmo de creer que sólo existe lo que tenemos delante de nuestros ojos. Pero el hijo no nacido existe, está vivo, aunque no se vea ni se oiga. La tortura nos la podemos imaginar fácilmente en toda su crudeza y en todo su horror, pero hay que hacer un esfuerzo para imaginar la realidad cruda y horrible de un aborto provocado.
Los Estados que permiten legalmente el aborto provocado encuentran para su silencio unos aliados espontáneos, en los que tienen la principal obligación de proteger la vida de los hijos no nacidos: la madre y el médico que practica el aborto; mientras que en el caso de la tortura, los familiares de la víctima son acusadores permanentes, y no digamos la propia víctima, si sale con vida del tormento.
Por eso se tiende a comprender mucho más fácilmente la obligación del Estado de proteger al torturado que a la víctima de un aborto. Pero eso no exime en absoluto a los Estados de su obligación ética hacia el no nacido.
Es nuestro deber denunciar las sofisticadas campañas que se están realizando en nuestro país, engañando, con frecuencia, a las madres bajo el pretexto de atención prenatal o planificación familiar. Alertamos a nuestros fieles para que no se dejen sorprender por estas campañas tan bien orquestadas, pero que en realidad ocultan sórdidos intereses, diametralmente opuestos al plan de Dios y la felicidad de la pareja humana (el matrimonio). Y, en todo caso, queremos dejar en claro que no puede llamarse católico quien, con pleno conocimiento de causa, provoca o colabora directamente en tan detestable práctica antihumana. Dando que cae en la pena de excomunión, no podrá recibir los Sacramentos de la Santa Madre Iglesia hasta que haya recibido la absolución de un Obispo o Sacerdote debidamente autorizado.
Con la misma fuerza queremos denunciar la abierta promoción del uso de anticonceptivos y abortivos, incluso en los medios oficiales, bajo el pretexto de una adecuada planificación familiar o prevención de determinadas enfermedades. Esta campaña, por lo demás, llega a los niños y adolescentes, desvirtuando en ellos el concepto de "amor sexual", y fomentando desde la más temprana edad el libertinaje sexual, con las tristes consecuencias que nuestro país tan bien conoce. El gobierno jamás podrá aceptar una ayuda foránea que viniera condicionada a una tal planificación. Está en juego la vida y la dignidad del país.
No es nuestra intención extendernos en la materia. Existen profundos y documentados estudios sobre el particular y declaraciones auténticas de la Santa Sede, que debieran bastar a las personas que se tienen por católicas para formarse un juicio en tan delicado tema. Nos limitaremos sólo a señalar algunos puntos que permitan a nuestros fieles, especialmente a los más humildes y que no tienen fácil acceso a la mencionada documentación, formarse su propio juicio ante el Señor:
l. Los esposos participan del poder creador de Dios, mediante su colaboración libre y responsable en la transmisión del don de la vida humana. Este es el cometido fundamental de la familia según el plan de Dios (Cfr. FC 28).
2. "Los esposos, engendrando en el amor una nueva persona, que tiene en sí la vocación al desarrollo, asumen por eso mismo la obligación de ayudarle eficazmente a vivir una vida plenamente humana" (FC 36).
3. Esta obligación surge del hecho de que desde que se produce la fecundación mediante la unión del espermatozoide con el óvulo, surge un nuevo ser humano distinto de todos los que han existido, existen y existirán. Un ser humano que, aunque viva y se desarrolle en el seno de la madre, tiene, desde el primer instante características propias. Es una nueva vida que, según los actuales conocimientos genéticos no se puede concebir como simple "vida vegetal" o "animal" que se transformaría en ser humano en una etapa posterior. De la unión de gametos vegetales sólo sale un vegetal; de gametos animales no racionales, por ejemplo un chimpancé, solo sale otro chimpancé, y de la unión de gametos humanos se crea un nuevo ser de la especie humana, que es tal desde el principio, pues así lo determina su patrimonio genético específicamente humano.
4. Por esta razón pide el Concilio Vaticano II que "la vida humana, desde su concepción, tiene que ser salvaguardada con el máximo cuidado", condenando todo aborto o infanticidio como crimen abominable (Cfr. GS 5l).
