En su misión de promover el bien común, el Estado no debe desentenderse de los fines de la persona en aras de una presunta neutralidad. Si actuase así, se convertiría en cómplice de muchas conductas sexuales degeneradas y en un importante difusor de infecciones como el SIDA, en vez de defender los derechos humanos. Por eso, "es inadmisible que el Estado organice y favorezca la campaña del 'sexo seguro', que lleva a crear una falsa ilusión de eficacia y al uso irresponsable de la sexualidad" (Card. Paul Zoungrana, "El SIDA, aproximación pastoral", Actas IV Congreso Internacional sobre SIDA, pág. 25).
Resulta evidente que las campañas de prevención han de ir a las causas de fondo, sin olvidar los diferentes modos de vivir y los valores humanos y espirituales los cuales deben proteger los derechos humanos y la dignidad de las personas.
Si el Estado promueve los valores humanos y espirituales, no sólo contribuirá realmente a la desaparición del SIDA, sino que "las mismas personas y la comunidad política darán un salto de calidad: vivirán una vida digna del hombre-persona, creado a imagen de Dios" (B. Honings, IV Conferencia Internacional sobre SIDA, pág. 191).
"El remedio contra el SIDA no se puede buscar dentro de la lógica que ha ocasionado el mal: el permisivismo sexual. La orientación ética será abstenerse de las relaciones sexuales que han sido la causa del contagio. La verdadera prevención frente al SIDA en el comportamiento y en la vida sexual es la continencia. La revalorización de la moralidad como fuente de bien para la persona y como medio para mejorar el equilibrio sanitario será un paso para guiar el bien individual y social" (Elio Sgreccia, director del Departamento de Bioética de la Universidad Católica A. Gemelli, "Los problemas derivados del SIDA", en revista Medicine e Morale, 1987).
"Faltaríamos a la razón si permaneciéramos mudos ante la extensión de conductas sexuales que desnaturalizan el sentido mismo de la sexualidad y multiplican los riesgos de la epidemia, si no recordáramos la dignidad del amor humano vivido en el matrimonio y en la fidelidad, y si no invitáramos a todos a la castidad, al respeto de su cuerpo y del cuerpo ajeno, según la condición de casados o célibes" (Congreso de los Obispos de Francia, en La Documentatión Catholique, 5/II/1989).
La causa fundamental del SIDA es el comportamiento sexual desordenado. No se trata, pues, sólo de un problema estrictamente sanitario: también es un problema ético. "Cuando la moralidad afecta a temas como la vida y la muerte, como en este caso, afecta al bien común e implica a toda la comunidad. No es ciertamente preocupación exclusiva de la Iglesia (...). La permisividad sexual refleja la decadencia general de los valores en la vida pública y privada". Cada vez es más necesario alcanzar un "consenso sobre los valores": en este sentido "la herencia judeo-cristiana de valores morales todavía tiene mucho que ofrecer a nuestra sociedad moderna" y, a las vista de la epidemia de SIDA, "es mucho más necesario redescubrir la alegría de un amor fiel y de un matrimonio duradero" (Card. Basil Hume, en Ecclesia, 16/V/1987, pág. 23-24).
Actualmente no es posible negar la relación entre el abuso del tabaco y el porcentaje de cáncer de pulmón, o entre el exceso de alcohol y la cirrosis hepática: son "señales" de la propia naturaleza humana. De igual manera, el SIDA en muchos casos es "consecuencia de un abuso práctico de la sexualidad en modalidades incorrectas de frecuencia y lugar y en sus combinaciones con circunstancias de drogadicción o promiscuidad" (Gonzalo Higuera, Ética y SIDA, pág. 6).
Nota: Datos recopilados por el Dr. Benigno Blanco, Asesor de las Asociaciones Pro vida de España.
