"La ira generalmente se define como un fuerte sentimiento de hostilidad o indignación. Es un estado de perturbación emocional, inducido por una intensa molestia como resultado de una amenaza real o imaginaria; un insulto, un desprecio, la frustración o una injusticia cometida contra uno mismo o contra otras personas que consideramos importantes."1 Por regla general la ira "se expresará de una manera agresiva, defensiva o destructiva.2 Hay personas que la sepultan en su interior negándola, pero después la manifestarán de otro modo.3 Muchas veces la ira se convierte en depresión, autoconmiseración, amargura, o surje a través del sarcasmo. 4 El Dr. Dwight L. Carlson en su libro Overcoming Hurts and Anger dice: "Opino que una de las habilidades y necesidades más importantes para la persona, es el estar en contacto con sus propios sentimientos..como psiquiatra que soy opino que uno de los problemas más comunes hoy en día es el no lidiar con la ira apropiadamente."5 Los sentimientos nos ayudan a evaluar nuestras acciones, son una guía, una clave para darnos cuenta de lo que subconcientemente estamos pensando. El estar concientes de ellos nos ayuda a tener sensibilidad hacia las personas que están a nuestro alrrededor.
La persona madura está en contacto con sus sentimientos y tiene el control sobre sus acciones. Su respuesta es el resultado de su voluntad, no de una reacción rápida e incontrolable. Disipa sus sentimientos negativos de una forma constructiva, tratando de herir a los demás lo menos posible. No se enfada por tonterías y es amable con los demás.
La mente no tiene un control sobre la voluntad directo sino indirecto. La voluntad tiene un control directo sobre la mente, y la mente controla directamente las emociones. Si su mente piensa buenos o positivos pensamientos, el resultado será buenas o positivas emociones o sentimientos. Si piensa malos o negativos pensamientos, las emociones que resultarán serán también malas o negativas.6 La única manera de cambiar el modo en que nos sentimos, es cambiando nuestra manera de pensar. La voluntad tiene el control tanto sobre la mente como sobre las emociones. Todos tenemos el poder para cambiar nuestras emociones o reacciones, de negativas a positivas, rechazando los pensamientos negativos. San Pablo en su epístola a los Filipenses (4:4-9) nos dice:
"Como cristianos, estén siempre alegres, se lo repito, estén alegres. Que todo el mundo note lo comprensivos que son. El Señor está cerca, no se angustien por nada; en lo que sea, presenten ante Dios sus peticiones con esa oración y esa súplica que incluyen acción de gracias; así la paz de Dios, que supera todo razonar, custodiará su mente y sus pensamientos por medio del Mesías Jesús. Por último hermanos, todo lo que sea verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo limpio, todo lo estimable, todo lo de buena fama, cualquier virtud o mérito que haya, eso ténganlo por suyo; y lo que aprendieron, y recibieron, y oyeron, y vieron de mí o en mí, eso llévenlo a la práctica; así el Dios de la paz estará con ustedes."
Si de veras queremos hacerlo porque pensamos que merece la pena, haremos los esfuerzos que sean necesarios para llegar a nuestro objetivo de cambiar nuestra manera de pensar. El primer paso es querer cambiar. Razonemos: ¿acaso cambiará algo o alguna persona porque continuamos pensando sobre lo negativo? ¿De qué nos sirve pensar constantemente en los que nos hirieron o dañaron de algún modo? ¡Entreguémoslo todo a Dios!
Tenemos que aprender a detener la ira antes de que surja, orando, cambiando nuestra manera de pensar, fortaleciendo nuestra voluntad y planeando cuando sea posible hacerlo, cómo vamos a responder a las situaciones que se nos presentan. Controlemos las reacciones iracundas, evitando estar en situaciones que provocan nuestra ira. Recordemos que nadie nos puede "poner bravos", más que nosotros mismos. La ira es nuestra respuesta a las acciones de otra persona; con la ayuda de Dios, podemos responder adecuadamente.
Preguntémonos a nosotros mismos lo que haría Jesús en una situación similar y pidámosle que nos ayude a controlar nuestra lengua para que lo que digamos no dañe o destruya a la otra persona. El apóstol Santiago nos advierte en su epístola (3:2-12):
"Pues todos faltamos muchas veces. Quien no falta cuando habla es un hombre completo, capaz de marcar el rumbo también al cuerpo entero. Miren, a los caballos les metemos el freno en la boca para que ellos nos obedezcan a nosotros, y dirigimos todo su cuerpo. Y ahí tienen los barcos: tan grandes como son y con vientos tan recios que los empujan, se dirigen con un timón pequeñísimo adonde el piloto le da por llevarlos. Pues lo mismo la lengua: pequeña como órgano, presume de grandes cosas. Ahí tienen, un fuego de nada incendia un bosque enorme. También la lengua es fuego (esa esfera de la maldad). La lengua, siendo uno de nuestros órganos, contamina, sin embargo, al cuerpo entero: inflama el curso de la existencia, inflamada ella misma por el infierno. Porque fieras y pájaros, reptiles y bestias marinas de toda especie se pueden someter y han sido sometidos por la especie humana, pero lo que es esa lengua, animal inquieto, cargado de veneno mortal, no hay hombre capaz de someterla. Con ella bendecimos al que es Señor y Padre y con ella maldecimos a los hombres, creados a semejanza de Dios. De la misma boca sale bendición y maldición. Eso no puede ser hermanos míos; ¿es que una fuente echa por el mismo chorro agua dulce y salina?"
A veces pensamos lo peor de la persona que provoca nuestra ira. Quizás hasta llegamos a creer que la ha provocado deliberadamente, sólo para ofendernos. Sin embargo, como cristianos, no podemos ni debemos de hacer ese juicio. Antes de responder a lo que percibimos como un ataque, debemos de pensar antes de actuar y hacer preguntas como éstas:
También debemos preguntarnos a nosotros mismos si estamos reaccionando a lo que ha sucedido en el presente o a lo que ha sucedido en el pasado, inclusive hasta con otras personas, así como qué es lo que realmente está motivando nuestra ira, si ésta está justificada, y si hay algo que podamos hacer para cambiar la situación y reducir el nivel de dicha ira.8 En realidad, aunque nuestra ira esté justificada, también tenemos que responder adecuadamente en esa situación. Si se lo permitimos, Dios nos guía y ejerce el control sobre nuestras vidas, incluyendo los eventos desagradables, de los cuales podemos aprender autocontrol y paciencia, como nos dice el apóstol Santiago (l: 2-4):
"Ténganse por muy dichosos hermanos míos, cuando se vean asediados por pruebas de todo género, sabiendo que esa piedra de toque de su fe engendra constancia. Que la constancia acabe su obra, para que sean hombres completos y auténticos, sin deficiencia alguna."
Nota: Este artículo se basó en el libro Overcoming Hurts & Anger del Dr. Dwight L.Carlson, Harvest House Publishers, Eugene, Oregon 97402. 1. P.49 2. P.51 3. P.50-51 4. P.12 5. P.18 6. P.31 7. P.49 8. P.51