5. Tratar, pues, el óvulo fecundado, en cualquiera de sus etapas evolutivas, como "parte de la madre", ignorando la existencia de ese nuevo ser, es contrario a los conocimientos científicos más adelantados y , por supuesto, a la clara doctrina de la Santa Madre Iglesia. El óvulo fecundado, en cualquiera de las etapas de evolución en que se encuentre, deberá ser tratado con el mismo amor y delicadeza que se trata al bebé recién nacido.
6. El aborto es un crimen abominable. Lo es de cualquier crimen y de cualquier persona. Pero en este caso se dan los agravantes de que se produce el seno de la propia madre --santuario de la vida-- y, normalmente con la aprobación de la misma. La misma naturaleza se cuida de recordarle a la madre su abominable crimen, llenándola de angustia y dejándole clavada en su conciencia una especie de dolorosa espina.
Lo que dios ha unido...
La generalización del divorcio en Nicaragua, facilitado y legitimado mediante la simple iniciativa y solicitud de cualquiera de las partes (Cfr. CEN, 29.6.88) es un hecho que ha llegado a rebasar todo posible cálculo, incluso de sus promotores.
La desintegración del matrimonio se ha acentuado y con ella el sufrimiento de los hijos, que tendrán que cargar de por vida unos traumas y complejos que afectan su estabilidad sico-social y religiosa.
Esta mentalidad divorcista, fuertemente estimulada por los medios de comunicación, está penetrando, silenciosa pero profundamente, en las mentes y corazones de nuestras comunidades católicas, que empiezan a considerar como normal lo que está muy lejos del plan de Dios sobre la pareja humana. Y no es por falta de orientaciones de los Pastores, pues, en los últimos años, han proliferado las catequesis del Papa y de nuestros Obispos en esta materia. Su Santidad Juan Pablo II, por ejemplo, en su visita a Centroamérica, nos resumía de manera clara y autorizada la doctrina de la Iglesia: "Dios se ha fiado del hombre; le ha confiado las fuentes de la vida; ha llamado al hombre y a la mujer a colaborar en su obra creadora. Ha grabado para siempre en la conciencia humana un deseo de fecundidad en el marco de una unión exclusiva y estable: ¡Por eso deja el hombre a su padre y a su madre y se une a su mujer, y se hacen una sola carne! Gen 2,24" (Juan Pablo II, Panamá, 8.3.83).
Aludiendo a este pasaje del Génesis y ante la mentalidad divorcista de quienes le interrogaban, Jesús expresó de manera inequívoca la voluntad de Dios: "De manera que ya no son dos, sino uno solo. Pues bien, lo que Dios ha unido, el hombre no debe separarlo" (Mt. l9,6). Y acto seguido advierte que, si llegan a divorciarse y se casan con otro, cometen adulterio (Cfr. Mt. l9,9).
Esta enseñanza del Maestro acerca del matrimonio fue entendida y vivida por las primeras comunidades cristianas, a pesar del ambiente pagano que les rodeaba. Y ha sido repetida y reafirmada por el Magisterio de la Iglesia hasta nuestros días. Por consiguiente, un cristiano que quiera honrar su nombre, no puede apelar a la ignorancia ni pensar que ha sido un capricho impuesto por la Iglesia.
Somos conscientes de las difíciles situaciones que se presentan en los matrimonios. Pero la solución no está en el divorcio. Habrá que descubrir las profundas causas de los problemas y aplicarles el oportuno remedio. Hablando en términos generales, podemos decir que, en la profunda raíz de muchos males y crisis matrimoniales, se encuentra una deficiente preparación para la vida y el matrimonio y el desenfreno sexual, que la misma sociedad ha propiciado. El remedio no es el cambio de cónyuge.
El mal hay que atacarlo en la misma raíz, es decir, en la correcta educación de los jóvenes, en la adecuada preparación de los novios, que les vaya introduciendo en la problemática de la familia y, sobre todo, en la correcta elección de su futuro cónyuge. Dejarse llevar sólo por conveniencias humanas o valorar a las personas únicamente por su físico, lleva inevitablemente al fracaso. En este campo los padres de los novios, los pastores de almas y la sociedad deberían aunar esfuerzos y unificar criterios para preparar a los futuros esposos.
