Lo que pueden hacer los párrocos y pastores
Tener presente que las mujeres maltratadas recurren fácilmente al uso de anticonceptivos y al aborto mismo. Iluminarlas sobre los métodos morales, o sea, naturales, para la regulación de la natalidad y sobre la inmoralidad de otros métodos así como sobre la absoluta inaceptabilidad del aborto.
Al condenar el aborto o la anticoncepción se deben proveer alternativas como los centros de ayuda a la mujer embarazada y de planificación natural de la familia.
Téngase en cuenta que algunas mujeres se vuelven alcohólicas o drogadictas o intentan suicidarse como resultado del abuso padecido. El abandono de la mujer por parte del hombre ha sumido en la pobreza a incontables mujeres y constituye una violencia física, emocional y espiritual.
Mírese el problema desde todos sus ángulos. La violencia doméstica tiene muchas consecuencias a corto y largo plazo para los cónyuges, para sus hijos (si los tienen) y para la sociedad. Es imprescindible combatirla en todas sus formas, y proteger a las mujeres y a los niños, que son sus principales víctimas.
Haga de su parroquia o templo un lugar seguro donde las mujeres agredidas y los hombres que las agraden puedan obtener ayuda.
Aprenda todo lo que pueda sobre la violencia doméstica y comuníquelo a las demás personas que también están en posición de ayudar a las víctimas.
Manténgase en estado de alerta para percibir cualquier señal de abuso en las mujeres que pertenecen a su iglesia.
Asegúrese de que las homilías en su iglesia toquen alguna vez el tema. Si las mujeres maltratadas no oyen nada sobre este tema, pueden creer que a nadie le importa lo que les está sucediendo. Describa lo que es el abuso, de modo que esas mujeres puedan reconocerlo y buscar ayuda.
Si usted sospecha que una mujer está siendo maltratada, haga preguntas directas. Pregúntele si ha sido insultada o golpeada en su hogar. Evalúe cuidadosamente las respuestas de ella. Algunas mujeres no se dan cuenta de que están abusando de ellas o mienten para proteger a sus esposos o novios.
Al hablar con una persona maltratada, ejerza su carisma de discernimiento. No siempre es víctima toda mujer que se presenta como tal. A veces el hombre también es una víctima, o, por lo menos, el mal comportamiento de su compañera tiene relación con su agresividad. Lo ideal es siempre oír las dos partes.
A los ministros de Dios les toca tratar de salvar los matrimonios. Así como "una golondrina no hace verano", tampoco una sola reacción violenta significa que el matrimonio esté irremediablemente perdido. Indague sobre el grado de amor mutuo. Recuérdeles aquello de San Pablo: "El amor todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo aguanta" (1 Cor. 13,7). Mientras haya verdadero amor y un deseo de superación, hay esperanzas.
Con frecuencia no hay ya esperanzas, porque el amor ha muerto. Signo de ello es el abuso habitual. Comprenda lo mucho que ha sufrido la víctima, pues el agresor era alguien a quien ella se había unido por amor. La víctima siente lo mismo que el salmista: "Si un enemigo me ultrajara, podría soportarlo; si mi adversario se alzara contra mí, me escondería de él. ¡Pero has sido, tú, mi propio compañero, mi más íntimo amigo, con quien paseaba entre la multitud por el templo de Dios!" (Sal. 55, 13-15).
Si la víctima realmente lo es, procure liberarla de los sentimientos de culpabilidad que pueda tener. Hágale ver que ella también quizás necesitará ayuda de un psicólogo o psiquiatra, pues es posible que se haya establecido el patrón de la violencia desde su infancia. Debido a esto, no son raros los casos en los que una víctima vuelve a casarse o relacionarse con un agresor.
Si la relación entre la pareja no puede mantenerse, ayude a la víctima a reconocerlo. A veces les han dado a mujeres consejitos "piadosos" que no resuelven y que pueden hasta costarles la vida. Si no hay remedio, no hay que decir: "Ésa es tu cruz; tienes que soportarla". O "si tú le das más amor a tu esposo y eres sumisa, él cambiará".
En las sesiones de preparación para el matrimonio, evalúe los métodos que utilizan las parejas para lidiar con sus desacuerdos, y sus patrones familiares para la solución de los problemas.
Posponga el matrimonio si identifica señales de abuso presente o sospecha que lo habrá en el futuro.
En los programas de preparación para el Bautismo, manténgase alerta con respecto a la excesiva inquietud que podría ocasionar el advenimiento de un hijo, lo cual pudiera conducir a un comportamiento violento.
Mantenga una lista vigente de las instituciones que ayudan a mujeres abusadas pero asegúrese que no le recomendarán a la mujer los anticonceptivos o el aborto. Tenga a la mano un plan de acción por si una mujer agredida llama solicitando ayuda. Establezca comunicación con la policía y con las agencias de ayuda. Tenga un lugar seguro para mujeres abusadas.
Asegúrese de que los diáconos, catequistas y demás educadores de su iglesia reciban entrenamiento sobre cómo identificar el abuso doméstico.
Organice seminarios sobre la violencia doméstica en su iglesia. Publique en su boletín una lista de los lugares y números de teléfonos donde las mujeres abusadas pueden llamar para obtener ayuda.
En las liturgias penitenciales de su iglesia, identifique la violencia contra la mujer como un pecado contra el cuarto y quinto mandamiento.
Entre las oraciones comunitarias, incluya preces por las víctimas del abuso, por sus abusadores y por quienes les ofrecen ayuda.