Los novios, futuros esposos, son los más interesados en tener una seguridad moral de su elección. Dejarse llevar sólo de la inclinación del corazón, sin escuchar los sabios consejos de quienes podrían dárselos, es grave error que suele pagarse amargamente.
"La ruptura de la alianza matrimonial no sólo atenta contra la ley de Dios, sino que bloquea el proceso de madurez, la plena realización de las personas" (Juan Pablo II, Panamá, 8.3.83). La herida quedará abierta y es ilusorio pensar que pueda sanar y olvidarse con una nueva unión. En este caso, si es católico, el no poderse acercar a los Sacramentos y saberse al margen de la ley del Señor, lo llenará de remordimiento.
Pero queda todavía un aspecto que, con frecuencia olvidan o dejan en un segundo plano los que hablan de divorcio; son los hijos. Las confidencias que recibimos en nuestro cotidiano quehacer pastoral y la experiencia de maestros y pedagogos nos hablan de los daños, muchas veces irreparables, que se hacen a los hijos. Si de verdad se les ama, tendrán que pensar muy bien las cosas antes de tomar una tal decisión.
Y hablando de divorcio, no podemos menos de referirnos a determinadas prácticas machistas que en poco se diferencian de él. El pueblo, con su fino humor, les llama "frentes", es decir, estar oficialmente casado con la que es su legítima esposa, pero tener, de hecho, otras mujeres con quienes habitualmente se tiene relaciones sexuales, incluso procreando hijos. Es un fenómeno más próximo a la poligamia "de hecho" que al divorcio, pero igualmente detestable y contrario al plan de Dios. Quererlo justificar en el varón y considerarlo como excusable en la mujer, no es más que una forma de machismo farisaico, indigno de un cristiano.
Confiamos que los esposos que se encuentren en tales problemas, antes de tomar una resolución que podría ser irreversible, meditaran ante el Señor en lo arriba expuesto.
Sabemos que la solución de determinados problemas es difícil, pero nunca imposible. A los convenientes consejos que les pueden dar las personas competentes y amigas, deben añadir, como buenos cristianos, el recurso al Señor en una oración perseverante y confiada, teniendo en cuenta que la gracia del matrimonio comprende también la ayuda necesaria para la superación de las inevitables dificultades. Hay situaciones a las que humanamente no se les puede hallar solución, pero lo que es imposible a los hombres es posible para el Señor (Cfr. Mt. l9,26). La oración hace milagros.
Situaciones irregulares
Las recientes encuestas, realizadas a nivel nacional por la comisión preparatoria del II Concilio Provincial de Nicaragua, ponen en evidencia un alto índice de uniones irregulares. En un país que tiene el honor de llamarse católico y que, la inmensa mayoría de su población está bautizada en la Iglesia Católica, este fenómeno no puede menos de llamar la atención. A ejemplo del Buen Pastor, los Obispos y sacerdotes y cuantos se sientan comprometidos en la causa de la Iglesia, deberemos hacer un particular esfuerzo para buscar las más profundas raíces de esa realidad nacional y encontrarle los remedios más oportunos. Cada una de esas situaciones deberá ser estudiada con atención y en sus peculiares matices, debiendo los Párrocos y agentes de pastoral agudizar aún más su sensibilidad al descender a los casos particulares, pues cada uno de ellos deberá tener su propio tratamiento y solución.
Nos permitimos señalar algunas de esas situaciones irregulares, que inciden más fuertemente en el comportamiento familiar de los nicaragüenses. Puesto que la doctrina está ya magistralmente expuesta en la Exhortación Apostólica Familiaris consortio de Su Santidad Juan Pablo II, nos limitaremos a aplicarla a nuestro país, dando las oportunas orientaciones pastorales.
a. Matrimonio a prueba
Una primera situación irregular es la del llamado "matrimonio a prueba" o experimental, que muchos quieren hoy justificar, atribuyéndole un cierto valor. La misma razón humana insinúa ya su no aceptabilidad, indicando que es poco conveniente que se haga un experimento tratándose de personas humanas, cuya dignidad exige que sean siempre y únicamente término de un amor de donación, sin límite alguno ni de tiempo ni de otras circunstancias.
"La Iglesia, por su parte, no puede admitir tal tipo de unión por motivos ulteriores y originales derivados de la fe" (FC 80).
En nuestra patria no es todavía frecuente una tal "experiencia", pero, dado el influjo de los medios de comunicación social, es prudente pensar que no tardará en constituir grave problema a nuestras jóvenes parejas.
Una tal experiencia se hace innecesaria si se ve en toda su intensidad el noviazgo, respetando las etapas de su crecimiento. Los pastores deberían prestar mayor atención a esta etapa preliminar del matrimonio. El noviazgo es la mejor preparación y garantía para una familia estable. En esta etapa se debe dar el conveniente discernimiento y la progresiva formación para la familia.
Esta experiencia normalmente surge de una inseguridad y con frecuencia se da en parejas que han vivido el drama de la separación de sus padres o presienten la incompatibilidad de caracteres o dudan si podrán superar algún fuerte defecto, por ejemplo el alcoholismo. La "experiencia matrimonial", lejos de solucionar el problema, puede agravarlo. Lo que se precisa es la mano amiga de un experto que les ayude a discernir y solucionar su problema.
La unión sexual, punto culminante en la expresión del amor de los esposos, jamás podrá ser completa y plenamente satisfactoria, cuando es el mismo amor el que se pone en duda.
Finalmente, no se puede hacer una tal "experiencia" olvidando el fruto del amor: los hijos. No tenerlos en cuenta o no importarles su destino demostraría un egoísmo e inmadurez que desaconsejaría radicalmente todo intento de matrimonio.
b. Uniones libres de hecho
Este es un fenómeno muy extendido en nuestra sociedad y que debe ser tratado con esmero por los pastores de almas. La experiencia nos demuestra que en la raíz de esta situación se encuentra con frecuencia una profunda ignorancia o falta de medios económicos o timidez ante los trámites civiles y religiosos u otras causas parecidas. Rara vez se encuentra un rechazo o desprecio del vínculo matrimonial. Con la mayor frecuencia son vínculos estables y fecundos en hijos. La labor pastoral deberá centrarse en estos casos en la formación progresiva, en una delicada invitación a normalizar su situación como católicos y facilitarles cuanto sea posible los trámites civiles y eclesiásticos. Los trabajos que nuestra Pastoral Familiar ha llevado a cabo en este sentido son esperanzadores.
Pero se precisan más obreros en esta parcela de la viña del Señor y un mayor entusiasmo en los pastores de almas.
c. Católicos unidos con mero matrimonio civil
Es cada vez más frecuente el caso de católicos que, por motivos ideológicos y prácticos, prefieren contraer sólo matrimonio civil, rechazando o, por lo menos, difiriendo el religioso. Su situación no puede equipararse sin más a la de los que conviven sin vínculo alguno, ya que hay en ellos al menos un cierto compromiso a un estado de vida concreto y quizá estable, aunque a veces no es extraña a esta situación la perspectiva de un eventual divorcio (FC 82).
La labor de los pastores de la Iglesia, supuesta la buena voluntad de los esposos, deberá centrarse en hacerles comprender que una tal situación esta reñida con la doctrina de la Iglesia. Deberá igualmente eliminarlos y explicarles la necesidad y hermosura del matrimonio como sacramento, que no es un capricho de la Iglesia, sino sabia disposición de Cristo. En todo caso, y mientras dure su oposición a las disposiciones de la Iglesia, no podrán ser admitidos al uso de los Sacramentos.
d. Divorciados y casados de nuevo
Habrá que estudiar cuidadosamente cada caso, quedando en pie que no se puede admitir a la Comunión Eucarística a los divorciados que se casan otra vez. Sin embargo, no deberán ser excluidos de la solicitud pastoral: "La Iglesia esta firmemente convencida de que también quienes se han alejado del mandato del Señor y viven en tal situación, pueden obtener de Dios la gracia de la conversión y de la salvación, si perseveran en la oración, en la penitencia y en la caridad" (FC 84).
e. Las madres solteras
Finalmente queremos extender nuestra solicitud pastoral a quienes, por circunstancias de la vida, llegaron a ser madres y se vieron solas a la hora de la verdad. Muchas de ellas son dignas de admiración, pues prefirieron la responsabilidad de llevar adelante a sus hijos a la fácil solución del aborto. Todas son dignas de nuestro respeto y solicitud. Este gravísimo problema de nuestra sociedad bien merece un estudio conjunto de las autoridades civiles y eclesiásticas y cuantas personas de buena voluntad quieran colaborar, pues el problema no es sólo de las madres, sino también y principalmente de los hijos, que en la mayoría de los casos carecen, no sólo de la presencia de su papá, sino también de los medios económicos mas indispensables. La prostitución y la delincuencia juvenil se nutre, en gran manera, de estos hogares incompletos y traumatizados.
Las drogas
Los estudiosos del problema coinciden en afirmar que un hogar infeliz constituye, por regla general, una causa profunda de la drogadicción juvenil. Los esposos desunidos física o espiritualmente.
Los padres desertores de su misión educativa, ocupados de sobra por el éxito económico; su irresponsabilidad que no crea un clima de confianza y diálogo con los hijos, su autoritarismo despótico o su tolerante complacencia, su ausentismo total que no educa a los hijos en la libertad, la sexualidad, el amor, el ocio, las virtudes sociales y cívicas.
No se piense que los drogadictos son fruto exclusivo del divorcio, los hijos de la viuda y de la mujer soltera, o simplemente los hijos de nadie. También surgen de hogares armoniosos, aparentemente armoniosos: son los malos hijos de las buenas familias. De las familias que siguen creyendo que los demás jóvenes pueden ser viciosos, menos sus hijos; de las familias que siguen educando a sus hijos en un circuito cerrado o en un sistema de refrigeración casera, en cuanto que purifican su hogar y no hacen nada por purificar el ambiente en que viven sus hijos.
Cuando el hijo descubre en su hogar una carencia afectiva y educativa que sus padres tratan de suplir dándole dinero, ese hijo comienza a romper los lazos que lo atan a la familia, destruye las imágenes paternas y se fuga a donde sea. El drogadicto sufre una falta de amor.
La explosión de la drogadicción juvenil no puede ser sino el indicio de que algo anda profundamente mal en el mundo y que es el mundo lo que hay que purificar, renovar y redimir.
Un mundo materializado hasta los tuétanos es el que rodea y conforma, es decir, deforma a la juventud urbana y aún campesina. Una sociedad que vive para el dinero, el confort, lo superfluo, el placer sensible, la explotación.
La drogadicción, algunas veces, es una escapada de un mundo hipócrita donde se enseña una cosa y donde se practica otra. El joven busca ideales y encuentra componendas. Desea sinceridad y halla hipocresía.
Ama la justicia y se topa con la corrupción. Pide la paz y se industrializa la guerra.
Vuelve los ojos al amor, y lo mira por todas partes en su exclusiva y pobre limitación de sexo. Interroga para saber dónde está la verdad y se topa con una literatura seudocientífica que le distorsiona el sentido de la ética, la filosofía, el sexo, el matrimonio, la religión. Una sociedad intoxicada no está en condiciones de poder desintoxicar a la juventud.
Cuando todos, jóvenes y adultos, nos pongamos a sanear el hogar, la escuela, el trabajo, la recreación, los medios colectivos de comunicación, las leyes, la política, los diversos estamentos de la sociedad nicaragüense...cuando todos, jóvenes y adultos, nos decidamos a renovar nuestra conciencia extirpando de nosotros el egoísmo, la injusticia, el odio, la soberbia, los instintos primarios y zoológicos, sólo entonces el mundo podrá enfilar hacia el único progreso, que alienta y fortifica a todos: el progreso moral del hombre.
Frente a la drogadicción juvenil y frente a cualquier problema social, la prensa, y con ella los diversos medios de comunicación masiva, han de cumplir sus dos fines esenciales: la información verídica, objetiva y fiel; y la información de la recta conciencia de los hombres. He aquí la suprema misión educadora que les compete.
Exhortación final
Nos llena de esperanza el comprobar que cada día son más los que empiezan a darse cuenta de que la familia es necesaria para el desarrollo armonioso y para la educación equilibrada de la persona; es necesaria para la vertebración de la sociedad. Ya nadie duda de que el fracaso escolar y la delincuencia juvenil tiene mucho que ver con la falta de una familia bien integrada, en la que el amor, la confianza y el diálogo dan calor y consistencia al hogar.
Por ello, damos tanta importancia y apoyamos con todo nuestro ardor nuestra Pastoral Familiar, invitándola a ser más incisiva en sus planes pastorales. Y, puesto que esta labor es primordial para la Iglesia y la sociedad misma, invitamos a nuestros sacerdotes a dedicar lo mejor de sus energías a la atención espiritual y a la formación permanente de los matrimonios, sobre todo en su misión de padres. Que apoyen y potencien los diversos movimientos familiares y asociaciones encaminadas a cultivar la espiritualidad conyugal y familiar, la formación cristiana de las familias y la defensa de sus valores frente al deterioro causado por la cultura dominante.
Finalmente, es necesario promover con mayor ahínco la formación de los laicos que se comprometan a defender la institución familiar y sus valores en el campo de la legislación, de la enseñanza, de los medios de comunicación. Una pastoral familiar así revitalizada hará sentir su benéfica influencia en otros sectores, especialmente en la pastoral de los jóvenes, en la pastoral vocacional y, en último término, en el florecimiento de nuestra Arquidiócesis (Juan Pablo II, a los Obispos Españoles, 23.9.9l).
Los ejemplos vividos en el seno de la familia moldean la mente y los corazones, para bien o para mal. La familia es transmisora de cultura, pero también tiene capacidad para introducir innovaciones en la forma de vivir en familia, para arraigar los valores del ambiente social o también para contrarrestarlos.
Si bien es cierto que los hijos no tienen que copiar inexorablemente el modelo de hogar establecido por sus padres, sin embargo está comprobado el influjo que ejercen los hogares de origen en los de sus hijos.
Es cierto que muchos hogares transmiten a sus hijos valores que favorecen la solidez de los nuevos matrimonios; pero también es cierto que muchas familias desintegradas y desorganizadas ejercen sobre ellos un influjo pernicioso. En este caso, los jóvenes esposos, si no quieren verse arrastrados a repetir el modelo nefasto que vivieron sus propios hogares, necesitan mirar a otra dirección, para encontrar modelos y testimonios de vida, que les inspiren para construir hogares diferentes.
Las instituciones educativas ejercen un notable influjo en la formación humana de los niños, de los adolescentes y de los jóvenes, porque contribuyen a moldear sus mentes y sus corazones, en todo el ámbito de sus vidas.
Los padres son los primeros y más importantes educadores. Pero eso no resta importancia a la función subsidiaria de la institución educativa en sus diversos niveles. En efecto, las escuelas de educación elemental y media contribuyen a potenciar o contrarrestar la labor educativa de la familia, para bien o para mal.
De ahí la necesidad de que los educadores comprendan la grandeza y la delicadeza de su misión y se empeñen en apoyar los buenos influjos de la familia a llenar sus vacíos y a contrarrestar el efecto de los ejemplos nocivos, que pudieran estar presenciando los alumnos en sus propios hogares.
Las directivas de los centros docentes deben velar para que en ellos se siembre una sana mentalidad respecto de la dignidad de la persona humana, de la sexualidad, de las relaciones entre las personas, del amor, del matrimonio y de la vida familiar.
Los buenos educadores, aún sin proponérselo explícitamente, proyectarán su testimonio de vida matrimonial y sus valores morales. En no pocas ocasiones servirán de modelos sustitutos de referencia, cuando sus alumnos no los encuentren en sus propias familias.
Los cristianos sabemos que cuando las personas y los pueblos han reconocido a Jesucristo, este reconocimiento ha supuesto una afirmación de la vida sin parangón con cualquier otra cultura. Por eso debemos empeñarnos en la extensión de la presencia de Cristo en nuestra sociedad, porque de este modo los hombres reconocerán su propia grandeza y podrán vivir con una nueva conciencia su propia dignidad.
Con el auxilio de Jesucristo y de su madre Santísima, que lo concibió en su seno, y con el ejemplo de nuestra propia vida, será posible trabajar mejor en defensa de la familia, célula primaria de la sociedad.
Dada en la Curia Arzobispal de Managua, el trece de febrero de mil novecientos noventa y dos.
+Miguel Obando y Bravo
Arzobispo de Managua

